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La Virgen de agosto

Cuando el verano anuncia su fin, la Virgen de agosto convoca a miles de españoles a emprender un viaje hacia el interior de sí mismos

Más de 54 millones y medio. Ese es el número de desplazamientos de largo recorrido que la Dirección General de Tráfico ha previsto que se realizarán por carretera durante el mes de agosto en España. De los 8.132 municipios que hay en nuestro país, aproximadamente 1.205 celebran sus fiestas patronales el día 15 de este mes.

En la España secularizada, muchos de esos desplazamientos previstos por la DGT son más que simples viajes para disfrutar de unos días de descanso. La distancia recorrida, larga o corta, supone en numerosos casos algo más que un desplazamiento físico. Las fiestas de agosto —la vuelta al pueblo, a la casa familiar, a las calles y plazas donde los abuelos y los tíos pasaron su infancia y descubrieron sus primeros amores entre bicicletas y bengalas— constituyen un viaje espiritual que miles de familias españolas emprenden cada año en busca de aquello que el ritmo frenético de la vida —incluso en veranos con agendas imposibles— no es capaz de ofrecer.

Cuando el verano anuncia su fin, la Virgen de agosto convoca a miles de españoles a emprender un viaje hacia el interior de sí mismos para recuperar la identidad que las pantallas, la gran ciudad o los ritmos imposibles nos arrebatan, con la complicidad de nuestra voluntad, engañada por cantos de sirena disfrazados de promesas de una felicidad desarraigada. 

Las peñas, las charangas, las calles adornadas y, finalmente, la Misa y la procesión son mucho más que escenarios o prácticas vintage que nos devuelven, por unos días, a un pasado feliz que, ¡ay!, no volverá. Nos hablan de quiénes somos realmente: seres en relación, abiertos a la presencia de Dios hecho hombre; Jesús, el de María, quien, por cierto, también tuvo pueblo.  

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