Hace unos días, hablando con un amigo, comentábamos que el amor busca siempre ser correspondido; porque uno ama, le gustaría también ser amado. Pero hablábamos también de que el auténtico amor es aquel que se entrega sin esperar nada a cambio. En la medida en que soy capaz de que mi alegría resida, no tanto en mi propio bien, sino en el bien del otro, este amor estará dando señales de que es un amor auténtico. El mismo san Pablo nos lo recuerda en su famoso himno a la Caridad: «El amor no es ambicioso, no busca lo suyo».
Pues de este amor nos habla Jesús este domingo, a propósito de un banquete. Allí, observa que todos desean ocupar los primeros puestos y que el anfitrión había invitado solo a aquellos que podían corresponderle. Seguramente, la propia invitación a Jesús estaba envuelta en la búsqueda de algún beneficio o interés.
El maestro recuerda que no es así como debe actuar. El que hace el bien no puede hacerlo buscando una recompensa material o un reconocimiento social; si ese es el motor de su acción, su acción, aun siendo buena, pierde su valor. Nuestro refranero popular lo resume estupendamente: haz el bien sin mirar a quién, recogiendo, sin duda, el sentir de una fe y unos valores profundamente arraigados en el pensamiento colectivo.
Sin embargo, en un mundo donde todo parece medido y cada acción está calculada, da la impresión de que este planteamiento va perdiendo fuerza. Y por eso es necesario volver a recordarlo, desde la convicción de que «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35).
Cuando uno es capaz de darse sin esperar nada a cambio, crece en su interior la dicha, una mayor libertad, un deseo de entregarse todavía más, una fortaleza incombustible… El Espíritu Santo se derrama abundantemente, con todos sus dones, sobre quien acepta la invitación de Jesús.
Este verano también nos está dejando muchos testimonios de personas, jóvenes y no tan jóvenes, que han querido aprovechar estos días para dedicar algo de su tiempo al servicio de los demás. Y todos vuelven con esta convicción: en la medida en la que uno se vacía de sí mismo, se llena de algo que sí sacia, se llena del amor de Dios, el único que colma los deseos más profundos del corazón humano.








