Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Dos años de guerra en Ucrania: cuando la relación con Dios se vuelve más seria

Han pasado dos años desde el comienzo de la invasión rusa. A diferencia de entonces, los ucranianos ahora conviven con la guerra sin dejar de hacer sus vidas, forma parte del paisaje cotidiano. Conviven, pero no se acostumbran. Muchos han vuelto a acercarse a la Iglesia, a preguntar a Dios el porqué de tanto dolor

Este año, el 24 de febrero cae en sábado. Si Dios quiere, el día anterior, viernes, los jóvenes de la parroquia de la Asunción de la Virgen María de Kiev se reunirán en su encuentro semanal de poscomunión. Hace dos años, el día 24 fue jueves. Esa noche empezó la guerra. Entonces, muchos de estos jóvenes no iban a Misa ni pasaban por la parroquia. Pero la realidad aprieta y, como dice Vyacheslav Grynevych, director de Cáritas-Spes Ucrania, en la guerra Dios se comunica con más fuerza. 

El paso del tiempo convierte en normalidad lo que sigue siendo una emergencia. Cuando ECCLESIA se pone en contacto con Grynevych, este retrasa la entrevista unas horas: acaban de sonar las alarmas y se ve obligado a cambiar los planes. Psicológicamente, es muy difícil prepararse para una guerra larga. Es verdad que en los primeros meses no lo estaban, pero eran optimistas, reconoce Grynevych, «pensábamos que la guerra duraría poco, pocas semanas y que después Rusia se retiraría».

Entonces se movilizó todo muy rápido. El sacerdote español Pedro Zafra, que vive en Ucrania y es párroco de la Asunción de la Virgen María en Kiev, abrió las puertas del templo para acoger a los vecinos. 35 personas estuvieron viviendo unos meses en la parroquia, bien porque no pudieron huir o porque decidieron no hacerlo, pero tenían miedo de estar en casa. En ese momento, no tenían medios para ayudar a todos. Insiste Pedro en que vivían de la providencia del Señor: «No teníamos ni alimentos, pero llegó mucha ayuda extranjera de nuestros conocidos y amigos». 

Esa ayuda sigue siendo fundamental dos años después. Y se ha tenido que adaptar, como están comprobando las organizaciones que trabajan en el terreno. Por un lado, sigue habiendo necesidades básicas: alimento, productos de higiene, medicinas… Pero, a la vez, explica Grynevych, hay una nueva realidad a la que responder, la de los desplazados. «Han dejado su pueblo y se insertan en una nueva sociedad, a veces una nueva religión. Necesitan encontrar trabajo, nuevas oportunidades para poder establecerse». Este mismo mes, Cáritas va a empezar a colaborar con la ONG española CESAL, sobre el terreno desde que empezó la guerra. Canalizan la ayuda europea a través de un almacén de Rumanía según las necesidades. En estos meses, sobre todo, generadores y mantas para pasar el invierno. Marco Scattoni es el encargado de Ucrania en la ONG. Explica a ECCLESIA que, en línea con Cáritas, uno de sus objetivos es trabajar por la integración de los desplazados internos. Lo hacen mediante la organización de eventos que «facilitan la inserción escolar o la búsqueda de trabajo».

Marco reconoce que la ayuda internacional ha decaído: «Nos hemos acostumbrado a cambiar de emergencia cada semana. Ucrania impactó mucho al principio, porque está aquí al lado. Pero ahora ya se ha interiorizado y está lejano a nuestra vida cotidiana. Cuando no lo vives y no lo ves, cuando te lo cuentan todos los días, la atención decae».  Sin embargo, desde dentro, se agradece cada gesto. Grynevych insiste en que nunca se han sentido abandonados y recuerda que «la mayor solidaridad es la oración. La oración nos da la fuerza para seguir». 

