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Jesús Fernández, obispo de Córdoba: «El amor de Dios ha movido a muchas personas a estar cerca de las víctimas del accidente en Adamuz»

El pastor estuvo muy pendiente de las víctimas y sus familiares desde el primer momento. Reconoce que la respuesta de la Iglesia a esta tragedia ha sido ejemplar. Este domingo, 25 de enero, presidirá un funeral por las víctimas en Adamuz

Desde el primer momento, la Iglesia se ha volcado con todos los afectados por el tráfico accidente ferroviario del domingo en Adamuz (Córdoba). La parroquia y luego la diócesis, con el obispo al frente, fueron la cara visible de una presencia que es capilar y que continuará cuando los focos mediáticos se apaguen. Tras días intensos, el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, comparte con ECCLESIA lo vivido y la reacción de la Iglesia. Fernández presidirá un funeral por todas las víctimas este domingo, 25 de enero, en Adamuz. La Eucaristía tendrá lugar en las instalaciones municipales que sirvieron de punto de atención a los heridos. Estará presente la patrona de la localidad, Nuestra Madre del Sol.

—¿Cómo ha vivido usted personalmente esta tragedia?
—Uno pasa por distintas fases. Volvía de una visita pastoral cuando me enteré. Sentí preocupación y tristeza, pero no era consciente de la magnitud de la tragedia. Después, al ver las noticias que iban saliendo y hablar con el párroco, la preocupación crece y el dolor aumenta. Nosotros tratamos de movilizarnos desde el primer momento para atender a las víctimas. Es cierto que estas situaciones desbordan y no sabes muy bien cómo actuar, pero quisimos darlo todo. También me surgió rápidamente la necesidad de rezar por los fallecidos, para que descasen en paz; por los heridos, para que se recuperen; y por las familias, para que encuentren consuelo. Al día siguiente, a primera hora, visité Adamuz y para seguir con ese acompañamiento.

—La Iglesia siempre está…
—Desde el primer momento se abrió la iglesia y los locales parroquiales, se buscaron alimentos y distintos recursos para paliar el frío. El párroco de Aldamuz se movilizó rápidamente, pero también lo hicieron sacerdotes de otras zonas. Ahora ofrecemos atención tanto en el hospital como en el centro cívico habilitado para las familias en Córdoba. A esto hay que añadir las muestras de cariño y solidaridad que han llegado de toda España, a través de los obispos, que enviaron mensajes y rezaron por los que han padecido este accidente.

La respuesta de la Iglesia ha sido ejemplar. La parroquia es la entidad más cercana al pueblo de Dios y cuando hay una pregunta, un problema o una dificultad, allí está.

—Desde la perspectiva de un cristiano, ¿qué podemos decir ahora a las familias de las víctimas?
—Podemos ofrecer una palabra de consuelo y esperanza basada en que Jesucristo murió en la cruz por nosotros, sufrió la mayor injusticia, el dolor más agudo y terrible. No solo físico, sino moral y espiritual. Pero ha resucitado y, como ha resucitado, no abandona a las personas que están sufriendo ahora mismo.

Y, por otra parte, mostrar que el amor de Dios ha ido moviendo y caldeando el corazón de tantas personas que han estado cerca de los heridos y de las familias. Dios no estuvo ausente, Dios estaba allí y se ha hecho carne en esas personas. Hay esperanza, porque hay comunión de los santos, hay oración compartida y, desde la fraternidad, sentimos que la vida no termina.

—Usted ha estado en Aldamuz, en el hospital… ¿Qué es lo que más le ha conmovido?
—Las situaciones familiares. Sabemos de una niña de cinco años que se ha quedado sola. Yo mismo estuve con otra familia de cinco personas: habían sobrevivido todos menos la abuela. En el diálogo con los familiares hablamos de ella, de que ea una persona buena, que ayudaba a Cáritas, muy cercana a la Iglesia. En estos momentos fluyen más las preguntas que las repuestas y, sobre todo, los gestos: las manos entrelazadas o un abrazo. Esto es lo que he vivido estos días.

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