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Sor Teresa de Jesús Cadarso: «Se puede vivir la mística en medio del mundo»

La joven monja dominica del Real Monasterio de Santo Domingo de Guzmán en Caleruega acaba de publicar ¡Yo quiero! Pasión de Santa Catalina de Siena (San Pablo)

Cuando uno piensa en los doctores de la Iglesia, es inevitable que vengan a la mente figuras como santo Tomás de Aquino o san Agustín. De los 36 que reconoce la Iglesia Católica, solo cuatro son mujeres. Y de esas cuatro mujeres, solo una vivió su fe y su misión en medio del mundo como laica: Santa Catalina de Siena. Una figura que se revela como una presencia fascinante y a veces olvidada.

De ella, precisamente, habla sor Teresa de Jesús Cadarso Mateos, joven monja dominica del Real Monasterio de Santo Domingo de Guzmán en Caleruega, en su reciente libro ¡Yo quiero! Pasión de Santa Catalina de Siena (San Pablo). Sor Teresa, cuya formación y vocación están marcadas por la espiritualidad dominicana, compagina la contemplación con la escritura y la difusión de esta riqueza espiritual. Además, colabora regularmente en el blog La Llama, desde donde comparte reflexiones que iluminan la tradición dominicana y su vigencia hoy.

El libro empieza con una frase de Rahner: «El cristiano del siglo XXI será místico o no será». ¿Cree que somos místicos? ¿O es una asignatura que tenemos pendiente? Porque pareciera que el mundo no está hecho para ser místicos.
—Es muy difícil, sí. Porque no hay silencio. Entonces, empezando por ahí, estamos aturdidos de signos, de reclamos, de ruidos, de todo. Pero yo creo que la santidad que hay en la Iglesia y que existe es porque hay mística. Eso está clarísimo. Creo que, en ese sentido, sí que se está empezando a retomar la conciencia de que debemos volver a la mística.


—A mí por lo menos me da la sensación de que tendemos un poco en la Iglesia a separar mística de misión. Y realmente Santa Catalina es un gran ejemplo de que son inseparables, que no existe la una sin la otra, ¿no?

—Es justo lo que le pasa a ella. Normalmente, pensamos que lo primero es la misión y luego la mística, ¿no?  Como que nos damos al otro y ahí encontramos a Dios. Que es verdad. Pero en santa Catalina es Dios el que le saca de su mundo y le lleva a darse a los demás. Es inseparable. Cuanto más unidos a Dios, más entregados a los demás.


—¿Qué cree que enseña su testimonio sobre la presencia ahora actual en la misión de la mujer en la Iglesia? Porque en el siglo XIV, que ahora es una cosa muy lejana, ella no tiene ningún problema en enfrentarse, por así decirlo, a las autoridades eclesiales, ni al mismo Papa.

—Yo creo que es un ejemplo de cómo el amor es creativo. Ella se busca formas de llevar a cabo su misión, se las inventa. O es Dios el que se las pone en el corazón, pero es original completamente. Porque el papel de la mujer en el siglo XIV no era el que tenía Catalina. Y en lugar de empeñarse en cambiar la institución, ella simplemente es fiel, obediente a lo que el Espíritu le dice. Y abre camino. Yo creo que esa es la originalidad de los santos: abren camino cuando no está establecido. Lo establecido, respecto al papel de la mujer,  era un nivel muchísimo inferior.  Y ella lo rompe, pero su intención no es romperlo, sino que lo rompe por algo mucho más importante.

Santa Catalina tenía todas las papeletas para ser monja y, aun así, opta por vivir su fe como laica, en medio del mundo. ¿Qué tiene eso que decirnos a los laicos?
—Es un testimonio de la radicalidad en medio del mundo. Ser laico no es ser cristiano de segundo grado. Y Catalina lo demuestra. Se puede vivir la mística en medio del mundo. Y se puede dar la vida, que es a lo que estamos llamados todos, en medio del mundo, sin retirarse a un convento. Por eso empecé a escribir el libro y por eso está dedicado a los laicos. Yo creo que es fundamental y cada vez se va teniendo más conciencia.


—Usted vive una vida muy distinta a la que vivió Catalina. Pero me da la sensación, leyéndole, que no son tan distintas. Su objetivo es el mismo

—Sí, claro. Vivimos la misma espiritualidad. El amor a la verdad, la pasión, la salvación de las almas. Para mí ha supuesto un recordatorio de cuál es mi misión, porque era una mujer que se desgastó por los demás. Y es verdad que leer a Catalina me ha ayudado a reconocer aspectos que yo diría que no tenía nada en común con ella y, sin embargo, he descubierto que estaban ahí. Resulta que soy más pasional de lo que me creía, que yo me creía muy racional.

