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Urgente irrelevancia

Por san José oramos de manera especial pidiendo vocaciones al sacerdocio. El pasado mes de febrero celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada dando gracias a Dios por la variedad de carismas y pidiendo «al Señor de la mies que siga enviando obreros a su mies» (Lc 10,2). 

A veces me pregunto si somos conscientes de lo que significa orar por las vocaciones.  ¿No olvidamos a menudo pedir a Dios que llame a hombres y mujeres a dejarlo todo y seguirle, quizá, porque no estamos del todo contentos con nuestras vidas? No me refiero a que hayamos perdido la convicción personal de que el Señor nos llamó y nos sigue llamando a una manera de vivir en la que llevamos pocos o muchos años. Más bien pienso en la insatisfacción producida, no por el incumplimiento de las expectativas juveniles de nuestra entrega, sino por las punzadas, leves pero constantes, de aguijones que cuestionan nuestros modos personales e institucionales de hacer y vivir. San Ignacio nos invitaría a preguntarnos si en esos pinchazos no estará Dios —el Buen Espíritu— hablándonos.

Uno de esos aguijones pincha porque conviven en nosotros las prisas y la urgencia que producen la escasez de efectivos combinada con la multiplicidad de obras fundadas en tiempos de abundancia, y la irrelevancia existencial que podemos experimentar no solo en el mundo, sino también en las propias instituciones eclesiales en las que desarrollamos nuestra misión. ¿No somos a veces como velas encendidas en medio de una pista de baile llena de luces de neón? Quizá no se trate de emprenderla a palos con esas lámparas, sino de pedir al Espíritu Santo no solo por las vocaciones futuras, sino que nos indique, para ponernos en camino, las verdaderas oscuridades que hoy necesitan su luz.

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