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Terremoto en Venezuela: una Iglesia que sostiene bajo los escombros


Tras la tragedia, el compromiso de los católicos está aliviando las heridas de un pueblo excesivamente golpeado

En la media tarde del pasado 24 de junio, una falla sísmica que atraviesa Venezuela desgarró la corteza terrestre al norte del país. Dos terremotos, de magnitudes 7,2 y 7,5 en la escala de Richter, convirtieron la franja costera de La Guaira, así como los estados de Caracas, Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón en un pasadizo interminable de hormigón y ruinas. Las cifras, al cierre de esta edición, eran ya estremecedoras:  según el Ministerio de Información, al menos 3.342 muertos, más de 16.700 heridos, hasta 50.000 desaparecidos —según la ONU—, y más de 17.000 personas sin hogar, como consecuencia del colapso o daño grave de casi 59.000 estructuras. Solo en La Guaira —declarada inmediatamente «zona de desastre» por las autoridades— hay cerca de 200 edificios totalmente derrumbados.   

Tragedias como la de José Antonio Toledo, un guardia de seguridad de 25 años fallecido bajo su lugar de trabajo, sacuden el corazón y la conciencia de todo el país durante estos días. Su familia no pudo hacer frente a los 450 dólares que exigía una funeraria privada y tuvo que recurrir a una fosa gratuita ofrecida por la alcaldía a medianoche. Como reverso, historias como la de Gil, el hombre rescatado con vida en la localidad de Catia La Mar, tras pasar ocho días bajo 140 toneladas de escombros, siembran algo de esperanza en la población. «¡Viva Venezuela!», gritaba un rescatista chileno mientras llevaba al hombre hasta la ambulancia. Palabras como las del forense Joel Mirabal, advirtiendo de que las fosas comunes son inevitables, resuenan para todos: «El colapso es masivo, y los cuerpos están enterrados bajo muchas capas de escombros». 

Mientras tanto, las Hijas de la Caridad en el Prado de María, en Caracas, se preparaban para recibir a 50 niños que han quedado huérfanos o cuyos padres permanecen desaparecidos. Existe un temor fundado a que las redes de trata aprovechen la vulnerabilidad de estos menores. La Iglesia busca proporcionarles no solo refugio y comida, sino «apoyo psicológico y educativo» para sanar un trauma que amenaza con ser el golpe definitivo para un pueblo que carga una mochila muy pesada.

La fractura, pese a los esfuerzos del Gobierno interino de Delcy Rodríguez por proyectar una imagen de «profunda solidaridad social», viene a profundizar en la herida de un país enormemente castigado tras décadas de represión política, violencia institucional y pobreza. Los testimonios recabados por ECCLESIA en la zona cero de la catástrofe hablan de una militarización que busca evitar estallidos, abandono por parte de las autoridades, corrupción en la gestión de las ayudas y de una Iglesia que, en medio de una extrema necesidad y dificultades, se ha convertido en uno de los pocos andamiajes que mantienen en pie al pueblo venezolano.

Anatomía del desastre

Al padre Laudence Betancourt, párroco de Nuestra Señora de la Candelaria, en Caraballeda, el desastre lo atrapó en la vulnerabilidad de un cuarto piso. El sacerdote, religioso de Don Orione, se muestra «agradecido con Dios por habernos dado la oportunidad de la vida, porque el problema fue que los edificios se derrumbaron inmediatamente». En su recuerdo se han marcado los bloques colindantes desplomándose como castillos de naipes. Y tras el milagro de alcanzar la calle, la escena apocalíptica: «Un edificio caído… Mucha gente corriendo, desesperada, polvorienta». La zona baja, situada a 200 metros del mar, era «un caos, totalmente inhabitable, imposible de transitar».

En la cercana Naiguatá, el padre José Martín Vegas, párroco de San Francisco de Asís, también experimentó la más pura sensación de pérdida. El templo y la casa parroquial que la Iglesia mantiene en el barrio de El Mamón —epicentro de la tragedia local, donde fallecieron ocho personas— quedaron inoperativos por desplazamientos de columnas y roturas de cabillas. «Perdí todo, tanto en la casa como en la iglesia, pero con el favor de Dios pude salvarme», explica, tras haber escapado por una pared medianera, derrumbada justo antes de que las puertas quedaran clausuradas por el movimiento telúrico.

En Caracas, el padre Jorge Bastidas, delegado nacional de la Pastoral Juvenil Salesiana, describe un fenómeno de pánico colectivo durante los «39 o 40 segundos» que duró el doble seísmo. El temblor provocó el colapso inmediato de dos edificios en la zona de Los Palos Grandes y dejó al menos a 56 familias damnificadas en barriadas como Petare. En seguida, acudió a la Casa Provincial para atender el pánico de los vecinos. «Abrimos los portones para que la gente que bajaba de los edificios pudiera resguardarse en nuestros campos abiertos», relata.

A Josmary Palencia, miembro de la Sociedad San Vicente de Paúl en Mérida, el temblor le llegó al móvil antes de que sus pies lo percibieran en el suelo: «Me llegó la alerta de Google y, al verla, me quedé extrañada, porque eso no había pasado antes en Venezuela». A continuación, «empecé a ver por mis diferentes grupos que tenía mensajes de las personas de aquí, en mi Estado, preguntándose si estaban bien, si sintieron el temblor, porque hasta en ese momento era un temblor». Lo que inicialmente parecía un susto, que incluso generó algunas bromas, se convirtió en una «completa pesadilla» cuando las imágenes de La Guaira empezaron a inundar las redes sociales de TikTok e Instagram, únicos canales que la población tiene por información veraz, ante la censura oficial del régimen.

