Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Adrien Candiard, OP: «Amamos a los demás por su vulnerabilidad, no por su perfección»

El dominico francés charla con ECCLESIA sobre la oración, el avance de la secularización en Europa y las relaciones entre el cristianismo y el islam

El dominico francés Adrien Candiard (París, 1982) no escribe para ofrecer respuestas fáciles, sino para afinar la mirada. En su último libro, En la montaña. La aspereza y la gracia (Encuentro), lanza una propuesta tan necesaria como exigente, y a la vez profundamente humana: el Sermón de la montaña para dejarse amar por Dios. Con una prosa clara y una inteligencia poco complaciente, Candiard se adentra en la experiencia de la fe lejos de eslóganes, reivindicando el valor de la pregunta y la necesidad de una interioridad que no rehúya el conflicto. En esta entrevista con ECCLESIA, el autor —residente en Egipto— reflexiona sobre la oración, el avance de la secularización en Europa y las relaciones entre el cristianismo y el islam.

— ¿Ha sentido en algún momento que su vida se haya transformado radicalmente por su relación con Dios?
— Yo no soy un «converso», en el sentido de un cambio total repentino. Vengo de una familia postcatólica y, aunque mis padres no iban a la iglesia, me enviaron a catequesis, donde descubrí a Jesucristo. Mi descubrimiento de Dios ha sido gradual, lo cual me parece el modo más normal de ser cristiano. Se habla mucho de los conversos por ser algo interesante, pero la vida con Dios suele ser un camino progresivo.

— Y en estos casos, ¿por qué cree que el encuentro con Dios desestabiliza más que tranquilizarnos?
— El encuentro con Dios siempre nos debe cambiar, porque Dios es distinto a lo que sabemos de Él. Si no, el cristianismo sería una ideología donde repetimos frases de memoria. El cristianismo es el encuentro con una persona, Jesucristo, y eso siempre abre puertas nuevas.

— ¿Qué signos muestran que un encuentro con Dios es verdadero y no autosugestión?
— La coherencia con el Evangelio. Nuestra experiencia de Dios debe ser coherente con lo que sabemos de Él por el Nuevo Testamento; si no, probablemente sea ilusoria o falsa.

— ¿Cómo se puede explicar la libertad de Dios y la gracia a personas que querrían tener fe pero no han podido tener ese encuentro?
— Dios nos quiere libres y adultos. Jesús nos dice que nos llama amigos, no esclavos, porque nos ha enseñado el proyecto del Padre. Por tanto, la moral cristiana no trata de obedecer, sino de entender el proyecto de Dios —que es la dignidad humana— y elegirlo porque es nuestro bien, no por obligación.

— ¿Cree que se puede vivir en una «llanura permanente» sin momentos fuertes de encuentro y aún así avanzar en la fe?
— Nosotros no elegimos los momentos fuertes. El conductor de nuestra vida espiritual es el Espíritu, y Él sabe cuándo necesitamos esos momentos o cuándo necesitamos los desiertos, que también existen en la fe.

— Hablando de los desiertos y sus tebaidas: ¿cómo evitar convertir la experiencia religiosa en un refugio contra el mundo?
— El Nuevo Testamento enseña que el criterio de nuestra relación con Dios es nuestra relación con los demás. Si mantenemos este criterio, no podemos cerrarnos en mundos de algoritmos o ideologías, porque el prójimo nos obliga a cambiar constantemente. 

— Después de tantos años de vocación, ¿qué es lo que más le sorprende hoy de su vida espiritual?
— Me sorprende cómo, a través de libros pequeños con pocas cosas dentro, el Espíritu Santo alcanza a hacer cosas hermosas. Me emociona cuando los lectores me cuentan que el papel del libro en su vida espiritual es mucho más grande de lo que yo mismo puse en él. Porque escribo libros cuando, en mi labor como párroco o sacerdote, veo que las personas necesitan algo concreto. Si veo que los cristianos que conozco tienen una necesidad, trato de trabajar sobre ese tema para otros.

