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Acompañar el duelo: una Iglesia que cuida al que sufre

A la sala virtual del Grupo Resurrección van entrando participantes desde Toledo, Granada, Madrid, Bilbao y hasta de Aveiro, Portugal. Son dolientes, personas con muertes recientes de un ser querido o que permanecen atrapadas en un sufrimiento prolongado y deteriorante. La cercanía de las celebraciones de todos los santos y de los fieles difuntos reabre las heridas y remueve las entrañas. El horizonte de la Navidad es percibido con desasosiego, incluso con temor. Los reciben Jorge Megías y Puri Roca, el matrimonio de Madrid que guiará la sesión de este grupo parroquial de ayuda mutua. Nueve coordinadores en proceso de formación presencian la reunión de manera respetuosa. «Acompañar, evangelizar, sanar» es el lema de Resurrección.

Dolientes y acompañantes piden ayuda al Espíritu Santo. Escuchan, emocionados, la canción Con un hasta luego, de Pablo Martínez, y recuerdan el ideario del grupo: «Creemos que el secreto de la muerte hay que buscarlo en la vida, por eso venimos a elaborar positivamente nuestro duelo, para encontrarnos con sentido ante el misterio de la muerte. Creemos necesario querer ayudarse a sí mismo, dejarnos ayudar por los compañeros y ayudar a quien transita por la senda del sufrimiento. Agradecemos el apoyo de este grupo de mutua ayuda y nos comprometemos a participar activamente en él, a respetar las ideas, creencias y tiempos de los compañeros. Mantendremos prudentemente el sigilo y mostraremos siempre una actitud de servicio. Pedimos fuerzas a Jesús, que sufrió, elaboró su duelo, murió y resucitó; primicia de la Resurrección de nuestros seres queridos y de la nuestra, caminar de nuevo por la primavera de la vida». 

Repasan la sesión anterior, centrada en el valor: de tomar la iniciativa, de pedir ayuda, de asistir, de dejarse cuidar, de meter bisturí a la propia herida. «No basta con aliviarse, hay que recorrer el camino de salvación de raíz», asegura Roca. Porque, como reza el esquema que se presenta, «no es lo mismo estar en duelo —proceso pasivo y negativo que añade más sufrimiento— que hacer el duelo —proceso activo y sanador—». A continuación, identifican algunas «tentaciones» que pueden gobernar los sentimientos del doliente —«narcisismo, egocentrismo»— y abren una «ronda de desahogo». «Es sanador que habléis», se apunta. «Estoy muy triste, estoy obsesionada», reconoce María José, que ha enviudado hace poco tiempo. «Mi cabeza está en bucle: ¿Dónde está mi marido? ¿Quién me puede ayudar? Ayudadme, ayudadme. Sé que tengo que poner de mi parte, pero me falta fe», prosigue. Antes de formar parte del grupo, los dolientes han sido atendidos con dos entrevistas previas personalizadas. Resurrección se proclama “abierto a todos”, incluidos no creyentes y resentidos con su fe. El hijo de Ana falleció hace dos meses en un accidente de moto. Tenía 21 años. «Estoy muy rabiosa con Dios, no paro de preguntarme ¿por qué? Yo ya no soy más la misma, mi alegría se fue, estoy amargada en mi corazón de madre», confiesa. Rafaela, apenada por la muerte de sus padres, coincide en que «yo ya no soy la que era antes» y revela que «el terror se acaba somatizando. La ansiedad me está matando». Los coordinadores insisten en que «hay que dar nombre y apellido a vuestra herida en todas y cada una de sus dimensiones; de lo que no se habla por su nombre y no se acepta, no se sana», sentencian.

Jorge y Puri llevan lustros mirando a la tragedia a los ojos y tendiendo su mano a las familias que sufren. En 2005, su hija Irene falleció de forma súbita y cruel por culpa de una meningitis. «Entonces, ni éramos creyentes ni estábamos casados por la Iglesia», recuerda Megías. «Acudimos como pareja a un psicoanalista freudiano y ateo. Dios no aparecía por aquella sala ni como idea. A las tres sesiones decidimos dejarlo, porque no nos aportaba nada. Él fue muy honesto y nos comentó, para sorpresa nuestra, que veía que nosotros estábamos buscando respuestas trascendentes y que él no podía dárnoslas. Poco a poco, empezamos a recibir gracias y gracias de Dios, hasta que nos convencimos de que lo que quería nuestra hija era que nos casásemos por la Iglesia. Diez meses después, lo hicimos. Desde entonces, vivimos en estado de misión», detalla.