La desconfianza en el Estado

Por si fuera poco, el recuento de pérdidas humanas es, según las personas que están trabajando sobre el terreno, una cifra en disputa que evidencia la desconexión oficial del chavismo. Mientras el Ministerio de Información se muestra reacio a computar el número de víctimas, el padre Bastidas señala que, en el lugar de los hechos, «ya se habla de más de 50.000 víctimas y muchísima gente desaparecida». La ONU respalda esta sombría estimación, sugiriendo que miles de personas siguen bajo las «toneladas de escombros» de los 200 edificios colapsados en la costa.

En este contexto, la Iglesia está emergiendo como un pilar salvavidas y de credibilidad ante la pérdida de confianza en las instituciones. «En Venezuela hay mucha desconfianza hacia el Gobierno y falta de credibilidad en el Estado tras lo vivido durante estos 27 años», afirma Bastidas, explicando por qué los organismos internacionales y la propia población prefieren canalizar los recursos a través de la Conferencia Episcopal Venezolana y Cáritas. 

La denuncia de Josmary Palencia es aún más crítica: «El Gobierno está completamente inactivo, no hay nada de ayuda de su parte». Además, relata incidentes de una gravedad institucional extrema, como la intercepción, por parte de la Guardia Nacional, de camiones de donaciones particulares para «revenderlo», o bloqueos a rescatistas internacionales en zonas específicas de La Guaira donde los militares parecen «proteger los intereses de los gobernantes y no del pueblo». 

La misión sobre el terreno

Ante el colapso de los servicios públicos —con zonas que pasaron hasta cinco días sin agua ni electricidad—, la Iglesia ha transformado numerosos templos en auténticos hospitales de campaña. En Caraballeda, el padre Laudence convirtió su parroquia en un «centro de distribución de alimentos, medicina, ropa, calzado y agua potable». Su templo, una estructura amplia y abierta todavía en construcción, está acogiendo a personas que, ocho días después del terremoto, siguen teniendo «mucho temor de estar en sus casas» por las réplicas constantes.

Apenas unas horas después del terremoto, el papa León XIV —que ha ofrecido y alentado oraciones para que «el Señor sostenga al pueblo venezolano en este momento tan difícil»— ordenó, a través de la Limosnería Apostólica, el envío de una primera partida de asistencia humanitaria dotada con 100.000 euros para atender las necesidades más inmediatas de la población. La Santa Sede informó que mantenía una monitorización constante de la catástrofe con el fin de seguir canalizando recursos y ayudas específicas, siguiendo las directrices y prioridades que vaya marcando la Iglesia local en el terreno.

Por su parte, el padre Martín está coordinando en Naiguatá la atención a 2.000 personas desde una escuela parroquial. Un ejercicio de lo que él mismo define como «presencia en nombre de Cristo»: ha organizado comisiones de enfermería, alimentación y ropa con la propia comunidad y reparte bolsas de comida y kits de higiene casa por casa, pero también dedica horas a sentarse en la plaza pública «para la gente que quiera hablar con el padre, que está disponible para la escucha».

En cuanto a Bastidas y los jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano, han establecido un corredor humanitario entre Caracas y La Guaira. Allí, bajan diariamente para proveer de insumos críticos, como leche y compotas para niños, a la población, trabajando codo con codo hasta la madrugada junto al obispo salesiano de La Guaira, monseñor Pablo Modesto González. El padre Jorge recalca esa misma «presencia en nombre de Cristo», que, a su juicio, «es ya un signo definitivo». «Es la prueba de que Dios hace renacer la vida incluso dentro de los escombros», sentencia.

El camino a la reconstrucción

El impacto macroeconómico del seísmo es devastador. El daño se estima en 6.700 millones de dólares, lo que representa nada menos que el 6 % del PIB de una nación que ya sufría una hiperinflación paralizante. Para enfrentarse a los problemas propios de la reconstrucción, la Conferencia Episcopal Venezolana ha lanzado el plan Cuidar a los cuidadores, reconociendo que los propios sacerdotes sobre el terreno son también víctimas que han perdido sus hogares y a sus colaboradores cercanos. Por su parte, Cáritas Venezuela activó el Plan 24 por 24, que en solo tres días despachó 321 camiones con asistencia humanitaria hacia La Guaira, Caracas, Carabobo y Falcón.

Un futuro aún más duro

Pese a todo, el padre Jorge advierte de que «lo que proyectamos hacia el futuro es mucho más duro que lo que estamos viviendo ahora», pues la fase de shock inicial dará paso a la asimilación de la pérdida total. Por ello, el reto, según monseñor Raúl Biord, arzobispo metropolitano de Caracas, no es solo volver a levantar edificios de piedra, sino «reconstruir vidas, reconstruir el tejido comunitario y reconstruir un pueblo». Y, para ello, la Iglesia cuenta con el apoyo internacional de entidades como ACN, Cáritas, OMP o Misiones Salesianas.

El pasado 2 de julio, Venezuela conmemoró el 127.º aniversario de su consagración al Santísimo Sacramento en un ambiente de luto y oración nacional. Durante su homilía, monseñor José Luis Azuaje, arzobispo de Maracaibo, recordó que «el caos, el miedo y la destrucción no tienen la última palabra». 

La Iglesia venezolana ha coordinado vigilias de 24 horas online y con presencia física en las plazas —como la del padre Martín en Naiguatá—, demostrándose bálsamo para una herida que no deja de sangrar. Como concluye Josmary Palencia: «Basta de divisiones políticas. Es hora de unirnos. Ahorita es una tragedia en Venezuela, pero luego será otra y tenemos que estar más unidos que nunca». La reconstrucción, no cabe duda, antes que en los despachos de Miraflores, está empezando ya en los centros de acopio parroquiales, donde el Evangelio se está haciendo carne en cada bolsa de comida y en la insistencia de buscar vida bajo la muerte.  

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