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Así es una ordenación sacerdotal

Luis Piñero Carrasco, vicario episcopal de Evangelización y delegado diocesano de Liturgia en la diócesis de Asidonia-Jerez, explica de manera más detallada de una celebración cargada de un contenido y ritos únicos.

El pasado viernes, 27 de junio, la Iglesia celebraba la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. En esta fiesta tan sumamente sacerdotal y eucarística, la basílica de san Pedro albergó la ordenación de 32 nuevos sacerdotes de tan diversos países como India, México, Nigeria o Vietnam.

Esta celebración clausuraba el Jubileo de los sacerdotes, a los que el papa León XIV, en su homilía, recordó la importancia de poner la Eucaristía en el centro de su vida y ministerio, el abandono a la oración y el cuidado del Pueblo de Dios con caridad y, por último, configurar el corazón cada día más al Corazón de Cristo. Terminó con unas palabras de aliento: «La santidad reside en la sencillez y el servicio oculto».

En España, algunas diócesis también celebraron ese fin de semana sus ordenaciones sacerdotales, en el marco de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, como en Valencia o Jerez. 

ECCLESIA ha charlado con Luis Piñero Carrasco. Es vicario episcopal de Evangelización y delegado diocesano de Liturgia en la diócesis de Asidonia-Jerez. Nos ha explicado de manera más detallada esta celebración que está cargada de un contenido y ritos únicos.

¿Por qué muchas diócesis celebran las ordenaciones en torno al día de San Pedro y San Pablo? 
—Tiene un sentido práctico, porque es el final de curso, el fin de una etapa. Los candidatos han terminado los estudios, las clases. Pero, sobre todo, tiene un sentido religioso, pues se celebran en torno a la fiesta de estos dos grandes apóstoles, columnas de la Iglesia y la fe. En la diócesis de Jerez se celebran el sábado más cercano a esta fiesta.  

En estas celebraciones se llama al candidato por su nombre. ¿Por qué?
—El Señor nos llama a cada uno por nuestro nombre. Es una llamada personal. En la Sagrada Escritura hay muchos ejemplos de llamada. Ante esta, el candidato tiene que responder, porque es necesaria esa libertad. Este, cuando se le llama por su nombre responde: aquí estoy o presente. 

¿Qué son las promesas sacerdotales y en qué consisten?
—Es un compromiso público y, en este caso, se comprometen los diáconos y sacerdotes a aceptar el celibato por el Reino de los Cielos, un compromiso de por vida. Otro de los compromisos es la obediencia, con un gesto muy significativo, poniendo sus manos entre las manos del obispo, como una forma suave de acoger esa obediencia, de ponerse en las manos del obispo. 

Hay un momento que tiene un gran impacto visual, en el que los candidatos se postran mientras se canta la letanía de los santos. ¿Qué significa? 
—La postración del cuerpo y el rostro en la tierra es signo de una entrega absoluta, un gesto de humildad. Es el mismo gesto que repetirán estos sacerdotes el Viernes Santo. En ese momento se pide la protección y la intercesión a la Virgen María y a los santos, para que cuiden y guíen cada vocación.

—¿Cómo continúa la ceremonia? 
—El obispo, orando en silencio, impone las manos a los candidatos. Este gesto lo repetirán también los presbíteros asistentes. Más adelante, el obispo realiza la oración consagratoria, el momento culmen de la ordenación, en la que pide al Señor todos los dones propios para la vida presbiteral y el desempeño del ministerio —de ahí las variaciones en la oración entre diácono, presbítero y obispo, ya que para cada uno la Iglesia pide una cosa diferente—.

Una vez terminada esta oración, los candidatos ya son sacerdotes, pero aún quedan varios ritos. Es llamativa la crismación de las manos…
—Primeramente, el nuevo presbítero se viste con la estola al modo presbiteral —ya no la llevará más cruzada sobre el pecho, sino que irá recta— y la casulla. Después, acercándose de nuevo al obispo, este unge sus manos, lo que implica una particular participación en el misterio de Cristo, para recordarle su unión con Cristo. Este crisma fue bendecido el Martes Santo en la misma catedral, en la Misa Crismal. 

A continuación se les entrega el pan y el vino, el cáliz y la patena para que celebren la Eucaristía y que le recuerda el seguimiento de Cristo crucificado.

El rito termina con el beso de la paz, que primeramente da el obispo, y, a continuación, todo el colegio de los presbíteros, para acoger al nuevo sacerdote dentro del orden.

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