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Todos, todos, todos

Hace algunos años, tuve la oportunidad de participar con un grupo de amigos sacerdotes en un encuentro privado con el papa Francisco. Fue un rato verdaderamente entrañable. Entre otras cosas, recuerdo que uno de mis compañeros le preguntó por el sentido de una expresión suya que hizo mucha fortuna entre los medios de comunicación: “Todos, todos, todos”. El Papa había convertido esta expresión en una especie de leitmotiv de su pontificado. Recuerdo que cité esta misma expresión en la homilía de la misa de inicio del ministerio en Segovia y fue, precisamente aquello, de lo que más eco se hicieron los medios de comunicación. La triple repetición del “todos” del Papa era, para la gente sencilla, y especialmente para los que estaban alejados de la Iglesia, como una bocanada de aire fresco, un grito de esperanza. Era como si cada uno pudiera gritar en respuesta: «¡Yo también tengo sitio y puedo ser acogido en el Reino de los cielos!».

Pero volviendo al encuentro con el Papa y mis amigos sacerdotes, Francisco nos contó que él sacaba este grito de la parábola del banquete del rey, que hemos escuchado este domingo. Allí el rey, ante el rechazo de los primeros que habían sido invitados a la boda, dijo a sus sirvientes que salieran a los caminos a invitar a todos al banquete: a todos, todos, todos. Y que esta parábola tenía una segunda parte. Mas tarde, estando ya en el banquete, el rey se encontraba con uno que no llevaba el traje adecuado. Solo ante el silencio de este que, no abriendo la boca, se resistió a dialogar con el rey, dijo que lo echaran fuera. El orden de los pasos era muy importante, nos dijo el Papa. En primer lugar, Dios busca a todos y nosotros hemos de estar atentos y acoger a todos, sea cual sea su situación, sin prejuzgarla. En segundo lugar, aquellos que aceptan la invitación y se acercan a la Iglesia han de permanecer abiertos a un diálogo con Dios, a dejarse hacer por él, que poco a poco nos va revistiendo de su amor. Quien no abre la boca, aunque sea para disentir y preguntar, él mismo se excluye de la familia de los hijos de Dios.

Es sorprendente la insistencia que Jesús hace en el deseo de Dios de buscarnos una y otra vez. Esta parábola es la última de una triada y el tema central de las tres es el mismo: Dios viene a buscarnos y nos llama. Así sucede con los dos hijos, con los viñadores que debían dar sus frutos y con los invitados a la boda. De esta forma, también una parte esencial de nuestra misión como cristianos es la de invitar a todos a participar de esta familia. No sólo a los que pensamos que se lo merecen o que tienen algo interesante que aportar, sino a todos. Será después, en la respuesta de cada uno, donde se verá cuanto está dispuesto a dejarse transformar por el amor de Dios.

Para concluir, recuerdo otro momento relacionado con este grito. Fue en la jornada mundial de la juventud de Lisboa, durante un traslado en el coche de un voluntario para dar una catequesis. Estábamos conversando sobre lo que le estaban pareciendo esos días. Durante el trayecto, me fue hablando de su trabajo, de su familia, y de cómo estaba allí como voluntario a través de su hija, que le había convencido porque necesitaban conductores voluntarios para los obispos. Y él, que tenía unos días de vacaciones, había aceptado, para su propia sorpresa, ya que se encontraba bastante alejado de la fe. Por circunstancias, había asistido a la acogida al papa Francisco en el parque Eduardo VII de Lisboa, que había ocurrido unos días antes y me contó como aquello le había cambiado la vida. Allí el Papa comentó esta misma parábola del banquete y gritó varias veces, como era habitual en él, que en la Iglesia hay lugar para todos: «¡Todos, todos, todos!». Recuerdo cómo, aunque iba conduciendo, se emocionó. Me contó que al oír aquellas palabras algo se rompió en su corazón y empezaron a caerle las lágrimas. Desde entonces supo que estaba en casa, que este era su camino.

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