— ¿Cuál ha sido su motivación para escribir este libro?
— Noto que muchos cristianos no creen realmente en la gracia como un don gratuito y sin condiciones. Piensan que Dios nos ama, pero con límites, o que nosotros debemos cumplir los mandamientos antes de ser amados. En la vida cristiana, los mandamientos no son condiciones para ser amados, sino el resultado de ser amados.

— ¿Por qué nos cuesta tanto acoger el amor de Dios?
— Porque con un don gratuito no controlamos nada, y nos gusta tener el control. Nos cuesta aceptar ser amados sin mérito propio. A veces pensamos que debemos ser perfectos para ser amados, pero en realidad amamos a los demás por su vulnerabilidad, no por su perfección. Recibir el amor, aceptarlo, es mucho más complicado que amar.

— Como dominico, ¿qué papel asigna a la inteligencia en el conocimiento de Dios
— El primer deber del cristiano es usar la cabeza. Dios no quiere obediencia sin inteligencia; debemos entender sus mandamientos antes de poder seguirlos.

— En el clima de crispación actual, ¿cómo se puede anunciar la Verdad sin que uno suene autoritario?
— Siguiendo el ejemplo de Jesús, que no intentaba convencer mediante la manipulación ni con argumentos para vencer al otro. En el Evangelio no se trata de vencer ni de ser vencido, sino de enseñar y hablar del Reino de Dios. La frontera entre el amor a la verdad y la pasión de tener razón es muy sutil. Muy difícil a veces, cierto, pero muy importante. Porque si utilizo a Dios como argumento para decir que yo, como individuo, como grupo, poseo la verdad y que la verdad es mía, porque soy cristiano y tengo a Dios a mi lado, estoy muy muy lejos de la verdadera fe cristiana.

— Usted vive en Egipto, ¿qué diferencia ve en la firmeza de las creencias en este país respecto a su Francia natal y secularizada?
— La diferencia es que en Europa la secularización está muy avanzada, mientras que en Egipto es apenas el principio. En Egipto, un cristiano se parece mucho culturalmente a un musulmán en su relación con la sociedad y la religión; es más una cuestión de cultura que de religión en sí. 

— Hay quienes proponen reforzar la identidad cristiana como un «muro» frente al Islam. ¿Es esto un peligro?
— No se puede ser cristiano «contra» algo. Si convertimos el cristianismo en una pura identidad sin convicciones ni contenido de fe, es una cosa muerta. Un cristiano no se compromete en política para ayudar a su «sindicato» de cristianos, sino para ayudar a los pobres y a todos los que lo necesiten. No defendemos el cristianismo, defendemos lo que Jesucristo defendió. Si nuestra esperanza como cristianos es el triunfo de la Iglesia o el triunfo del cristianismo en el mundo, no somos realmente cristianos. Porque Jesús nunca prometió este triunfo.

— ¿Qué errores cometemos en Europa al afrontar la convivencia con el Islam?
— Tenemos miedo a hablar de religión para evitar conflictos, pero deberíamos hacer lo contrario: aprender a hablar juntos de Dios. Nuestro deber es crear, construir juntos una gramática para dialogar, para hablar sobre las condiciones religiosas. En Europa, me parece que el desafío es aceptar hablar de religión con todos. Creyentes, no creyentes… No importa. Porque es algo muy importante para todos. Y si construimos un campo prohibido sobre la religión y no ayudamos a las personas a entender los discursos religiosos, no estamos ayudándoles tampoco a conversar de un modo útil de verdad.

— ¿Cómo reza usted personalmente?
— Como fraile, tengo una oración colectiva (Laudes, Vísperas, Misa). Esta se apoya en una oración personal silenciosa, el rosario y, muy importante para mí, la Lectio Divina: leer la palabra de Dios como oración.

— Para terminar, si no fuera fraile, ¿a qué se dedicaría?
— Probablemente a la política, por ser otro campo para hablar de materias importantes, aunque el Reino de Dios lo es más. El riesgo es que la política es un campo de poder que a menudo intenta manipular o usar la fe para sus propios objetivos.

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now