«Al escuchar sus homilías en las celebraciones públicas, me fui sintiendo cada vez más fascinado, porque expresaban una síntesis armoniosa, extraordinaria y muy refinada de pensamiento y espiritualidad»
Si a Benedicto XVI se le hubiera pedido permiso para publicar un libro basado en las grabaciones de unas 140 homilías que había pronunciado en celebraciones privadas en los últimos años, es probable que respondiera que no. Son textos que no había escrito ni revisado con el cuidado habitual que dedicaba a los que llevaban su firma, y en los que rara vez se encontraba algo que no hubiera dicho ya de alguna manera. En su humildad, no los habría considerado necesarios. Pero ahora que él mira las cosas desde arriba, nos hemos permitido publicarlos, haciendo, por supuesto, todo lo posible por serle fieles. Estas homilías, recogidas en la obra El Señor nos lleva de la mano, nos dicen muchas cosas.
Joseph Ratzinger pronunció miles de homilías, como sacerdote, como obispo, como Papa, incluso después de su renuncia, ante oyentes y en lugares diferentes. Tenía muy en cuenta las circunstancias, pero la línea que las guía, desde la escucha de la Escritura y la tradición de la Iglesia hasta la vida cristiana, es estable y coherente. Se reconoce muy bien en este pequeño grupo de textos. Es más, quizá se capta especialmente bien aquí, cuando el «ruido» de los acontecimientos y del contexto externo se reduce casi a nada o solo se oye un eco lejano.
El hecho de que el papa Benedicto siempre quisiera pronunciar la homilía dominical, aunque los participantes en la Eucaristía fueran muy pocos, expresa muy bien su visión del servicio sacerdotal, que ha sido el centro de toda su vida. El celebrante no puede eximirse de anunciar la Palabra de Dios para que resuene en la vida de los fieles que se unen al sacrificio de Jesús, de modo que la Palabra y la Eucaristía generen juntas el fruto de la vida cristiana. El número de oyentes es secundario. El celebrante «debe» preparar la homilía en la meditación, se lo debe tanto a sí mismo como al pueblo, que se siente atraído por su sincera escucha de la Palabra, para vivir su propia escucha y traducirla en vida.
En general, Ratzinger-Benedicto es reconocido como un gran teólogo, un hombre de vasta cultura. Se han leído sus escritos teológicos, algunos de los cuales han sido también bestsellers, como el famoso Introducción al cristianismo. También sus documentos magisteriales papales. A menudo, se le ha considerado un gran profesor, más para leer que para escuchar, porque, en comparación con él, Juan Pablo II y Francisco establecían una relación más envolvente de empatía y diálogo con las multitudes. Pero debo decir que, al escuchar sus homilías en las celebraciones públicas, me fui sintiendo cada vez más fascinado, porque expresaban una síntesis armoniosa, extraordinaria y muy refinada de pensamiento y espiritualidad. No tenían la estructura de un diálogo con los oyentes, sino más bien la de una guía en un itinerario que nos lleva al corazón del misterio de Dios, de Jesucristo y de su salvación, y así nos involucra, no provocándonos desde fuera, sino transformándonos desde dentro. Homilías que nos llevan muy profundo y muy alto. Más de una vez las he considerado sublimes. Me di cuenta de que la vocación de Ratzinger había sido desde el principio, inseparablemente, al sacerdocio y a la teología. Fue siempre a la vez predicador y teólogo, y no se le puede entender sin captar la unidad de estas dos dimensiones.
Ratzinger consideraba al núcleo de los presentes en las celebraciones privadas de los últimos años como «su familia». Los miembros de la familia amada, aunque pocos, son aquellos con quienes se comparten las dimensiones más profundas de la vida, que no pueden quedar al margen. Quizás con ellos, uno se siente más libre para comunicar lo que es íntimo. Me atrevería a decir que la escucha atenta de estas homilías nos permite participar, en un clima de intensa comunión espiritual, en la última etapa del largo itinerario de Ratzinger como predicador, hasta mayo de 2017, es decir, hasta cuando el aliento de su voz era comprensible. Estas homilías cobran mayor significado, precisamente, por ser «las últimas».
Llegan al corazón de su relación y la nuestra con Dios a través del amor de Jesús. Todas concluyen con una oración sencilla —suya y nuestra a la vez, verdadera y esencial— dirigida al Tú divino. Así, Benedicto permanece con nosotros como testigo y apoyo de nuestra fe.
Federico Lombardi, presidente de la Fundación vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XV, firma la Introducción de la obra El Señor nos lleva de la mano (Encuentro).