Seguir porque, en guerra, la vida no se para. En la zona oeste, cuando suenan las alarmas, la gente sigue con su vida normal, los restaurantes siguen funcionando. La única anomalía es el toque de queda a las 23:00 horas. A partir de este momento, te paran y te piden el pasaporte. En otros lugares como Kiev o Irpin, la tensión sigue siendo muy alta, porque sufren ataques. Los colegios, por ejemplo, han tenido que hacer tres turnos al día para poder tener espacio para todos los niños en los refugios. No obstante, a pesar de las alarmas y los drones, todo continúa. Grynevych lo transmite así: «Cuando suenan las alarmas, vamos al refugio. Si estábamos en la oficina, seguimos trabajando desde el refugio. Cuando se apaga la alarma, volvemos a la oficina. De alguna forma, aceptamos esta situación. La experiencia de la guerra es interesante. Cómo la gente puede ser flexible, aceptar la situación. Por ejemplo, la desacralización de la muerte. Si antes en una explosión morían tres personas, policías, bomberos, autoridades del lugar y medios de comunicación, se daba la información. Ahora mueren 30 y es normal, se informa, pero se acepta. No tenemos tiempo de analizar la tragedia, es una forma también de protegernos». 

A la vez, es imposible acostumbrarse. «¿Cómo vamos a estar cansados si mi sobrino está en la guerra? Yo tengo que seguir adelante, no puedo mostrar cansancio, tengo que ser fuerte en esta situación» afirma una mujer que acaba de perder su casa en un bombardeo a principios de enero.

Actividad habitual en la parroquia

Por su parte, aunque no cesen las bombas, la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción ha retomado su actividad habitual. Zafra afirma con asombro que «este año, pastoralmente hablando, ha sido bastante intenso, hemos tenido las primeras comuniones. Después, bodas. También hemos preparado a personas que nunca habían estado en la Iglesia o que se habían bautizado de pequeños, pero no habían vuelto». Es un fenómeno silencioso, pero que ha ido creciendo en los meses de guerra. Grynevych lo atribuye a las preguntas que nacen del dolor. «La guerra —confiesa— te hace repensar tu fe. Repensar tu relación con Dios. Algunos tienen muchas preguntas para Dios y eso hace que la relación se vuelva más seria. Por ejemplo, los soldados, familias separadas, con las mujeres en Europa y los hombres en el frente. Todos ellos tienen la pregunta de la fe». 

Además, insiste en que «en la guerra Dios se comunica con más fuerza. De un modo más concreto». Pone un ejemplo de los muchos que ha presenciado: «En uno de nuestros centros para personas desplazadas conocí a una mujer con su hijo. Tenía la cara totalmente destrozada porque cerca de su casa había habido una explosión y ella cogió a su hijo y salió corriendo y los cristales de las ventanas se le incrustaron en la cara. Era muy joven, 25 años. Fue muy dramático para mí conocerla, porque el rostro de una mujer creo que ayuda a mostrar la belleza que Dios hace para nosotros. Es la misma belleza de Dios. A la vuelta a mi comunidad, vinieron unos periodistas polacos y empezaron a hacerme muchas preguntas sobre el trabajo de Cáritas. Yo estaba muy cansado, no tenía tiempo para ellos e intenté acabar lo más rápido posible. Me pidieron ir a visitar un centro y les mandé a este y me olvidé del asunto. Después de unos meses, volví a ese centro y me dieron las gracias. Los periodistas habían estado allí y decidieron ayudar a esta mujer. Un cirujano vio el reportaje que hicieron y se implicó. Cuando volví, la mujer había sido operada ya tres veces para reconstruir su cara. Gracias a esos periodistas y al cirujano. Yo pensaba “oh Dios mío, estaba cansado, intentaba deshacerme de ellos. Y los estaba enviando Dios para ayudar a esta mujer”. Me pareció alucinante».

También Zafra ha notado un cambio en su parroquia: «Esta guerra nos ha ayudado, sobre todo, a crear un espíritu de comunidad, una comunidad parroquial, no como un individuo que viene a Misa, se sienta en el banco y no lo conoce nadie». Es algo que llama especialmente la atención entre los jóvenes, «que, al principio, les costaba venir a la parroquia, a la Misa». «Por el contacto que hemos tenido, gracias a la catequización, estás con ellos, y ahora se les ve, tienen ganas de venir, les gusta», agrega. Pedro no duda del origen de estas conversiones: «Es una obra que está haciendo el Espíritu Santo a través de nosotros». Ya decía Eisenhower que no hay ateos en las trincheras. 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now