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Los lefebvrianos consuman el cisma: ordenan cuatro obispos sin permiso del Papa y serán excomulgados

Pese a que Benedicto XVI levantó las excomuniones previas en 2009 y Francisco otorgó ciertas facultades sacramentales, el diálogo teológico se estancó definitivamente tras el rechazo de la FSSPX a aceptar las enseñanzas conciliares como paso previo a su reconocimiento canónico

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha consumado hoy lo que la Santa Sede calificó como «acto cismático» de extrema gravedad. A pesar de los repetidos llamamientos al diálogo y las advertencias de excomunión por parte del Vaticano, la comunidad lefebvriana ha procedido a la ordenación de cuatro nuevos obispos en su sede central de Ecône, Suiza, sin la aprobación del papa León XIV. Con la presencia de más de 15.000 fieles y 1.000 clérigos, los nuevos prelados —el suizo Pascal Schreiber (suizo, 53 años), Michael Goldade (estadounidense, 45 años), Michel Poinsinet de Sivry (francés, 42 años) y Marc Happier (también francés, de 36 años)— recibieron la consagración de manos de monseñor Alfonso de Galarreta y monseñor Bernard Fellay, únicos supervivientes de las ordenaciones de 1988.

Durante el rito, los ordenandos respondieron afirmativamente a la pregunta sobre si poseían un mandato apostólico, una afirmación que contradice la realidad jurídica de la Iglesia. El superior general de la FSSPX, Davide Pagliarani, justificó la acción calificándola de «día histórico» y «fiesta», argumentando que las autoridades romanas actúan «en contra de la sagrada tradición» desde el Concilio Vaticano II. Pagliarani afirmó que están «dispuestos a pagar cualquier precio para salvar a la Iglesia» y que las posibles sanciones o censuras contra este acto carecen de valor para ellos. Esta ruptura llega apenas dos días después de que el papa León XIV enviara una carta personal al superior, fechada el 29 de junio, solemnidad de Pedro y Pablo. En un tono conmovido, el Pontífice rogó a la Fraternidad que no «lacerara la túnica inconsútil de Cristo» y les pidió: «¡Den marcha atrás!». El Santo Padre advirtió de que este acto privaría a sus fieles de la recepción lícita de los sacramentos y calificó el cisma como un «pecado de extrema gravedad».

Este desencuentro hunde sus raíces en un rechazo frontal a las reformas del Concilio Vaticano II. El fundador de la Fraternidad, monseñor Marcel Lefebvre, manifestó desde el inicio su oposición a documentos clave como la declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, así como al ecumenismo y la colegialidad episcopal. Su principal caballo de batalla fue la reforma litúrgica de Pablo VI, a la que calificaba despectivamente como «la celebración de Lutero», defendiendo en su lugar la exclusividad del rito de San Pío V y la formación de sacerdotes ajenos a las directrices romanas en su seminario de Suiza, fundado en 1970. Aunque el papa Benedicto XVI levantó las excomuniones previas en 2009 y el papa Francisco otorgó ciertas facultades sacramentales, el diálogo teológico se estancó definitivamente tras el rechazo de la FSSPX a aceptar las enseñanzas conciliares como paso previo a su reconocimiento canónico.

El camino hacia este nuevo cisma se aceleró tras el fracaso de las negociaciones iniciadas en febrero de este año. En una reunión el 12 de febrero, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, propuso un «camino de diálogo teológico» para definir los grados de adhesión requeridos a los textos del Vaticano II. Sin embargo, la respuesta de Pagliarani, enviada el pasado Miércoles de Ceniza, fue un rechazo tajante. El superior argumentó que la supervivencia de la Fraternidad dependía de estas ordenaciones ante la avanzada edad de sus actuales prelados y acusó a Roma de contradicción: mientras el Papa aboga por la «escucha y flexibilidad pastoral» para situaciones complejas, aplica «automatismos jurídicos» contra los tradicionalistas. Pagliarani llegó a utilizar la ironía teológica al encomendarse a la Virgen como «Mediadora de todas las gracias», título que Doctrina de la Fe había cuestionado recientemente.

Finalmente, la consumación del cisma hoy en Ecône ignora la autoridad del Sucesor de Pedro y las advertencias del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que el pasado 13 de mayo ya había señalado que este paso supondría la excomunión automática (latae sententiae). Al proceder con la imposición de manos, los consagrantes y los nuevos obispos se sitúan formalmente fuera de la comunión con la Iglesia católica. Lo que para la FSSPX es un acto de «supervivencia», para la Iglesia universal representa una herida abierta y una ruptura que el papa León XIV intentó evitar hasta el último momento con «el alma afligida, pero aún llena de esperanza». La Santa Sede reitera que desgarrar la unidad de la Iglesia es una ofensa grave que afecta directamente a la vida espiritual de miles de fieles en todo el mundo.

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