«Hay que perseverar, porque perseverar es sanar», afirma Puri, de vuelta al grupo virtual. Afrontan, ahora, una «autoevaluación del sufrimiento», se proyecta un vídeo donde se incide en que «todo el sufrimiento que tengas por demás es felicidad que te quitas a ti mismo y a tu familia» y trabajan una lectura bíblica acorde al tema tratado. El tema de la extrañeza es el leitmotiv de la sesión, la tercera de un itinerario completo de doce semanas. Para procesos de duelo especialmente complejos, como muertes por homicidio, suicidio, accidentes múltiples o feminicidios se completan hasta treinta encuentros. Los grupos Resurrección siguen la metodología de Mateo Bautista García, perteneciente a la orden de religiosos camilos. El padre Bautista completó su tesis doctoral sobre el duelo y hace ya treinta años puso en marcha su primer grupo de ayuda mutua en Buenos Aires, avalado por el entonces arzobispo Bergoglio. «Se dio cuenta de que la Iglesia apenas contaba en el duelo, que llegaba hasta donde llegaba, con el párroco atendiendo a la gente con un tiempo limitado y como buenamente podía… No había metodología organizada, debida capacitación, no se abordaba de manera grupal ni multidimensional», explica Jorge, que es Animador Nacional de la Pastoral del Duelo para España. Puri y él vivieron en varios países de Latinoamérica por trabajo y conocieron los grupos Resurrección en México. «Vimos cómo la gente hacía un duelo luminoso de la mano de Dios y nos dijimos: “Tenemos que hacer algo así”. Hablé con Julián Lozano, un sacerdote amigo, coordinador de Resurrección en Ciempozuelos –Madrid– y lo implantamos en nuestra parroquia de Villanueva de la Cañada». Hoy, ya son 18 los grupos parroquiales que se van a poner en marcha en Madrid, Cuenca, Cádiz, Castellón o Almería, más el virtual. Con España, Resurrección está hoy presente en trece países del mundo.

La metodología diseñada por el padre Mateo Bautista García y su equipo trabaja al unísono las «seis dimensiones del ser humano: cuerpo, sentimiento, mente, relaciones sociales, valores y espiritualidad». «Nosotros intentamos sanar todas las dimensiones que estén sufriendo —explica Jorge—, pero a veces nos encontramos a personas que no tienen desarrollada la espiritualidad. Antes, la muerte estaba más integrada en el mundo. Ahora, no se sabe gestionar, es un tabú. Aquí viene gente con una desesperación que pone los pelos de punta», agrega. «Ofrecemos ayuda basada en los recursos que aportan las diversas ciencias, la relación de ayuda, la fuerza sanante de los vínculos comunitarios y de la fe, con un tratamiento de duelo trascendente, trabajando siempre desde los síntomas concretos de la herida abierta, sin emplear eufemismos», detalla el padre Bautista.

Uno de estos recursos es la «cadena de apoyo», en la que cada doliente elige a un compañero para darle un mensaje positivo y de refuerzo. En nuestra sesión virtual, Gloria, en duelo por su hijo, anima a Ana, que está afrontando una honda aflicción: «Tu hijo está gozando de una paz que no ha conocido en la tierra…». Ella se lo agradece de corazón: «Tus palabras son oro para mí».  

Cada doliente va a su propio ritmo, pero en un proceso exigente de evaluación y sanación. Durante el coloquio, Puri y Jorge se esfuerzan con su mensaje: «Se suele hablar de pérdida de un ser querido, y en Dios nada se pierde. Hemos perdido la presencia física de nuestro familiar, pero no más»; «la clave está en la diferencia entre aceptación y resignación»; «hay dos maneras de amar: la egoísta-posesiva y la que aprende a amar desde el desapego»; «¿dónde están nuestros familiares? Nosotros no amamos un cadáver, ni se puede amar algo que desaparece si se olvida: nosotros amamos a alguien entregado a Dios».

—Tú dices que estás rabiosa, porque tu vida ha sido atender a tu marido durante 60 años. ¿Y no valoras que otras muchas no hemos podido, ni de lejos, pasar tanto tiempo con los nuestros?

Uno de los aspectos más importantes en el itinerario de acompañamiento del duelo es la socialización del proceso de sanación a través de un grupo de confianza. «Se ayudan casi sin proponérselo, sólo por compartir», señala Puri. «No es lo de “mal de muchos”, a mí no me fortalece ver sufrir a los demás, pero sí me ayuda esa sinceridad, ese compartir los miedos y la angustia. Ver a alguien que sale de sí mismo y acepta lo que viene. Descubrir que yo también puedo dar fuerza a otras personas. Sólo con oír y observar, ya tengo ayuda”, comenta Gloria. El grupo Resurrección que coordinan Roca y Megías termina su sesión después de dos horas con la tríada de oración conclusiva-acción de gracias-bendición, tareas varias para la semana —en esta ocasión, escribir una carta al difunto— y el darse una caricia positiva para levantar la baja autoestima que conlleva el sufrimiento. «Lo que hoy habéis hecho aquí no dejéis de hacerlo en vuestro matrimonio, familia, en el trabajo…», insisten.

