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«Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 4)

Celebramos este domingo la solemnidad de Pentecostés, recordamos ese día en el que se encontraban los discípulos todos juntos en un mismo lugar cuando, de repente, se oyó venir del cielo un sonido como si se girara un viento violento, que llenó toda la casa donde se encontraban; se les aparecieron como unas lenguas de fuego que se distribuyeron y se pusieron sobre cada uno de ellos, y todo llenos del Espíritu Santo empezaron a expresarse en varias lenguas, tal y como la fuerza del Espíritu les concedía hablar.

A menudo nos olvidamos del Espíritu Santo; Cristo está muy presente en nuestra vida, recordemos sus palabras ya lo largo del año hacemos memoria de su encarnación, nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección. También el Padre nos lo sentimos cercano, pero el Espíritu Santo queda a menudo como en un segundo plano, como un actor secundario, necesario sin duda por su papel en la historia de la salvación, pero del que poco sabríamos decir y menos aún definirlo.

A pesar de esta realidad de nuestra fe, que siempre debemos profundizar, en nuestra vida y en la vida de la Iglesia el Espíritu Santo está más presente que nunca y lo necesitamos más que nunca. Cada vez es más frecuente que hombres y mujeres que no han sido bautizados de niños, se sientan llamados a la fe; cada vez también más hombres y mujeres piden confirmar su fe cuando ya son mayores. Todo esto es un nuevo signo de nuestros tiempos; sin duda Dios llama cuando quiere ya quien quiere, pero en estos procesos de acercamiento a la fe y de incorporación a la Iglesia de Cristo, en aquellos que de diversas maneras Dios llama a recibir los sacramentos de iniciación ya prepararse ahí mediante el catecumenado, o en aquellos que ven reavivar en sus corazones les hace llegar la cen de la fe, hasta entonces reducida su gracia.

El Espíritu Santo actúa también en nuestros tiempos. Quizá pensamos que no lo hace tanto como quisiéramos, quizás no nos demos cuenta, quizás no reconocemos su acción, pero como siempre, el Espíritu alena sobre aquellos a quienes el Señor llama a seguirle, como alenó sobre nosotros, y por eso habría que recordar a menudo aquel día en el que por el sacramento de la confirmación nos vincularon más a la el Espíritu Santo, y con ello quedamos más estrictamente obligados a difundir y defender la fe, como verdaderos testimonios de Cristo, por la palabra junto con las obras. (Cf. Lumen gentium , 11). Porque es por el Espíritu que Cristo está en nosotros, y nosotros en Él.

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