—¿Cree que se sintió sola?
—Creo que debía sentirse muy sola y con una duda permanente: «¿Estaré haciendo lo correcto, lo que tengo que hacer?» Porque es un camino original. Es muy fácil cumplir normas, porque las normas te tranquilizan. Quedarte establecido en lo que está hecho ya y encajar por ahí, eso tranquiliza. En cambio, cuando Dios tiene un plan original, siempre tienes esa duda. Dios siempre tiene planes originales porque ninguno es repetido. Y es lo que intento decir en el libro, que, al final, su mayor lucha es: «¿Habrá sido una búsqueda de mí misma todo esto?» Y eso es una soledad muy grande porque nadie le puede contestar.


—¿Es la vida contemplativa solitaria de alguna manera? Más en su caso, que es joven y vive una realidad más bien envejecida, sobre todo, en España. ¿Allí hay algún tipo de soledad?

—Bueno, sí. Yo creo que hay una soledad. Por ejemplo, en cuanto al salto generacional que hay en los conventos, que es evidente y lleva a sus desafíos. Pero luego, por otro lado, pienso que no es mayor soledad que la de cualquier otra persona. El ser humano tiene una soledad intrínseca. Al final estamos delante de Dios y solo Dios conoce nuestra realidad. Si hablamos de esa soledad, yo creo que no es mayor. Si hablamos de una soledad de silencio, de conversaciones, menos encuentros… sí, nuestra vida conlleva menos distracciones.


—En los agradecimientos del libro cuenta que estaba enferma cuando empezó a escribirlo y Catalina es una persona que siempre tuvo problemas de salud. ¿Ha habido ahí un vínculo? ¿Ha podido entenderla mejor en ese aspecto de su vida?

—Yo creo que me ha ayudado ella a mí. Porque, al final, como vive esa unión con Dios en todo, ya no hay separación. No es que Dios está en el cielo y cuando te viene la enfermedad o te viene la cruz hay que tolerarlo y hay que pasarlo. Ella se une tanto con Cristo que no rechaza el sufrimiento. Pero no porque sea masoquista, sino porque entiende que en el sufrimiento está Cristo, y que ahí se puede unir con Él. Entonces yo, en otra medida, mucho más discreta y mucho más sencilla, pero sí que me he creído eso. Lo que dice Catalina es que Dios está en ti siempre y en cualquier circunstancia, así que se trata de vivir esa presencia en cualquier circunstancia y eso es real. Puede estar en una cama de hospital y puede estar en una fiesta. Es habitar la celda del conocimiento que dice Santa Catalina.


—¿Qué tiene que decirnos a la Iglesia del siglo XXI una mujer iletrada del siglo XIV?

—Sobre todo el deseo de ser santos. No conformarse con menos, con las mediocridades, las incoherencias… Sino radicar, apasionarse, dar la vida. Y la libertad. Es decir, Dios nos ha hecho únicos, cada uno tiene un camino personal y todo es gracia. Es una mujer muy penitente, muy austera y al mismo tiempo, ella no impone la penitencia a nadie. Porque no es ganarse el cielo, el cielo nos lo ha dado Cristo. Es disfrutarlo, es vivirlo, es creerlo, pero no ganárselo. Creo que tiene muchísimo que decirnos.

¿Y qué le ha enseñado Catalina de Dios que no le hayan enseñado otros santos? ¿Qué faceta de Dios ha descubierto en ella?
—Bueno, no sé si desconocida, pero voy a decir que no había caído en ella. O sea, que me ha cambiado a mí, personalmente. Yo pensaba, o tenía establecido, que lo contrario del amor era el odio. Lo contrario del amor para Catalina es el temor, es el miedo, es lo que nos paraliza. Y es lo que más destroza a la Iglesia en la época de Catalina y en la nuestra. Y en mi propia vida. A mí lo que más me ha alejado de Dios ha sido el miedo. Así que me ha enseñado que vale la pena equivocarse, pero no encerrarse. Es mejor estar equivocados, hacer las cosas imperfectas, que te critiquen… que, por miedo a eso, paralizarse. Porque al final vives una vida sin pasión.

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