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‘La vida oculta del mesías en la Sagrada Familia de Nazaret’, de Francesco Giosuè Voltaggio

«Diez medidas de sabiduría descendieron al mundo: nueve las recibió la tierra de Israel y una el resto del mundo. Diez medidas de belleza descendieron al mundo: nueve las recibió Jerusalén y una el resto del mundo […]. No sin amarga ironía los rabinos suelen añadir: “Diez medidas de dolor descendieron al mundo: nueve las recibió Jerusalén y una el resto del mundo”». La sentencia —atribuida al rabino David Rosen— es recogida por Francesco Giosuè Voltaggio en La vida oculta del Mesías en la Sagrada Familia de Nazaret (BAC, 2023), el tercer y último volumen de la trilogía A las fuentes de la fe en Tierra Santa. Es una sentencia que ilustra a la perfección esa gran paradoja que es Tierra Santa: una tierra de belleza y de dolor; tierra elegida, sí, pero también pecadora; morada de Dios, pero también de la corrupción. Toda la Tierra Santa habla de Dios, como paraje de luz, belleza y poesía inagotable que es, pero también del hombre, de su barro y de su humanidad. Porque es el marco escogido por Dios, el Santo de los Santos, para hacerse hombre. Y siendo así, cómo no iba a ser toda ella una hermosa y dolorosa paradoja. Este es, en definitiva, el espíritu que recorre la serie desde su primera publicación en 2018, y en la que se vuelve la mirada sobre los primeros orígenes de la fe cristiana, apoyándose en las fuentes judías en lengua original y prescindiendo, casi siempre, de testimonios y traducciones posteriores cuya autenticidad resulta, en no pocos casos, algo dudosa.

Si el primer volumen —Las fiestas judías y el Mesías (BAC, 2018)— se centró en el calendario judío, poniendo el ojo sobre las fiestas religiosas y desmenuzando su significado; y el segundo —Espera, Adviento, Navidad del Mesías (BAC, 2019)— giró en torno a la expectación del Mesías en un contexto sociopolítico particularmente convulso; este tercero viene a indagar en los años de su infancia y primera juventud, antes del inicio de su vida pública. Se propone, en fin, «sondear los primeros acontecimientos que siguieron a su nacimiento, es decir, su infancia y crecimiento en el seno de la Sagrada Familia de Nazaret, las vicisitudes vividas por esta en Belén, en Egipto, hasta su establecimiento en Nazaret» (p. 13). Y no lo hace con ánimo de satisfacer cierta curiosidad malsana, no pretende colmar las lagunas u omisiones de los Evangelios, sino dar contexto, guiar al lector por una tierra y por una época que todos conocemos, sí, pero no en profundidad. A fuerza de repetirse, el relato evangélico corre el riesgo de entenderse de forma superficial. De este modo, uno descubre realmente lo que implicó para Jesús presentarse como «nazareno» después de leer cómo la voz «Nazaret» puede asociarse etimológicamente con el término hebreo néṣer, que significa retoño, entroncando su figura con la profecía de Isaías (11, 1). O leyendo cómo aquella Galilea en la que creció resultó ser un foco de resistencia contra Roma, verdadero hervidero de zelotas, lo que explica buena parte de la preocupación de las autoridades por el surgimiento de un predicador que se decía —o decían de él— que era «rey de reyes». Deslumbrantes resultan los párrafos dedicados a la figura de Herodes de Ascalón, «el Grande», en los que se ofrece un cuadro detalladísimo de las circunstancias de su ascenso al poder, o de su psicología arrogante, sanguinaria y sin escrúpulos. Pero no solo eso, sino que todo ello da pie a una preciosa catequesis sobre el impulso de erigirnos como únicos señores de la historia: Herodes quiso para sí el título de «rey de los judíos», y para conseguirlo se dispuso, incluso, a matar al Mesías mientras fuera niño. Herodes, dice Voltaggio —apoyado en Benedicto XVI—, somos cualquiera de nosotros.

Sirvan, pues, estos tres botones como muestra de lo que el lector puede encontrarse entre estas páginas. Escritos con soltura, ritmo y muy buen estilo, ofrecen a todo el que se acerque a ellas un compendio de conocimientos que, si bien no son requisito indispensable para la fe, sí edifican y ayudan a profundizar en ella. Porque solo volviendo la vista a las fuentes, entendiendo los orígenes, se capta en profundidad el plan de salvación de Dios para toda la humanidad. Un plan que resulta, sencillamente, perfecto.  

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