Todos los septiembres tienen algo de eneros y de año nuevo. Eso de la vuelta al cole, de retomar y recomenzar tras el verano puede tener un poco —o un mucho…— de pereza, por aquello de que en vacaciones se vive mejor, a qué dudarlo, pero no estamos las personas hechas para un absoluto dolce far niente. La ociosidad y el descanso están bien… para un rato.
Si nuestra vida fuese solo eso, nos perderíamos la pasión de hacer, proyectar, desarrollarse, del ajetreo y el trajín de la vida, la emoción del compartir y colaborar, del dejar de uno y abrirse a los otros, del sacar adelante planes, sueños, nos perderíamos el llenarse de vida, ideas, emociones, aun a pesar del cansancio y los problemas que trae todo eso, ¡pero eso es vivir!
Septiembre así es una magnífica nueva oportunidad para recomenzar, eso tan evangélico de que siempre se puede volver a empezar. Septiembre se abre con las posibilidades de los sueños y los proyectos, de reencender nuestros deseos y nuestras entregas, de recomenzar las tareas y de volver a dar un sí a nuestros compromisos.
Ya tiene bastante septiembre de caras largas, demasiadas frases hechas de aburrimiento y síndrome posvacacional. Septiembre necesita un decirnos y decir a los otros que se puede recomenzar, que tiene sentido, que merece todos los cansancios que vengan. Y que la Navidad no está tan lejos.







