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Arranca el proceso de canonización del padre Ayala, alma de la Asociación Católica de Propagandistas y de «apostolado fecundo»

Este acto no solo representa un trámite jurídico eclesial, sino el inicio formal del reconocimiento de la santidad de un jesuita cuya labor fue determinante para la vida pública y educativa de la España del siglo XX

El Colegio Mayor Universitario San Pablo en Madrid fue testigo, el pasado viernes, de la apertura oficial para el proceso de canonización del padre Ángel Ayala. Este acto no solo representa un trámite jurídico eclesial, sino el inicio formal del reconocimiento de la santidad de un sacerdote jesuita cuya labor fue determinante para la vida pública y educativa de la España del siglo XX.

El evento congregó a una nutrida representación de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), autoridades civiles, figuras de la Iglesia y numerosos fieles que quisieron honrar la memoria del fundador. Durante la sesión, y como no podía ser de otra manera, se puso de relieve su figura como un excepcional formador de conciencias. Alfonso Bullón de Mendoza, presidente de la ACdP, destacó la persistente fama de santidad del jesuita, definiéndolo como «hombre de Dios, educador, director espiritual y formador de generaciones de laicos comprometidos con llevar la fe a todos los rincones de la sociedad».

Nacido en Ciudad Real en el año 1867, el padre Ayala ingresó en la Compañía de Jesús en 1892 con una convicción clara: la transformación cristiana del mundo pasaba necesariamente por la formación intelectual y espiritual de los laicos. Bajo esta premisa, en 1908 reunió a un pequeño grupo de jóvenes en Madrid con la intención de discernir la voluntad divina, encuentro que terminaría germinando en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y en hitos de la presencia católica en la sociedad, como en el caso del diario El Debate o el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI).

Así las cosas, el postulador de la causa, Pablo Sánchez Garrido, subrayó que el legado de Ayala es una «aportación singular a la Iglesia, especialmente por su empeño en evangelizar en la vida pública y formar cristianos capaces de influir en la sociedad desde una fe vivida desde la valentía y una parresia evangélica para mayor gloria de Dios». Más allá de sus logros institucionales, se recordó asimismo su perfil humano: un sacerdote de profunda vida interior, autor prolífico y poseedor de una «alegría serena» que dejó huella en quienes le conocieron.

La fecha elegida para este acto coincide con el aniversario de su fallecimiento, en 1960. Tras la ceremonia, los asistentes realizaron una ofrenda floral en la capilla del colegio mayor, lugar donde reposan sus restos mortales. José Antonio Martínez Camino, arzobispo auxiliar de Madrid, quiso cerrar el acto recordando que «su apostolado ha sido ciertamente fecundo» y que, con este proceso, «la Iglesia se toma en serio la posibilidad de que el padre Ayala sea un testigo vivo del Evangelio».

Este proceso de canonización se presenta en nuestro tiempo como una invitación para que los cristianos actuales asuman su responsabilidad pública con hondura intelectual y confianza en la Providencia, siguiendo la estela de un hombre que supo ver en los laicos el motor de cambio para una sociedad más cercana a Dios.

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