El papa Francisco ha glosado durante la catequesis de la audiencia general de este miércoles la figura de Madeleine Delbrêl, una mujer francesa que, con otras compañeras, vivió en un barrio obrero de París. Una opción, la de habitar en las periferias, que «le permitió descubrir el amor de Dios en lo cotidiano y darlo a conocer a los más alejados con un estilo de vida sencillo y fraterno».
«En ese ambiente, donde predominaba la ideología marxista, ella pudo experimentar que es evangelizando como somos evangelizados», ha añadido Francisco. Según ha recalcado, la vida y los escritos de Delbrêl «nos muestran que el Señor está presente en toda circunstancia y que nos llama a ser misioneros aquí y ahora, compartiendo la vida con la gente, participando en sus alegrías y tristezas».
«En particular, ha continuado, nos enseña que los ambientes secularizados también nos ayudan a convertirnos y a fortalecer nuestra fe. No olvidemos que la vida en Cristo es un tesoro extraordinario y gratuito, que estamos llamados a compartir con todos».
Según ha relatado, el corazón de Madeleine estaba en constante salida y se dejaba interpelar por los pobres. «Sentía que el Dios vivo del Evangelio debe arder en nosotros hasta que llevemos su nombre a quienes no lo han encontrado», ha dicho, para recalcar, a renglón seguido, que estaba volcada hacia los temblores del mundo y el grito de los pobres.
Con todo, en su saludo a los peregrinos de lengua española, el Pontífice ha pedido a Dios que «nos dé su gracia para ser testigos valientes del Evangelio, sobre todo en los ambientes secularizados, ayudándonos a descubrir lo esencial de la fe y fortaleciéndonos en las dificultades».







