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Al servicio de los migrantes

José Sánchez González es obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara

Me piden un comentario sobre mi memoria y mi impresión sobre el fenómeno de la migración. No me resulta fácil resumir una buena parte de mi vida. Voy a intentarlo a mis casi 90 años, como jubilado o emérito en una residencia en Salamanca. Ordenado sacerdote en 1958 y terminados los estudios en 1959, viví, junto con otros jóvenes presbíteros de mi diócesis, la experiencia del Convictorio o año de práctica pastoral en Ciudad Rodrigo, mi diócesis de origen y con clero abundante entonces. De la diócesis de Rottenburg, hoy Rottenburg-Stuttgart, vino un sacerdote enviado por su obispo, con la misión de encontrar sacerdotes dispuestos a marchar a Alemania para atender pastoralmente a la comunidad de emigrantes españoles.

 El obispo de Ciudad Rodrigo nos hizo la propuesta a tres sacerdotes que habíamos pasado unos meses en verano supliendo en parroquias alemanas a sus párrocos durante sus vacaciones. Aceptamos, y comenzamos en septiembre de 1960 nuestro servicio en parroquias alemanas como vicarios parroquiales. Al mismo tiempo que aprendíamos alemán y nos íbamos incorporando al trabajo en la parroquia alemana, atendíamos a los españoles que iban llegando, unos de manera regular, otros como turistas, pero a trabajar. Fuimos estableciendo lugares de culto los domingos por la tarde y, durante la semana, nos correspondían toda serie de tareas: buscar trabajo y residencia, arreglar papeles…

Pasados dos años, me nombraron, junto con mi compañero Juan Medina, como responsables de la atención pastoral de los españoles en Stuttgart y su entorno, con distancias a veces de 50 kilómetros. Establecimos la misión central en Stuttgart, con lo necesario para la pastoral y el encuentro, y con los servicios religiosos regulares en parroquias alemanas en la ciudad y en localidades con notable número de españoles. Contábamos con el servicio de trabajadores hispanohablantes de la Cáritas alemana, con una guardería infantil atendida por religiosas agustinas españolas, con un local bar-restaurante y lugar de encuentro. Nuestra pastoral era la del culto y sacramentos, la Eucaristía con el encuentro posterior los domingos, en la ciudad y en los pueblos, la atención a los enfermos y toda clase de oficios, unos más religiosos, otros más profanos y mucha carretera. Iniciamos el Movimiento de Cursillos de Cristiandad y tuvimos un tiempo JOC.

Otra etapa que quise vivir fue la experiencia de acercarme a la teología de después del Concilio, en Alemania. Para ello, me matriculé en la Facultad de Teología Católica de la Universidad de Tubinga y tuve la oportunidad de seguir las clases o de oír lecciones de los profesores católicos J. Ratzinger, H. Küng, A. Auer, W. Casper…

De los protestantes Käseman, E. Jüngel, J. Moltman… y de E. Bloch, ya emérito. Fueron para mí unos semestres muy útiles, al mismo tiempo que atendía una comunidad de religiosas croatas, enfermeras, y era coadjutor en una parroquia alemana en Reutlingen. Y atendía a los españoles, de forma ocasional.

Otra etapa de mi vida en Alemania fue como delegado para el servicio de los capellanes españoles o hispanohablantes en Bonn, desde 1972 hasta 1980.  Fueron unos años de servicio a los hermanos sacerdotes y de animación de las misiones católicas de españoles en el país, de abundantes relaciones con los servicios de la Iglesia en Alemania, como miembro del Sínodo de las diócesis, etc.,  y de frecuentes relaciones, no siempre fáciles, con las autoridades de España.

Desde marzo de 1980, me ha correspondido servir a la Iglesia como obispo en España y siempre he tenido un empeño, sensibilidad y, a veces, un cargo de responsabilidad en el servicio a los migrantes. En España, desde otra perspectiva. Cuando me preguntan cómo veo hoy la situación o cómo a mí me parece que se está tratando este importante fenómeno humano, social y religioso, respondo siempre, en lo que yo puedo conocer, que se están dando unas situaciones muy distintas de las que nos correspondieron desde los años 60 hasta los 2000. Que la situación es con frecuencia dramática y trágica, con numerosos naufragios y muertes, rutas peligrosas, amenazas en los trayectos, mafias organizadas… y que ni Europa ni España están dando la respuesta acertada, que evite estas catástrofes. Comprendo que no es fácil resolver un problema que tiene muchas causas, algunas en los países de origen, otras en el trayecto, no al alcance nuestro. Pero algo más se puede hacer, si los países de recepción, tránsito y acogida se empeñan más  y contribuye, cada uno en la parte y proporción que le corresponde, a evitar los riesgos, solucionar los problemas y mejorar las condiciones causantes de tantos males.

En cuanto al papel y responsabilidad de la Iglesia y de los cristianos, partiendo de que no corresponde a la Iglesia solucionar todos los problema que trae consigo el movimiento de tantas personas y sus condiciones, es mucho lo que puede hacer y lo que está haciendo en diócesis, parroquias, Caritas y otras asociaciones y personas para aliviar las situaciones de acogida, ayuda, integración… y contribuir, como está contribuyendo, a crear un clima de aceptación de los emigrantes,  a veces distintos en color, cultura, patria y religión. Siempre se podrá hacer más y mejor. 

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