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Vocaciones de caudillo

Estimadas y estimados, a menudo se ha hablado de la oscuridad de la fe. Pero, a veces, la caridad todavía es más oscura. Si la fe es creer lo que no vemos, la caridad es amar incluso a quien no es amable. Por la caridad tenemos que descubrir la imagen de Dios en muchos que la tienen enmascarada. La caridad nos hace dar muchos pasos a oscuras, porque nos obliga a confiar en la bondad escondida, y casi inencontrable, de quien es malo.

Son dificultades típicamente evangélicas. Jesús nos dice repetidamente que, entre cristianos, la caridad es para servir: «No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.» (Mc 10,43-44). En cambio, los apóstoles Santiago y Juan le habían ido con esta cantilena: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir […] Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mc 10,35.37). Ante la decidida vocación de caudillo que sienten sus discípulos, Jesús se muestra inflexible y les da la gran lección de política cristiana. ¿Quieren mandar? ¿Tienen la audacia de aspirar a los cargos más altos? Muy bien, pero que sepan antes el verdadero sentido de estas palabras en el vocabulario evangélico: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

Las miras de los discípulos son las del mundo. Es la ambición del poder, de ser más que los otros. Pero esta ambición de querer ser los primeros es reprobable. Los discípulos no ven las cosas como Jesús: «porque tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23). Como afirmaba san Juan Crisóstomo, comentando el mensaje de Jesús, «es de paganos desear los altos cargos» (In Math., 65). El cristiano verá en el Señor un modelo de servidor. Cristo está en medio de nosotros «como el que sirve» (Lc 22,27). Es el amo que «los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo» (Lc 12,37). Es el Maestro que lava los pies a los discípulos (Jn 13,5).

Y lo que cuesta más aceptar es que nosotros tengamos que hacer lo mismo. ¿Hacernos sirvientes de los otros? ¿Exigir de una autoridad que sirva humildemente a los súbditos ―que pueden ser malos―, no sería, en el fondo, como querer confiar al ladrón la clave de la caja o como dar a los lobos carta de ciudadanía dentro del rebaño? Estas son las preguntas que muchos se hacen. Pero esta no es la lógica del Evangelio. Quien quiera seguir a Jesús tendrá que ser muy inteligente porque tendrá que trabajar y hacer el bien «sin esperar nada a cambio» (Lc 6,35) y, al mismo tiempo, tendrá que ponderar muy bien las diversas situaciones, puesto que no siempre le será permitido escoger los medios más fáciles. Está muy claro que no podrá desviarse nunca del programa de Jesús, según el cual ―como afirma san Pablo hablando de él mismo― el libre «que no era esclavo de nadie» se ha «hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles.» (1Co 9,19). Y, normalmente, el justo paga por los pecadores, o quien intenta hacer el bien paga frecuentemente los platos rotos. Sí, la caridad cristiana a menudo es oscura, porque es el acto del creyente que da una campanada y espera que incluso encuentre eco en los corazones de los sordos.

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