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Javier Domingo Fernández, jefe de Protocolo de la Santa Sede: «la visita de León XIV ha sacado lo mejor de España»

Nacido en Caracas y con raíces en El Hierro, repasa su trayectoria ministerial y diplomática al cumplir 25 años como sacerdote

Detrás de muchos de los grandes movimientos diplomáticos del mundo suele haber una presencia silenciosa: la del Vaticano. Con 185 embajadores acreditados —183 países, la Unión Europea y la Orden de Malta—, la Santa Sede ha tejido una de las redes diplomáticas más influyentes y longevas de la historia, convirtiéndose en un observatorio privilegiado de la actualidad internacional y en un actor decisivo que rara vez busca protagonismo.

En medio de este gran engranaje, hay figuras que no ocupan titulares, pero sostienen la maquinaria y ayudan directamente al pontificado en su cometido. Javier Domingo Fernández González pertenece a esa categoría discreta y decisiva.

Nació en Caracas, pero creció mirando al Atlántico, concretamente hacia la isla de El Hierro, donde arrancan sus orígenes familiares. Tras años de formación, acabó coordinando los encuentros más delicados de la diplomacia mundial como jefe de Protocolo de la Santa Sede, un encargo clave en la Secretaría de Estado del Vaticano. Allí donde confluyen los pontífices, los jefes de Estado y los acontecimientos que terminan ocupando un lugar en los libros de historia, trabaja Javier Fernández. Habla pausado, con el acento canario que escuchó de su familia, pero con frases profundas que no nacen de la abstracción, sino de la realidad que ha aprendido en escenarios complicados como India, Nepal, Chad, Nigeria y en otros destinos en su labor en la Sección para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales de la Secretaría de Estado.

A las puertas de sus 25 años de sacerdocio, los cumple este mes de julio, acepta una de esas conversaciones poco frecuentes. Porque no suele conceder entrevistas. Y precisamente por eso, nos va a permitir conocer una biografía singular: la de un sacerdote que ha servido a los Papas desde la trastienda, allí donde casi nunca llegan los focos.

—Entre los muchos lugares que ha conocido, hay uno que ocupa un lugar especial en su corazón: la isla de El Hierro. Allí vive su tía Miña, quien al parecer tuvo un papel importante en el camino que le llevó al sacerdocio. ¿Es así?
—Sí. Ella y mi tío, su esposo, Bernardo, quien tristemente falleció hace unos años. Cuando entro en el seminario, mi familia no me veía muy convencido, pero ellos siempre confiaron. Mi tío Bernardo siempre decía que veía en mí cualidades para el sacerdocio, para la vida ministerial. Fueron un gran apoyo.

—El papa Francisco soñó con viajar a Canarias, pues quería encontrarse con esa realidad migratoria en la frontera atlántica. Usted conocía bien ese deseo, pues ha trabajado para que se pudiera cumplir. ¿Cómo ha vivido la etapa canaria de la visita de León XIV a España?
—Viví con mucha emoción el momento en el que el Santo Padre llegó a las islas, igual que el resto de esta visita histórica. Era el sueño del papa Francisco, que ha cumplido León XIV.

—Si tuviera que resumir en una sola palabra lo que León XIV quiso decir a España durante esta visita, ¿cuál sería?
—Me remitiría al himno de la visita: alza la mirada. La visita ha sacado lo mejor de España, la imagen real de España, que es la del entusiasmo, la de la juventud, la de la fe, la de la tradición. Y esto me gustaría remarcarlo, no para volver al pasado, sino para alzar la mirada y ver el presente y tener una visión de esperanza hacia el futuro.

—Hemos visto al Papa disfrutar, reírse… ¿Qué siente que se ha llevado León XIV de nuestro país?
—El Papa ha regresado muy contento de un viaje muy exitoso desde todos los puntos de vista. Me comentaba que ha sido como su graduación, un momento de contacto directo con los fieles, en un país importante, de mucha tradición en Europa. Ver la acogida, la cercanía del pueblo, de los obispos, de las autoridades —nacionales, autonómicas y locales— le ha dado mucho ánimo para su pontificado y para los viajes que vendrán.

