Cuanto más nos acercamos a los controles de la entrada, más gente vamos encontrando por el camino. Riadas y riadas de jóvenes, todos en la misma dirección. Cada uno con su bandera, con su movimiento, con su diócesis. Pero todos con la alegría y la expectación de lo que estamos a punto de vivir. Y es absolutamente impresionante ver lo internacional que es la Iglesia, los lugares tan remotos a los que llega la Palabra y la diversidad que hay incluso dentro de cada grupo con el que nos cruzamos.
A la memoria vuelven recuerdos de Lisboa inevitablemente. Y solo con rememorar lo que supusieron aquellos días, sé que estos no pueden ser nada menos que irrepetibles.
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Desde donde estamos no logramos ver a León. Por un instante da la sensación de que va a pasar por la carretera que tenemos al lado, así que corremos. Pero resulta que no. Así que le vemos desde la pantalla que tenemos delante. Y aún con todo, es igual de emocionante ver cómo todo el mundo aplaude, grita y se emociona. Y es aún más tierno ver cómo él sonríe a más no poder cuando se encuentra frente a frente con quienes, espera y confía, son el futuro de la Iglesia.
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¿Cómo de bonito es que haya un millón y medio de jóvenes arrodillados adorando lo más grande que vio jamás el mundo? Aunque las rodillas duelan, aunque estemos realmente agotados, aunque solo veamos una pantalla. Con un pastor que acompaña, que hinca las rodillas en el suelo como nosotros y nos guía. Delante, pero no queriendo ser el primero. Más bien todo lo contrario. Porque sabe que el importante no es él, aunque sea su nombre el que coreamos.
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Vamos recorriendo las distintas áreas intentando encontrar a quienes sabemos que también están por aquí. La cobertura no funciona demasiado bien, y aún así lo conseguimos. No por casualidad, sino por Providencia. En los caminos, sin esperarlo, en un cruce, entre las mareas de gente. Los pamplonicas, los italianos, los de la parroquia, los de la diócesis… Cada uno con los suyos, con su propia peregrinación e historias que intercambiamos a la luz de los focos mientras avanza la madrugada. Pero todos con la sonrisa en la cara y la alegría del encuentro. Entre nosotros y con Él. Y solo puedo pensar que sí, que efectivamente la belleza de la Iglesia brilla aquí. En las banderas que adornan las vallas, en los que ya duermen y en los que estarán hasta altas horas de la madrugada tocando el tambor, en los que conocemos y queremos y en los que aún no hemos tenido la suerte de encontrar.
Y es así como nos encuentra la noche. Entre cánticos y risas, con la ilusión de saberse en familia aún siendo desconocidos. Con la mirada puesta en lo que sucederá mañana, pero sabiéndonos dueños del ahora.
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Estamos al lado de los altavoces, así que no tardamos más de tres segundos en despertarnos. Con la espalda dolorida, con la piel cubierta por una capa de polvo y sudor, y el recuerdo de la lluvia que cayó de madrugada en los sacos y esterillas. Pero no hay casi quejas (alguna sí, claro, es inevitable), sino alegría por el encuentro y expectación por la llegada de León y lo que traerá consigo.
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Creo que lo que más me gusta de León es el poco afán de protagonismo que tiene. Lo sutil que es, la elección de palabras tan cuidada, la poca importancia que se da a sí mismo. No es Francisco, por supuesto. Y menos mal. Porque, aunque echemos de menos a quién nos guió durante nuestra adolescencia, la diferencia y la diversidad es lo que hace de la Iglesia lo que es. Y León no quiere ser centro de atención, parece incluso que le dé vergüenza cuando gritamos su nombre y le interrumpimos. Se le inundan los ojos y le brilla la mirada cuando nos mira. Y es cierto que no improvisa, que no inventa nuevos términos, que no revoluciona a simple vista. Pero, si le escuchas con atención, el mensaje que nos deja es precioso. Y es igualmente transformador y alentador. Solo hay que abrir los ojos y el corazón.
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«Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos»








