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María, modelo antropológico e imagen de Dios

La experiencia religiosa de la humanidad siempre ha intuido algo femenino en lo sagrado. En tantos mitos y figuras maternales, se expresó esa búsqueda profunda. Pero en el cristianismo esa intuición adquirió un rostro histórico: María de Nazaret. No hablamos aquí de mito ni de mero subjetivismo creyente. Ni de divinizarla, obviamente. Jesús de Nazaret y su madre María son personas históricas reales, vividas en un tiempo y lugar concretos. Cristo es el Señor, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, y María de Nazaret, la Virgen, es su Madre. Obviedades.

Pero en ella, ciertamente, se entrelazan lo histórico y lo teológico. Sin ser divina, ha representado para generaciones la imagen de lo sagrado femenino. No como una figura desencarnada, sino como una madre vital, fuerte, sensible, que cuida, comprende, intercede y ama sin medida. Imagen de lo femenino y maternal de Dios.

Mayo, como el mes que tradicionalmente la Iglesia le dedica a nuestra madre del cielo, nos invita a volver la mirada hacia esa presencia que acompaña la fe cristiana desde sus inicios. Mujer sencilla y fuerte, madre que vivió intensamente su relación con su hijo: en lo cotidiano, en la escucha, en el proceso de creer en él; en el dolor de verlo sufrir y morir; y en el gozo de comprenderlo resucitado. Los elementos teológicos —su fiat, la virginidad, la maternidad de Dios, su intercesión, su destino de plenitud— remiten no solo a ella, sino a la relación de todo creyente con Dios.

Lo más fascinante, es que también hoy puede ser modelo antropológico para la mujer y, de modo especial, para las religiosas de vida consagrada: mujer creyente, libre en su respuesta, fuerte en la adversidad y fiel de manera creativa. En este mayo, quizás cabría preguntarse también si la vida religiosa femenina ha sabido actualizar su imagen de mujer, su modelo antropológico, según este modelo evangélico o si permanece en esquemas culturales antiguos, caducos y envejecidos, que ya no interpelan. Quizás puede encontrarse por ahí, intuyo, algo sobre la falta de vocaciones que vive la vida religiosa femenina.

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