Siria, Burkina Faso, Mozambique, Nigeria, República Democrática del Congo, Gaza… Estos son solo algunos de los lugares en los que los cristianos han sufrido violencia, con notables pérdidas de vidas humanas, en los últimos dos meses. Es solo el reflejo de la persecución que afecta a los seguidores de Cristo, de todas las confesiones, por todo el mundo. 380 millones la sufren, recogen los últimos informes.
Según Ayuda a la Iglesia Necesitada, esta situación no solo no ha mejorado, sino que ha ido a peor en los últimos años ante la indiferencia mediática y política en occidente. Resulta significativo el poco eco que tienen los gravísimos ataques que sufre la comunidad cristiana por todo el mundo. Nadie parece querer ver una realidad que, por ejemplo, está vaciando de cristianos, desde hace muchos años, algunas regiones de Oriente Medio. El propio León XIV, en los primeros días de su pontificado, proclamó que a los cristianos se les debe dar la oportunidad de permanecer en sus tierras con todos los derechos para una existencia segura.
En este sentido, los católicos no debemos olvidar que nuestra Iglesia es universal y que invocar al Padre nuestro nos hace hermanos de todos. Y entre todos, tenemos una responsabilidad con los que más sufren, en este caso, con los perseguidos. Por eso, cabe esperar de nosotros que les acompañemos con la oración, que es fundamental; con nuestras aportaciones económicas; pero también visibilizando su situación, informándonos y formándonos.
Estos hermanos nuestros, que profesan la fe en medio de la cruz, son un tesoro para la Iglesia. Como dice Benedicto XVI, en las persecuciones la comunidad «no solo no se atemoriza y no se divide, sino que se mantiene unida en la oración para invocar al Señor». «Este, diría, es el primer prodigio que se realiza cuando los creyentes son puestos a prueba a causa de su fe: la unidad se consolida, en vez de romperse, porque está sostenida por una oración inquebrantable», añade.
Esta afirmación se corrobora en los testimonios de aquellos que sufren. Como el sacerdote burkinés Jean Boniface Somda, cuyo testimonio puedes leer en esta revista, que se pregunta con total naturalidad: «¿Vas a abandonar tu fe por un hombre armado? ¿No es Dios quien me ha dado la vida?».
Estos cristianos que profesan con fe y valentía, sin miedo, nos animan a hacer lo mismo a nosotros en nuestros entornos, en los que no tenemos que enfrentarnos a ningún riesgo físico ni se pone en peligro nuestra vida. Como mucho, nos podemos jugar algo de reputación o, en otros casos, la indiferencia. Nos recuerdan también que la fe tiene que ser probada y que de la prueba brotan frutos.
Pero, además, los cristianos que sufren persecución suelen encontrarse en lugares donde la paz suele ser frágil y las condiciones de vida duras, por lo que su presencia es también signo de esperanza en medio de la población, de que el mal no tiene la única palabra. Y lo es porque esta comunidad es la única capaz de romper con la espiral de violencia y no responder al mal con mal, cortando de raíz un bucle que, de otra manera, sería infinito.







