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Ángela de Mérici: la apuesta por la educación de las mujeres

Con ella, la Iglesia comenzó a apostar por un laicado más comprometido con la caridad y, a la vez, enriquecido por la contribución de la sensibilidad femenina.

Estamos acostumbrados a escuchar proclamas sobre la necesidad de empoderamiento de la mujer. Sin embargo, es este un empeño que viene de lejos, también en el seno de la Iglesia, con figuras como santa Ángela de Mérici, la joven italiana que, en pleno Renacimiento, desafió las normas sociales y religiosas de su tiempo al promover la educación y relevancia de la figura de las mujeres en una época en la que solo tenían un papel secundario en la vida pública. Su testimonio de vida y su legado abrieron nuevos caminos a la mujer en la sociedad y también en la Iglesia.

Desde bien pequeña hubo de hacer frente a grandes tragedias, como la temprana muerte de sus padres y hermana. Trasladada a Brescia para vivir con su tío, se volcó en una profunda espiritualidad, hasta el punto de hacerse terciaria franciscana con solo 13 años, destacando por su gran austeridad y desapego por lo material. 

Si por algo despuntó la joven es por su dedicación a los demás, lo que la lleva a enseñar el Catecismo a los más pobres. En ese momento, empezó su preocupación por la gran incultura que vio en las niñas y las mujeres, relegadas a la vida doméstica sin ningún tipo de formación. No es que no supieran leer ni escribir, sino que, además, vivían en la más absoluta ignorancia, especialmente en lo referente a las cuestiones de fe. 

En esas circunstancias, Ángela experimentó una visión mística, en la que sintió la llamada del Señor para dedicarse a la formación de las más jóvenes, poniendo en práctica la obra de misericordia de «enseñar al que no sabe». En dicha visión vio también a su hermana —fallecida sin los sacramentos—, quien la inspiró a fundar una «compañía de vírgenes». 

Con la ayuda inestimable de san Carlos Borromeo, en noviembre de 1535, bajo el amparo de santa Úrsula —patrona de las universidades—, puso en marcha la primera orden de mujeres dedicada a la enseñanza. Una idea extremadamente novedosa que tardó bastante en ser aceptada.

La gran aportación e innovación de la Compañía de las Ursulinas venía marcada por su original regla de vida: salir del claustro para dedicarse a la formación de las jóvenes, pues comprobaban la necesidad de un mayor contacto directo con la realidad.  De esta manera, aquel grupo dedicó sus esfuerzos a la educación de la mujer, como medio oportuno para su desarrollo espiritual e intelectual. En definitiva, su pretensión era empoderarlas a través del aprendizaje para que pudieran después influir positivamente en la sociedad y vivir plenamente su vocación cristiana en ella.

Con su legado, santa Ángela de Mérici logró dar una nueva forma a la dignidad de la mujer. Gracias a ella, la Iglesia comenzó a apostar por un laicado más comprometido con la caridad y, a la vez, enriquecido por la contribución de la sensibilidad femenina. En la misma línea que los postulados del reciente Sínodo. 

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