Terminado el encuentro, los dolientes siguen en contacto semanal a través de un whatsapp comunitario. Los coordinadores Puri y Jorge, a su vez, están conectados telefónicamente con el resto de coordinadores de España y de los otros doce países. «En la coordinación de Resurrección hay sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos y laicos de todas profesiones: docentes, pedagogos, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, etc.», explica el padre Bautista. «Nuestro perfil es exigente: tener madurez humana y espiritual, conocimientos teológicos y pastorales, pertenencia parroquial, experiencia personal de la muerte de un ser querido, haber cicatrizado sanamente nuestro sufrimiento, capacitarnos con una metodología adecuada al lado de un coordinador veterano al menos durante un año, semana tras semana, y entrar en formación y evaluación permanente común para todos los coordinadores», agrega. Jorge Megías resume y concluye que los grupos Resurrección «son una gracia, porque aquí el Señor sana corazones a través de nosotros, somos un medio suyo para sanar. Aquí, el más ayudado es el que ayuda». 

Consuelo Santamaría, tras 24 años de ayuda a dolientes, es de la misma opinión: «Acompañar el duelo es algo maravilloso. El bien que se puede hacer a las personas es mucho». Aclara, sin embargo, que «para estar en este mundo hay que amar la vida mucho. Te encuentras unos casos tan duros, tan dolorosos… que te puedes contaminar». Doctora en Filosofía —«la filosofía nace en el duelo con la pregunta de siempre: ¿por qué? Es una paradoja que cuando uno sufre se plantee qué es la vida. Por eso, la filosofía también ayuda a entender el dolor»— y Ciencias de la Educación, máster en Counselling, máster en Humanización de la intervención social y postgrado en Duelo, Santamaría colabora desde hace cuatro años con el Centro de Escucha San Camilo, un servicio impulsado y amparado por la Orden de Ministros de los Enfermos «que tiene por finalidad ayudar desinteresadamente a todas aquellas personas que sufren o en crisis vital, ofreciéndoles acogida, comprensión y orientación para su afrontamiento». La prestigiosa psicóloga Marisa Magaña es la directora del Centro de Escucha: «El proyecto surgió en 1997 ante una situación de una madre que había perdido a su hijo y no tenía acompañamiento. No tenía ninguna respuesta de la Sanidad, ni pública ni privada, su única respuesta era la medicación. Acudió a los camilos en busca de ayuda y José Carlos Bermejo —director general del Centro Asistencial y de Humanización de la Salud San Camilo— tuvo la idea». El servicio, gratuito, de escucha y acompañamiento, individual o en grupos y de hasta 20 sesiones, no ha hecho sino crecer desde entonces. «Estamos absolutamente desbordados. Recibimos más de cien personas al mes, psiquiatras, hospitales y centros de salud nos envían duelos de riesgo…», afirma.

Especialmente preocupante es «el repunte de acompañamientos por suicidio. Estamos atendiendo muchos suicidios de gente joven, veinteañeros, y estamos muy desbordados. Tenemos grupos de 10-15 personas exclusivamente en duelo por suicidio, ellos se benefician mucho del grupo porque está muy estigmatizado», señala Magaña. Santamaría, por su parte, opina que «en el duelo por suicidio se ve cómo el ser humano busca culpables. A partir de ahí, solo hay dos caminos: si la culpa es real, pedir perdón. Si no es real, trabajar para solucionarlo». 

El Centro de Escucha está impulsado por el carisma camiliano de acoger, cuidar y enseñar a cuidar a los enfermos, siguiendo el ejemplo de Cristo. Su sistema se asemeja más a un modelo clásico de psicología, sin perder de vista el lema de Camilo de Lelis, «¡Más corazón en las manos!». «Tenemos 150 voluntarios, de los cuales el 90% son psicólogos», detalla Magaña. «Pero no es solo psicología, es una intervención general muy integrativa para el bienestar psicoemocional de la persona. No se puede decir que sea ayuda profesional, porque la dispensan voluntarios muy bien formados, pero sí es bastante terapéutica. Para personas que no tienen otro recurso, la atención inmediata y continuada es muy importante, porque verse cada seis meses con un psicólogo de la Seguridad Social no ayuda mucho», explica.

