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Cecilia Pilar (Manos Unidas): «Las personas más pobres de la tierra siempre son mujeres»


En los tres años que lleva al frente de la organización ha apostado por rejuvenecer el voluntariado e iniciado un proceso de digitalización

El próximo mes de mayo, Cecilia Pilar cumplirá tres años, un mandato, al frente de Manos Unidas. Una organización a la que llegó hace 15 años. En todo este tiempo, además de por la presidencia, ha pasado por el Departamento de América Latina, ha coordinado el Festival de Clipmetrajes y ha sido responsable del Área de Comunicación y Presencia Pública. Una trayectoria, dice a ECCLESIA, que la ayudó a conocer qué es Manos Unidas. Confiesa que la responsabilidad actual encaja con su trayectoria profesional, pero también con su faceta de madre y abuela: «No hay nada extraño a mi vida en esta tarea que me encarga la Iglesia».

—¿Qué balance hace de estos tres años como presidenta?
—Los he vivido con ilusión y ganas, llevando a cabo cambios que eran necesarios. Uno de ellos era organizar un área de personas para dar un poco más de vida a los miembros, aquellos que tienen un vínculo más cercano con la organización. También hemos realizado una apuesta fuerte por el voluntariado joven. Manos Unidas cuenta con 6.500 voluntarios, pero somos bastante mayores. Así que hemos contratado a jóvenes para que empujen este voluntariado. Llevamos trabajando en esto durante año y medio y se están consiguiendo resultados. Ya tenemos 200 jóvenes comprometidos. 

—Personas, jóvenes y…
—La otra gran apuesta es la digitalización de toda la organización. La pandemia nos empujó a ello. Estamos trabajando con una consultora especializada y esperamos tener todo conectado a final de 2026. Nos resultará más fácil relacionarnos entre nosotros y con nuestros 400 socios locales.

—Camino de los 66 años de vida, ¿cuál es la salud de Manos Unidas?
—Estamos presentes en toda España a través de 72 delegaciones. Y tenemos una cantidad muy importante de voluntarios. La mayoría son mujeres, pero bastantes hombres se están sumando a la organización. Esto es bueno, porque nos fortalece e integra. En cuanto al ámbito económico, los fondos no han bajado. La mayoría son privados, propios; solo el 12 % proviene de organismos públicos. Esto nos da absoluta libertad a la hora de apoyar proyectos según el criterio de Manos Unidas. La salud es muy buena.

—¿Cuáles son las líneas de trabajo para los próximos años?
—A pesar de que hay comida para todos, millones de personas todavía pasan hambre en el mundo. Es una cifra disparatada. Nuestra idea es seguir apoyando a más gente y, sobre todo, educar en España ese proceso de cambio necesario para que esto no pase. Como ya he dicho anteriormente, los jóvenes o la puesta al día de Manos Unidas para el siglo XXI son algunas de las tareas, pero seguiremos trabajando en lo que hemos hecho desde hace 65 años.

—Manos Unidas tiene siete sectores de actuación: educación, salud, agua, mujer, alimentación, derechos humanos y medio ambiente. ¿Hay alguno prioritario?
—Depende de la zona, pero diría que la soberanía alimentaria y la educación. La educación es la base del desarrollo.

—Ustedes trabajan con gente sobre el terreno: los socios locales. ¿Quiénes son?
—Son personas e instituciones con las que venimos colaborando desde hace mucho tiempo, toda la vida. Hay congregaciones religiosas, misioneros, pero también seglares locales que han crecido al lado de los religiosos, con lo cual son socios de muchísima confianza. También trabajamos con las Cáritas. 

—¿Le ha marcado algún proyecto en especial en estos tres años?
—Unos cuantos. Pero hablaré de Mindanao, en Filipinas. En esa zona hay un gran problema de violencia, y apoyamos un proyecto para ayudar a niñas abusadas. Las pude ver y fue muy doloroso para mí [se emociona mientras lo relata]. Eran niñas como mis nietas. Y eso es un dolor. Allí las acogemos, les damos un hogar, rehabilitación y atención psicológica, facilitamos que vayan al colegio y que reinicien su vida. A veces, pueden volver con sus familias, pero no siempre, porque, en muchas ocasiones, son los padres los que las han vendido o entregado a cambio de algo.

—¿Es una prioridad el desarrollo de la mujer en los contextos en los que están presentes?
—Las personas más pobres de la tierra siempre son mujeres. La primera perjudicada cuando falta comida es la mujer. Son las primeras que se ven abocadas a abandonar la escuela. Por eso, para nosotros es prioritario el apoyo a la mujer en todos los proyectos.

—Apoyan a mujeres, pero también son referencia de la presencia femenina en lugares de responsabilidad dentro de la Iglesia desde hace décadas. 
—Nosotros dimos el paso en una época en la que la mujer no pintaba nada. No podía ni siquiera abrir una cuenta sin el permiso del marido o del padre. Pilar Bellosillo, que está en proceso de beatificación, fue una pionera. Somos mujeres que hemos sido capaces de sacar adelante esta organización durante 65 años sin ningún problema.

Compartir es nuestra mayor riqueza es el lema de la campaña de Manos Unidas de este año. ¿Qué quieren transmitir?
—El hambre tiene muchas aristas y caras. La idea de este año es mostrar que compartir es lo mejor que puede hacer un ser humano con otro. Queremos transmitir que la acumulación de riqueza no es verdadera prosperidad. Si no es compartida, no es prosperidad. Por eso, estamos impulsando, por ejemplo, cooperativas y asociaciones de mujeres. Son grupos pequeños que se ayudan y resuelven su vida y las de sus familias. En este sentido, creemos que la propuesta de Economía de Francisco es un modelo para alcanzar un sistema más justo, inclusivo y sostenible y dar así respuesta a los grandes problemas.

—Estos grandes problemas —el hambre, la pobreza…— no han desaparecido, aunque sí ha habido avances…
—Las cifras que manejamos son terroríficas. 733 millones de personas pasan hambre, mientras que 1.200 millones sufren pobreza multidimensional en más de 100 países. Son unos datos muy dolorosos.

—¿Cala el mensaje de Manos Unidas en la sociedad?
—Creemos que sí, pero es un proceso lento y que requiere un cambio de estilo de vida y consumo. Hay jóvenes que son conscientes de ello. Son muchos los proyectos lanzados por jóvenes que se basan en la economía social: Auara, Ecoalf…

—¿Cómo le gustaría ver a Manos Unidas en unos años?
—Me gustaría tener que cerrarla, pero, lamentablemente, no va a ser posible. Sigue habiendo necesidades. Querría que siga con la trayectoria actual. Me gustaría apoyar más proyectos, que vinieran más hombres. Debemos seguir adaptándonos a los cambios para seguir ayudando a los hermanos del sur y caminando con ellos. 

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