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Una oportunidad para la misión

El papa Francisco insiste muchas veces en algo que es obvio, pero que conviene recordar: el papel del tiempo en nuestra vida. Todos necesitamos tiempo para responder a los dones de Dios y para realizar nuestra misión, para abrirnos a una forma más decidida en el camino del seguimiento de Cristo. En realidad, como decía el beato Pedro Fabro: «El tiempo es el mensajero de Dios». Ahora, en la condición de obispo emérito, trato de vivir mi tiempo como una nueva oportunidad para desarrollar mi misión pastoral de forma discreta y siempre en comunión con el arzobispo disponible para las necesidades de la Iglesia diocesana. 

Esta es la imagen externa, pero como la procesión siempre va por dentro, es la hora para saborear de nuevo la realidad viva de la Iglesia en sus múltiples manifestaciones y desde allí desarrollar una oración de intercesión por todas sus necesidades y propuestas, al tiempo que una acción de gracias por la misericordia que el Señor siempre prodiga y que especialmente a mí me alcanza. Se trata de volver a lo más sencillo, como colaborar en las acciones evangelizadoras y catequéticas en las que siempre he estado implicado y así hacer viva la llama de la «dulce y confortable alegría de evangelizar» (EN 80), más en esta hora de grandes cambios en la vida de la sociedad y también de la Iglesia.

Después del camino recorrido, durante más de 30 años de ministerio episcopal, he descubierto de nuevo que la humildad es la actitud más importante que hace posible vivir esta misión o este ministerio, pues a la postre es el Espíritu de Dios quien guía la Iglesia y hace falta tiempo para descubrir que es más lo que Él hace a través de cada uno de los pastores que lo que propiamente uno considera o piensa que ha hecho y debe hacer. Se trata, pues, de volver a lo esencial y ofrecer a los demás la convicción más consistente que ha marcado la propia vida y que les puede ser útil: el anuncio de la fe y su educación no es una cuestión simplemente de técnicas, es una realidad que pasa en primer lugar por la propia vida. Por eso, la llamada constante al valor del testimonio como camino que puede llevar a otros al encuentro con el Señor. 

Ciertamente, estoy condicionado por la salud, pero lo más importante es mantener la renovada disponibilidad para fortalecer y acrecentar la relación con los demás. Es vivir constantemente lo que nos comunica el Papa cuando habla de sí mismo diciendo: «La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida… Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra» (EG 273). Esta es la realidad que conviene no olvidar nunca. 

Ser obispo emérito es una oportunidad para quien ha pretendido ser, dentro de sus límites y dificultades, un trabajador en la viña del Señor. Y es posible vivirlo cuando se sabe uno acogido y acompañado por otros hermanos obispos, donde se puede percibir que, en realidad, nunca has caminado en solitario, sino siempre en compañía del colegio episcopal al que perteneces y que el Papa preside. Un camino que no es de éxito, porque no es una palabra apropiada para un pastor de la Iglesia, sino de respuesta al don de Dios que constantemente toca a nuestra puerta y que viene a visitarnos, pues Él es el «sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tiniebla» (Lc 1, 78). 

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