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«¿Vosotros también me queréis dejar?» (Jn 6,67)

La tentación del abandono, del desenchado, nace como fruto de la desesperança. Nos parece que todo tiempo pasado fue mejor y que nuestros tiempos son los más difíciles para la Iglesia, para vivore la fe. No es un sentimiento nuevo. Por eso mismo, el llamamiento a la esperanza que nos hace el papa Francisco con motivo de la convocatoria del año jubilar para el 2025 debemos acogerlo con el corazón abierto y con plena confianza en el Señor.

El papa Francisco, en la bula Spes non confundit –la esperanza no defrauda–, nos hace dar cuenta de que llevarando el próximo Jubileo se conmemorarán también los 1.700 años de la celebración del primer gran concilio ecuménico, el de Nicea. Nos puede parecer una fecha lejana, un hito más en el calendario, a menudo relleno de memorias. Debemos pensar, sin embargo, que no es así. En los primeros tiempos del cristianismo los concilios, los sínodos y las asambleas se sucedieron con asombro. El objetivo fundamental –nos lo recuerda tambien el Papa– era preservar la unidad del Pueblo de Dios y el anuncio fiel del Evangelio (Spes non confundit, 17). También hoy la unidad del Pueblo de Dios nos debe intemorizary, en cierto modo, preocup. A menudo, cuando hablamos de la unitat, nos referimos a la unidad de los criostians. Por exempleno, cada año dediquemos una sedmanda en el mes de enero, en torno a la celebración de la conversión de san Pablo, a pelear por esta unidad. Y es que san Pablo, el apóstol, fue el predicador de la buena nueva, del Evangelio, a los gentiles, y simboliza en cierto modo la universalidad de la Iglesia, querida así por Cristo mismo, sin dejar de lado ningún poble.

Pero nos debería también interesar y de preocupar a la unidad misma de la Iglesia, tanto en el ámbito universal como particular, diocesano o parroquial. Sigue muchas veces siendo vigente aquella cita del apóstol: «Cuando unos afirman «yo soy de Paz», y los otros «yo soy de Apolón», no quiere decir eso que vivís de manera puramente humana?» (1Co 3,4). El Concilio de Nicea se centró en preservar la unidad, nos dice el Papa, y añade que, a pesar de marcar un hito en la historia de la Iglesia, representa también una invitación a seguir avanzando en el camino hacia la unidad visible, a nocansarse de buscar maneras adecuadas paraconseguirlo (cf. Spes non confundit, 17). No trabajar por la unidad de la Iglesia ha sido en todo tiempo querer dejar el Cristo.

Hacemos nuestras en este camino hacia el Jubileo de 2025 las palabras de san Pablo: «Incluso en las tribulacios encontramos motivo de gloriarnos, porque sabemos que la tribulación engendra paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza. Y la esperanza no engaña, porque Dios, dándonos el Espíritu Santo, ha derramado su amor en nuestros corazones» (Rm 5,3-5).

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