—Usted nació en Venezuela, tiene raíces herreñas y vive en Roma tras haber pasado por distintos destinos en Europa, África y Asia. ¿Se siente ciudadano de algún lugar concreto o pertenece a ese grupo particular de los diplomáticos que se consideran ciudadanos del mundo?
—He tenido la oportunidad de vivir y de ejercer el ministerio en América Latina, en Europa, en África y Asia. Mi última misión fue en la India. Entonces, llega un momento en el que te haces esa pregunta. Me siento como un ciudadano del mundo. Yo mismo me sorprendí en la India, mi último destino, al verme tan involucrado en una cultura muy diferente. De esto trata, en definitiva, pertenecer a la Iglesia católica, que es universal. Allá a donde vas, te encuentras con personas de tu misma fe y tienes la oportunidad de adaptarte, porque la comunidad te ayuda.

—Este mes de julio se cumplen 25 años de su ordenación sacerdotal. ¿Cómo soñaba su misión y qué le ha sorprendido del camino que ha recorrido?
—Nunca imaginé la vida que he tenido ni lo que he hecho, pero me siento feliz, realizado. Diría que el Señor, ya con mi vocación, me ha dado todo lo que podía haber pedido o anhelado. En estos momentos, acepto lo que él quiera, lo acepto y estoy disponible para lo que él, la Iglesia y el Santo Padre decidan. Tengo la maleta preparada. Es el único requisito, decía Pablo VI, que hay que cumplir para este servicio.

—¿Qué conserva de aquel sacerdote recién ordenado?
—Conservo la frescura y la emoción de celebrar la Misa, lo fundamental para mí. De hecho, todo lo que hago comienza con la Santa Misa. Todo va en función de ella, también cuando estoy de vacaciones con mi tía. Creo que esa frescura, esa emoción de preparar la liturgia, de preparar las homilías, de tener presente la riqueza de la Eucaristía, tiene una particularidad junto con el Santo Padre. Me emociona tener la posibilidad de compartir lo que es la Iglesia universal.

—25 años dan para mucho. Si se tuviera que quedar con alguna persona, lugar o experiencia, ¿qué elegiría?
—Voy a responder con dos fotografías. Una es de la primera Semana Santa que viví en el Chad. Pedí al arzobispo que me permitiera ir a una parroquia. Envió al párroco de una de ellas a los pueblos y me dejó a mí a cargo. Tuve la posibilidad de bautizar niños [ver foto superior] y de darles la primera comunión. Fue algo que no esperaba, porque estaba en otro país y en otra cultura. La segunda es un poco más reciente y la recordarán: el encuentro del presidente de Estados Unidos y el presidente de Ucrania en la basílica de San Pedro, justo antes del funeral del papa Francisco. [Él estuvo allí, con un papel importante]. Francisco, y también León XVI, siempre han ofrecido el Vaticano para que las partes en un conflicto dialoguen. Entonces creo que esas dos fotos resumen lo que ha sido mi vida estos 25 años: la parte del ejercicio del sacerdocio y la parte diplomática, al servicio de la Santa Sede.

—Hay muchos momentos en los que el mundo mira al Vaticano. Lo hemos vivido con la muerte del papa Francisco, con el cónclave, o con las visitas de jefes de Estado que ahora recibe León XIV. Usted está detrás de esa maquinaria invisible. ¿Qué es lo más complicado?
—Lo más importante son los detalles. Porque es la imagen del Santo Padre y de la Santa Sede. Un embajador me comentaba hace no mucho que la mayor parte de los problemas son de protocolo. ¿Por qué? Porque el contenido de las reuniones o los temas no se hacen públicos y es muy difícil conocerlos, pero el protocolo lo ve todo el mundo. Así que hay que ser muy minucioso y cuidar los detalles. Hay que estar detrás de todos los procesos y anticiparse a las cosas que puedan surgir.

—En El Hierro no se le conoce como jefe de Protocolo del Vaticano, sino como el sobrino de Miña. Después de coordinar encuentros entre Papas y jefes de Estado, ¿qué siente cuando vuelve a su pueblo?
—Me siento uno más y llevo una vida muy ordinaria. Aprovecho para descansar y desconectar. Tengo que decirle que mi nombramiento lo recibí estando allí. 

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