Comienza el Jubileo de san Juan de la Cruz y conviene, antes de solemnizarlo demasiado, devolverlo a su estatura real. Santa Teresa lo llamó cariñosamente «frailecico menudo» o «medio fraile»: menudo de cuerpo, sí, pero descomunal de alma, porque pocas veces figura tan frágil ha sostenido obra tan alta. Juan de la Cruz fue religioso, místico, padre espiritual, reformador, pero, ante todo, poeta. Con Teresa empujó la reforma del Carmelo hacia una desnudez radical que no buscaba más que la verdad, y de aquel encuentro entre ambos en Medina del Campo, hacia 1568, surge una de las relaciones literarias más fecundas e interesantes que han conocido nuestras letras.
Que los dos son cumbre de la literatura mística del xvi —o de la literatura en general— es, a fuerza de repetirse, lugar común entre críticos y lectores, pero no es lo mismo soltarlo a la ligera que comprobarlo texto en mano, ampliando el zoom sobre el detalle del verso, ahí donde se condensan en apenas siete palabras la hondísima experiencia espiritual de toda una vida. Buen momento es este para volver sobre la poesía de san Juan, como la glosa que se lanzó con la de Ávila, a modo de divertimento lúdico-conceptual, de aquel viejo motivo medieval «Vivo sin vivir en mí» y donde cada verso canta la comunión espiritual que los unió. También las líricas de «¡Oh, llama de amor viva!», «Sin arrimo y con arrimo», «Adonde te escondiste, amado» o «Por toda la hermosura» encuentran, sobre el lienzo del Cantar de los Cantares, sus ecos en la poesía de santa Teresa.
Léanse con ojos nuevos, siquiera sea con la excusa del año jubilar. Búsquense las conexiones, indáguese a fondo en su poesía, estúdiese con ahínco, para provecho del alma y deleite de los sentidos. Ténganse, en fin, uno y otra por lo que fueron: santos por mérito ajeno, primeras espadas de la literatura por propio. Porque la experiencia mística viene dada por la gracia, sin duda, pero hace falta talento, genialidad, oficio y dedicación para ponerla, y así de bien, en octosílabos consonantes.







