Las revoluciones anteriores se han dado en el orden social, político, económico, moral. Hoy, sin embargo, estamos inmersos en una revolución distinta: persistente, incruenta y omnipresente en la cultura, en la enseñanza, en los medios de comunicación. La modernidad se caracterizó por colocar en el centro de todo al ser humano y sobre esa base elaborar sus propuestas morales, sociales, políticas… Porque, preguntándonos qué es el hombre, podremos hallar la respuesta acerca de cómo podemos vivir, cómo debemos comportarnos, incluso si cabe la suerte de ser felices y si, tras la muerte, hay una pervivencia de algún tipo. Este proceso humanista desembocó en la Declaración Universal de Derechos Humanos y avanzó por el proceso de secularización hasta desembocar en el estado laico.
Esta nueva revolución, que podemos llamar antropológica, pretende hacer un cambio en el concepto mismo de hombre, reduciéndolo a alguno de sus elementos constitutivos —su carácter de ser vivo, su condición animal, su capacidad de razonamiento lógico…—. Se trataría, en última instancia, de destruir el concepto de hombre que tiene una larga tradición cultural y religiosa. Porque no se puede reducir al ser humano a una sola de sus facetas. Somos entendimiento, carne, voluntad, emociones, espíritu. Todo, a la vez.
Hoy se discuten cosas radicalmente nuevas, aunque tengan sus antecedentes. Y de consecuencias serias: se cambian costumbres, legislaciones, y, a veces, los cambios afectan no a opiniones o hipótesis, sino a normas de obligado cumplimiento. Nos situamos en un nuevo paradigma que parece renegar del ser humano dotado de libertad y razón y poseedor de una dignidad inalienable.
El transhumanismo se niega a aceptar las limitaciones tradicionales, como la muerte, el sufrimiento y otras debilidades biológicas y presenta al hombre como una máquina de pensar sumamente compleja, que puede ser sustituida en un futuro por la inteligencia artificial, por la realidad virtual.
Pretende superar al ser humano y suplantarlo por otra entidad creada por el humano actual. Aquí podemos encajar el metaverso, una realidad virtual que sustituye a la real o las ficciones futuristas de Blade Runner, en la que hombres y androides conviven casi en pie de igualdad en una utopía robótica que ya no parece tan lejana. El poshumanismo da un paso más tratando de reducir la persona a su condición biológica, animal, y la concibe como un ser movido por sus instintos. Esta corriente de pensamiento alberga en su seno la ideología de género, los nuevos modelos de familia, el animalismo y el especismo.
El pobre ser humano se encuentra desorientado. Por debajo queda el sistema biológico, regido por las leyes ciegas de la naturaleza, sin otra guía que una voluntad confundida con el deseo. Por encima, la sofisticada creación técnica del propio hombre, que puede sustituir a lo que creíamos que era la maravillosa mente humana. Javier Aranguren en su libro ¿Qué es ser un ser humano? (Rialp) nos habla de integración: somos animales, pero no somos como los animales. Nuestro mundo es inmenso y el de los animales es muy limitado. Somos naturaleza, pero también cultura: somos olores, genética y, a la vez, gastronomía. Aspiramos a la trascendencia, pero nuestro día a día es de una inmanencia palmaria. Somos historia. Somos memoria. Somos futuro.
Frente a las antropologías que nos deshumanizan, en el ámbito de la fe cristiana se propone la antropología del encuentro con los demás y con Dios. En ella se pone de manifiesto el carácter «referencial» del ser humano, destacado por pensadores cristianos como Laín Entralgo, Xavier Zubiri y Julián Marías. El hombre es un ser con el otro, desde el otro y para el otro. Para la antropología cristiana, Cristo representa el «hombre perfecto», desde el que se parte y hacia el que se tiende.
Una antropología humanista aborda las distintas dimensiones de lo humano: su dignidad personal, su racionalidad, los procesos de socialización, los problemas actuales de la cultura, las bases humanistas de la comunicación, la dimensión humana del emprendimiento, la creatividad y el anhelo de sentido. Pero el humanismo sin Dios se vuelve contra el hombre que lo profesa e ignora a sus semejantes. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. «Muchos de nuestros desajustes económicos y políticos tienen que ver con la gran confusión antropológica que vivimos, con la gran deconstrucción de la antropología que no ocurre por casualidad, sino porque intereses económicos y políticos necesitan una determinada comprensión de lo humano que lo reduce a lo individual, la libertad como autodeterminación, pequeñito poder que hace el juego al poder, con p mayúscula» (Mons. Luis Argüello).







