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IX. De esperas y esperanzas

Igual hay a quien San Pedro le parece ostentoso. Lo único que yo puedo pensar cuando entro es en lo bonita que es la Iglesia. No esta en concreto (que también) sino la Iglesia con mayúscula. Cientos y cientos de personas se agolpan tratando de buscar la sombra en la cola, y cuando por fin consiguen entrar en la Basílica, pareciera como si el mundo se detuviese. Es grandiosa, eterna. Y todo en su interior es enorme. Recordándonos lo pequeños que somos, haciendo memoria y manteniendo el legado de quienes nos han traído hasta aquí. Que caminamos a hombros de gigantes.

Cuando cruzamos la Puerta Santa debe haber a nuestro alrededor por lo menos 40 nacionalidades distintas, a juzgar por las banderas que cada uno lleva. Pero todos estamos aquí por lo mismo. Y eso es precioso.

Hacemos la que es, hasta el momento, la cola más larga de la peregrinación. Poco más de dos horas y media para conseguir nuestros Testimoniums. Y aunque pudiera parecer que es el peor momento del viaje, nada más lejos de la realidad. Porque encontramos en la sencillez y el aburrimiento la risa y la alegría. Porque estamos en Roma. Porque, después de todo, hemos conseguido llegar hasta donde estamos. Y porque la compañía es la que es. Y no podría pedir nada mejor.

San Pablo me sorprende al entrar porque no es para nada lo que me esperaba desde fuera. Los peregrinos se agolpan en el claustro, a la sombra de los árboles y las columnas. Y aún siendo la hora que es (serán como las 17) y el calor que hace, el ambiente es más bien festivo.

Dentro nos espera nuestra cuarta Puerta Santa y un grupo de brasileños que celebran la alegría de reunirse. Hay ruido. Mucho. Puede que demasiado.

Eso no impide que me confiese. Nunca me había gustado demasiado el sacramento, hasta que descubrí lo realmente sanador que puede ser. Así que lo suelto todo. Lo que pesa, lo que duele, lo que a veces cuesta llevar a las espaldas. Y a cambio recibo palabras preciosas, de esas que se graban en la memoria y se guardan en el corazón. Un abrazo, una caricia. Y la bulla de los brasileños.

Una librería en el Trastevere, una parada a orillas del Tiber y una sonrisa sincera.

¿Qué tendrá el arrodillarse ante un trozo de pan que emociona tanto? ¿Cómo es posible que enmudezca todo el mundo ante su sola presencia? ¿Por qué es capaz de llenar el corazón de esta forma?

Todos de rodillas. De decenas de países distintos. Todos de rodillas. Desde los más jóvenes a los más mayores. Todos de rodillas. Cansados, doloridos. Todos de rodillas.

Y una lágrima que cae. No de tristeza necesariamente. Puede que algo sí. Más bien de la emoción del momento, de los sentimientos acumulados de los últimos días, del saberse en los brazos de quien te ama con locura.

Con la certeza de que lo que venga, estará bien.

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