I Domingo de Cuaresma. 22 de febrero de 2026
Gen 2,7-9.3,1-7; Sal 50; Rom 5, 12-19; Mt 4, 1-11
La liturgia nos propone en este primer domingo de Cuaresma detenernos en el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. Un episodio, el recogido por Mateo, que arranca con las mismas palabras utilizadas en el momento de la crucifixión: «Si eres Hijo de Dios…».
No es casualidad que esta expresión aparezca en ambos momentos, de la misma manera que tampoco es casual que la sigamos repitiendo como una exigencia para creer en Dios. El diablo comenzaba las dos primeras tentaciones exigiendo a Jesús pruebas de su poder; al igual que lo exigían los soldados en el Calvario, como tantos hombres y mujeres de todos los tiempos pretenden marcarle el camino a Dios para confiar en él. «Si eres Hijo de Dios…» es el mismo razonamiento del «si Dios existiera…».
El demonio llega a hacer tres propuestas. La primera toca el hambre; un hambre razonable que Jesús debía haber sentido después de tantos días de ayuno. En principio, parece una petición lógica e incluso buena; solucionar la cuestión del hambre y la necesidad supone un reto y una invitación que a todos nos parece laudable. El «si Dios existiera, no debería haber hambre ni nadie debería pasar necesidad» se ha convertido en un argumento recurrente que a todos nos interpela.
Cuando el papa Benedicto XVI comentaba este texto nos invitaba a leerlo con una mirada mucho más amplia. Jesús no permanece indiferente ante el hambre ni ante la necesidad. Pero nos invita a sentirnos también nosotros interpelados e involucrados. «Dadles vosotros de comer» es la petición directa de Jesús a los suyos. La respuesta, ya lo sabemos, son excusas por la falta de medios. Aunque también está la respuesta del que pone lo poco que tiene en manos de Jesús; él realizará el resto.
Como Cristo ha rechazado la primera tentación apelando a la Sagrada Escritura, el diablo vuelve a la carga utilizando su argumento. Cuando no nos interesa la invitación que Dios nos hace, lo más fácil es rebelarnos, manipulando incluso su Palabra. Llevar las riendas de nuestra vida y adaptar el mensaje de Jesús a nuestro criterio es una tentación constante en todo cristiano que, de buenas a primeras, no parece mala propuesta. Pero no somos acogedores parciales de una propuesta, sino seguidores del Maestro; cristiano es el que sigue a Jesús y, renunciando libremente a lo suyo, es capaz de poner su vida en sus manos.
Y esto es justamente lo que el diablo intenta combatir en la tercera y última tentación: ofrecer todo el poder y el dominio de lo que, en realidad, no le pertenece. La auténtica libertad no está en optar por uno mismo, sino en poner cuanto somos en las manos de Dios. Este es el camino que la Iglesia nos invita a realizar durante este tiempo cuaresmal.








