A sus 38 años, recibirá la ordenación este sábado 22 de febrero de manos del obispo diocesano, Fernando Valera
Cuatro años después, la diócesis de Zamora vuelve a celebrar una ordenación sacerdotal. La de Javier Prieto, de 38 años y natural de Fuentesaúco, al que la vocación al sacerdocio sorprendió tras haber estudiado Derecho y ADE y un máster y trabajar en una consultora en Madrid. Entre la llegada de la Cruz de los Jóvenes a Zamora en 2010 y la JMJ de 2011 apareció la pregunta. Aunque no dio la respuesta hasta 2016. Este sábado 22 de febrero será ordenado sacerdote en la catedral de Zamora, en una celebración presidida por el obispo diocesano, Fernando Valera. Lleva desde inicio de curso destinado en Toro, donde continuará en sus primeros pasos como sacerdote.
—En otro tiempo, tu vocación habría sido calificada de tardía…
—La gente de mi generación toma las decisiones fundamentales más tarde que hace 30 o 40 años. Tengo amigos en una situación parecida. Creo que es una cuestión de la época. A mí me ha entrado la duda de si no he perdido la oportunidad de haber entrado más joven. Pero la experiencia me dice esto me ha servido. Traes en la mochila experiencias, realidades y personas que, de haber entrado más joven, nunca habría tenido. Esto forma también parte de la riqueza de la Iglesia. Si todos hiciéramos los mismos procesos, todo sería más aburrido y homogéneo. De este modo, llegamos a más gente.
—En tu caso, ¿cuándo aparece la inquietud por la vocación sacerdotal?
—No sabría decir una fecha clara. Es cierto que, echando la vista atrás, uno descubre que había alguna señal que podía indicar este camino. Sí tuve momentos especiales de encuentro con el Señor, donde me tocaba, donde me pedía algo más… pero me costó atreverme a reconocer esa llamada. Un hito significativo fueron los preparativos de la JMJ de Madrid, con la llegada de la Cruz de los Jóvenes a Zamora en 2010. Y luego la JMJ de 2011, aunque no di el paso hasta 2016. El punto de inflexión fue la sensación de que la vida que vivía, con mi trabajo en una consultora, en la que estaba muy contento, no me llenaba el corazón. Me llenaban más las actividades que hacía en la parroquia, colaborando con la Semana Santa o en la cofradía. En ese momento te planteas responder a la pregunta que muchas veces has puesto a un lado porque te descoloca, porque no es un plan fácil y porque no es el camino que elige todo el mundo. Así, un 6 de enero, escribí a Tino, rector del Seminario entonces, y ahí comenzó el proceso.
—¿Cómo respondió tu entorno a esta decisión?
—Generó bastante impacto, pero fue por mi culpa. Lo había llevado prácticamente en secreto. La primera reacción fue de sorpresa, pero lo cierto es que no puedo decir que a nadie le pareciera mal, que lo hayan intentado impedir o que me hayan cuestionado qué hacía con mi vida. Mucha gente se ha alegrado por el paso que daba y me he sentido acompañado.
—Toda llamada, ahora que hemos celebrado un Congreso de Vocaciones, surge de una primera a ser hijos de Dios. ¿Tú como recibiste la fe?
—Soy de esos chicos que recibió la fe casi sin enterarse. Mi familia es cristiana, estudié en colegios concertados… Al final, recibes la fe de una manera muy cotidiana. Esta presencia de Dios en mi vida hace que cuando empiezas a tener la inquietud vocacional, esta no es una cosa extraña. Ha sido todo muy cotidiano, sin grandes fuegos artificiales.
—¿Tienes algún modelo de sacerdote o te miras en alguno?
—No. Pero he tenido la suerte de tener muy distintos modelos y tipos de sacerdotes cerca. Esto ha configurado un poco mi manera de entender la vocación, no solo como imitación de alguien, sino de una forma plural. Siempre hay testimonios que te marcan y que hacen que uno entienda el sacerdocio de una manera.
—Eres el único sacerdote ordenado en Zamora en cuatro años. ¿Qué sucede con las vocaciones al sacerdocio? ¿Hay crisis de llamada o de respuesta?
—Creo que lo que sucede, en primer lugar, es que hay un descenso del número de cristianos comprometidos en la Iglesia. Y, luego, creo que la crisis está más en la respuesta que en la llamada. A veces, se ve la dificultad para el compromiso de los jóvenes, incluso cuando sienten una inquietud, o en la dificultad para tomar una decisión que puede que mucha gente no comparta contigo. No creo que haya una crisis específica de la vocación sacerdotal. También faltan matrimonios cristianos comprometidos en la vocación familiar y en el anuncio del Evangelio en el mundo.
—Quizás el problema de raíz está en esta última crisis que citas, la de la familia…
—Pienso que el problema está, en buena medida, en que nos fijamos en los resultados, pero no vamos a las causas. La mayor parte de las vocaciones surgen en contextos en los que se vive con normalidad la fe. Si ese contexto no se da, es mucho más difícil.
—Trabajaste en una gran urbe como Madrid y ahora eres sacerdote en una diócesis fundamentalmente rural, donde la despoblación y la dispersión es un reto. ¿Cómo vives esto?
—Hay que ser realistas, es decir, no autoengañarnos, porque no nos hace bien. Y aprender a distinguir entre lo que son tareas y la misión de fondo. Porque, a veces, la tarea concreta quema mucho y se pierde de vista la misión.








