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Catalina de Siena: la santa que nos dio armas contra el mal

La erudición de esta mujer es trascendida y con mucho por la humildad, el servicio y la obediencia

Cabría esperar de la santa protectora de las artes un afán pleno en el estudio, en los gozos de las lecturas y la dulzura de las meditaciones. Sin embargo, en la vida de santa Catalina de Bolonia —1413-1463— la erudición es trascendida y con mucho por la humildad, el servicio y la obediencia. Cultivó el trivium y el quadrivium y, en lugar de dedicar su obra a la suma de las siete artes liberales, legó un tratado sobre Las siete armas espirituales. Benedicto XVI la retrató en una de sus catequesis de 2010: «Mujer de vasta cultura, pero muy humilde; dedicada a la oración, aunque siempre dispuesta a servir; generosa en el sacrificio, pero llena de alegría a la hora de aceptar con Cristo la cruz».

Iniciada en la fe por su madre, a los catorce años deja los placeres de la corte y se consagra a Dios junto a otras nobles que hacían vida en común. Ya entonces, explica el Papa, hay «una nota que la distingue de modo absolutamente claro: su espíritu constantemente dirigido a las cosas del cielo». Como ella misma reconoce, «iluminada por la gracia divina (…) con recta conciencia y gran fervor», irá gustando notables progresos espirituales y padeciendo grandes pruebas, terribles sufrimientos interiores y tentaciones desafiantes como la desesperación, la incredulidad o la sensualidad. Pero, agraciada desde temprano con el don del discernimiento y guiada por visiones de gran misticismo, logrará caminar de la mano de Cristo.

Elige vincularse a la regla de santa Clara de Asís sobre la agustina. En aquel tiempo, y tras una confesión con un fraile, tuvo una experiencia muy fuerte de la misericordia divina que habría de marcarla para siempre. En el convento, destaca por el amor y la presteza con que se entrega a los servicios más humildes, pues ve en la desobediencia el orgullo espiritual capaz de destruir cualquier virtud.

Por obediencia acepta el cargo de maestra de novicias, primero; el servicio de locutorio, más tarde; y por último, el de abadesa. Como superiora, es la primera en oración y entrega. «No quiere ser alguien o algo, no quiere sobresalir, no quiere gobernar», explica Benedicto XVI. «Quiere servir, hacer la voluntad de Dios. Catalina era creíble en la autoridad, porque se podía ver que para ella la autoridad era exactamente servir a los demás», agrega.

Al llegar el tormento y la enfermedad mortal, exhorta a sus hermanas a la vida evangélica, a la paciencia y a la constancia en las pruebas, al amor fraterno. Recibe los últimos sacramentos tras meses de sufrimiento inagotable, entrega a su confesor el manuscrito de Las siete armas espirituales y expira dulcemente, pronunciando tres veces el nombre de Jesús. Sus armas son 1. Tener cuidado y solicitud en obrar siempre el bien. 2. Creer que solos nunca podremos hacer algo verdaderamente bueno. 3. Confiar en Dios y, por amor a Él, no temer la batalla contra el mal, tampoco la interior. 4. Meditar a menudo la vida de Jesús. 5. Recordar que debemos morir. 6. Fijar la mente en los bienes del Paraíso. 7. Familiarizarnos con la Sagrada Escritura, para que oriente nuestros pensamientos y actos.

Canonizada en 1712 por Clemente XI, su cuerpo incorrupto se conserva en la capilla del monasterio del Corpus Domini de Bolonia. Su vida nos invita a dejarnos guiar siempre por Dios, tomando fuerte su mano en las oscuridades de la fe y todos los combates. 

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