¿Las personas religiosas viven mejor? Lluís Oviedo, religioso franciscano y profesor en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma ha estudiado durante años los beneficios de la fe cristiana para la salud y la calidad de vida. Tras revisar los resultados y las investigaciones, concluye que se da un efecto positivo moderado de la fe religiosa en la salud.
En concreto, se constatan dos efectos positivos. En primer lugar, la fe ayuda a afrontar situaciones negativas, como una enfermedad, una pérdida o un fracaso. En segundo lugar, la práctica religiosa procura mayor calidad de vida en las relaciones: ayuda al desarrollo de las propias capacidades y da sentido a la propia vida. No obstante, habría que matizar esta afirmación: hay formas religiosas más bien negativas, que neurotizan o dificultan afrontar los problemas. Este efecto no se da por la mera creencia, sino más bien por ciertas prácticas religiosas.
«He estudiado mucho —afirma Lluis Oviedo— el tema de la secularización y he llegado a la conclusión de que el problema principal para mucha gente que se aparta de la Iglesia es que no le ven ninguna utilidad». «¿Para qué tengo que ir a Misa y perder el tiempo?», preguntan algunos. Si no somos capaces de plantear las ventajas de la fe cristiana en la sociedad de hoy, perdemos la conexión con la gente de hoy.
Las creencias religiosas regulan conductas como la alimentación, las relaciones sociales, el consumo de sustancias, etc. La psicología debe estudiar el fenómeno psicológico que une la práctica religiosa con la salud. Muchos estudios demuestran una relación curvilínea entre creencias religiosas y salud. ¿Profesar una determinada creencia religiosa favorece el seguimiento de reglas que son beneficiosas para la salud? Explorando las creencias religiosas o la ausencia de ellas, así como determinados hábitos de salud y conductas de riesgo —consumo de tabaco, alcohol, drogas ilegales, ejercicio físico y dieta—, los resultados demuestran que, lejos de poder afirmar con total exactitud que ser seguidor de una u otra religión es el indicativo de la realización de más o menos conductas de riesgo para la salud, sí se puede afirmar que la única diferencia plausible es la de definirse dentro de un grupo religioso.
Las creencias son un paradigma. Desde esta perspectiva, implican, e incluso, exigen, un firme asentimiento y conformidad, a pesar de que su fundamento racional o demostración empírica resulten difíciles de asumir. Una creencia consistiría también en un ideal, un objetivo por el que las personas pueden llegar a regular sus vidas. Su seguimiento y realización, incluso de forma ciega, es la forma de mostrar aquello por lo que sus seguidores están dispuestos a luchar, esto es, conseguir un logro tanto para ellos mismos como para los demás miembros de una determinada sociedad.
La conformidad con una creencia depende, en gran medida, de la disposición de la propia persona, pues se desarrolla a partir de sus propias convicciones, a partir de los valores morales aprendidos y por la influencia de factores sociales. Son, en último término, conductas que siempre han condicionado la vida de los seres humanos, de un modo u otro. Y, si asumimos su entidad como conductas, y dejando al margen consideraciones filosóficas o teológicas, caen, por definición, en el campo de estudio de la Psicología, pues creer, en última instancia, es comportarse. Desde esta óptica psicológica cabe señalar que las creencias son regulaciones verbales que controlan otras conductas
—relaciones conducta-conducta—, asunción esta que, desde el primer acercamiento al tema de Skinner (1957-1983) ha conformado un amplísimo campo de estudio, tanto básico como aplicado y vigente en la actualidad.
La salud mental siempre ha debido estar de moda, porque siempre ha habido enfermedad mental. Pero a raíz de la pandemia hay una evolución tan grande en la preocupación de la gente que corremos el peligro de convertirla en una moda pasajera. Hoy, tenemos demasiadas opciones, demasiadas posibilidades para hacer o deshacer, y no somos capaces de gestionar tantas opciones correctamente. Se trata de cuestiones cotidianas y de problemas serios: la pornografía, la sexualidad desbordada, las elecciones afectivas, las compras, las pantallas… Cuantas más cuestiones, más ansiedad y peor gestión emocional. La libertad bien gestionada da lugar a una buena salud mental. Pero la libertad mal gestionada da lugar a mucha insatisfacción personal. Por eso hoy abundan personas tristes e insatisfechas.