En el Centro de Escucha también se reconoce la colaboración entre psicología y espiritualidad. «La dimensión religiosa es un factor que siempre tenemos en cuenta en San Camilo, y que en el modelo clásico de atención al duelo ni existía», señala Magaña. «La fe es un plus para la persona que está en sufrimiento. La esperanza de la fe es fundamental y, donde aparece, se aprecia una evolución bastante buena», añade. Para Santamaría, «la fe es un factor de protección brutal. Está clarísimo que ayuda. Es otra manera de aceptar la realidad y entender el sufrimiento, aporta más herramientas para salir de la crisis». Pese a ello, «ante la muerte de un niño o el suicidio de un hijo, se rechaza por completo la palabra Dios. Pero donde hubo fe, tarde o temprano renace. También me he encontrado con personas ateas que en un principio decían “no querer ser manipuladas” y que, después, pedían creer con pasión ‘porque necesito la esperanza de volver a ver a mi hijo», agrega Santamaría.

Ambos, San Camilo y Resurrección, se enraízan en la Pastoral de la Salud. Unos, «con la cercanía de la parroquia», en palabras de Jorge Megías; otros, desde sus propios Centros de Escucha. «Hay diferentes iniciativas en la Iglesia para ayudar al duelo. Para empezar, todos los párrocos tienen que saber dirigir a quienes llegan con este sufrimiento», apunta Gerardo Dueñas, subdelegado de Pastoral de la Salud de la archidiócesis de Madrid. «Ofrecemos un acompañamiento humano y espiritual desde nuestra propuesta creyente. Sin embargo, hay herramientas que no son para todo el mundo, porque las reacciones de dolor en estos casos son normales, pero seguir sin recuperar tu vida un año después, no. Y luego, es fundamental que el proceso empiece y acabe. Hay que cerrar la herida, porque se está mejor en fase de acompañamiento, pero se corre el riesgo de cronificarla», detalla. 

En su opinión, hay que «fomentar este acompañamiento a las personas que sufren, formando e intentando llevar una cultura del duelo a la población general para que sepan que no pasa nada por pedir ayuda». «Cuesta mucho que la gente se anime a ir a un grupo de duelo. Y no somos superhéroes: no es normal que hubiera personas que no volvieron a sonreír por perder a un familiar, hay que explicar que dejar de sufrir no es traicionar la memoria del fallecido, ¿cómo querrían ellos que viviéramos nosotros?», sentencia.  Santamaría identifica como «llamadas de atención que, pasado el tiempo, haya aislamiento, hable del ser querido y rompa a llorar, se obsesione con el trabajo, que persistan problemas de sueño y/o alimentación… Pero la tristeza en sí es algo normal». Para Magaña, «aunque entendemos que los duelos forman parte de un proceso natural, no hay por qué pasarlos solos. Quien vea que sufre mucho, que le sobrepasa, que busque ayuda. El tiempo medio de resolución de un fallecimiento sin complicación es de un año o un año y medio para recuperar una vida funcional. Aunque en las situaciones más dramáticas ya se ve cómo se complica a partir de tres o cuatro meses». La cuestión es más compleja cuando los dolientes son niños o adolescentes: «Hay muchas diferencias —explica Santamaría—: el niño es capaz de reír, mientras el adulto se prohíbe seguir viviendo; el niño llora cuando está solito en la cama, porque “si lloro, mi mamá llora”; el niño se traga las dificultades en soledad; el niño se sumerge en el mundo de la fantasía, desarrolla miedos; el adulto puede pedir ayuda, el niño, no».

Nuestra percepción social sobre la muerte ha quedado fuertemente impregnada por la pandemia. Santamaría reconoce que «la Covid ha hecho mucha pupa. Ha provocado mucho dolor y mucha fantasía. No es lo mismo ver cómo muere un familiar que imaginarlo: ¿estuvo solo? ¿sintió dolor? ¿fueron amables y cariñosos con él? Esas dudas están haciendo sufrir muchísimo». Se ha destacado el trauma por no poder velar ni hacer funerales en pandemia: «Yo estuve dos veces en Sierra Leona —explica Santamaría—. Allí tienen un sentido de la muerte muy profundo: lavan el cuerpo, lo cubren de besos y lo abrazan todos en el velatorio. Con el ébola, las personas morían solas y nada de eso se podía hacer. Es el mayor trauma que yo haya visto, ha dejado tocadas a muchas personas. Siempre estamos a tiempo de hacer una despedida a quien no la tuvo».

Dueñas destaca que «cuando muere una persona que está en paliativos, por ejemplo, el duelo no se suele complicar. Acompañar a las familias y al paciente que se está muriendo también es un trabajo de prevención de la Pastoral». Y reivindica el trabajo que hay «entre los paliativos y el duelo, que es la Pastoral de Exequias, donde también hay iniciativas interesantes de escucha en crisis junto a la celebración cristiana de la muerte». Por último, considera  que es «muy importante caer en la cuenta de que todos vamos a morir, porque quien afronta bien la muerte de un ser querido tiene luego herramientas para afrontar la propia existencia. La vida se acaba, la muerte es parte de nuestra vida». 

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