Entrevistamos al escritor y conferenciante a pocas semanas del encuentro convocado por el papa León XIV en el Vaticano con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia
Con el encuentro convocado por el papa León XIV en el Vaticano —del 7 al 14 de octubre, con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia—, la Iglesia universal se dispone a reflexionar y orar sobre la situación actual de las familias y el futuro de la institución frente a las transformaciones del mundo contemporáneo. En un entorno a menudo individualista y exigente, el hogar católico sigue llamado a alzarse como una verdadera Iglesia doméstica y escuela de vida, amor y virtudes. Para profundizar en este camino de acompañamiento pastoral, la vivencia de la fe en el matrimonio y los brotes de esperanza en la juventud, conversamos con Pep Borrell, médico odontólogo, marido de Mercè, padre de cinco hijos, abuelo, conferenciante, autor de obras como Bailar en la cocina o Novios 100% y conocido divulgador en redes sociales. Le planteamos algunas de las principales cuestiones que se van a debatir en el encuentro convocado por el Pontífice.
—A diez años del encuentro propuesto sobre Amoris Laetitia, ¿cuáles son los principales retos de las familias y qué le pide hoy a la Iglesia en su labor de acompañamiento?
—Considero que la Iglesia debería ser más clara transmitiendo ideas e ilusiones a todos los católicos y a las familias, concretamente. Echo en falta entusiasmo y alegría al compartir el Evangelio por parte de todos, pues demasiadas veces nuestras caras no reflejan el gozo de sabernos hijos de Dios. Hoy en día hay demasiado sermón y opinión, pero poca coherencia de vida, que es lo que realmente transmite. Necesitamos que las familias católicas nos sintamos parte de esa gran familia que es nuestra Madre la Iglesia.
—En medio de las transformaciones de nuestro tiempo, ¿cómo se puede vivir y contagiar la fe desde el ámbito familiar?
—La familia debe ser una escuela de virtudes. Los padres debemos vivir muy cerca del Señor, porque eso es lo que verdaderamente se transmite a los hijos. Se trata de mantener una unidad de vida y ser católicos siempre, en cualquier situación que nos depare la existencia. Esto se concreta en rezar en familia, acudir a los sacramentos, participar en la parroquia y la comunidad, y querernos mucho entre nosotros. Debemos aprovechar los carismas de la Iglesia e ir a una como camino de santidad. El mundo cambiará si vivimos de verdad nuestra fe; la consigna que convenció a los primeros cristianos era «mírales cómo se aman», por lo que debemos dejar las rencillas internas y vivir en comunión.
—El crecimiento emocional, relacional y sexual de los hijos preocupa a muchos padres. ¿De qué manera propone abordar la educación afectivo-sexual en el hogar?
—La educación afectivo-sexual se debe trabajar en la familia, con naturalidad y un lenguaje claro y adecuado a la edad de nuestros hijos. Debe hacerse de manera progresiva, provocando preguntas y conversaciones en casa. Es fundamental no separar la afectividad de la sexualidad, entendiéndola como el lenguaje del amor y un regalo de Dios para hombres y mujeres. Hay que formarse, tratar el tema sin tabúes ni miedo a conversaciones incómodas, y hablar de sexo siempre en positivo y con entusiasmo, reconociéndolo como algo precioso.
—Los primeros años de matrimonio suelen ser exigentes. ¿Qué apoyo necesitan las parejas jóvenes y cómo romper con la visión pesimista sobre la familia?
—Los primeros años de matrimonio son un periodo importantísimo, donde los recién casados necesitan sentirse arropados por la comunidad y la parroquia. Afrontamos el matrimonio con entusiasmo, pero la llegada de los hijos, la crianza, las hipotecas o alquileres a veces nos superan. Son años duros pero preciosos, que requieren el soporte de la familia amplia y de la Iglesia para «levantar la mirada» y poner a Cristo en el centro, viviendo los biberones o las noches de insomnio con menos agobio, al ofrecerlos. Por otro lado, debemos transmitir un mensaje positivo del matrimonio. Hay que evitar los chistes malos o dar el pésame cuando alguien se casa; el hombre y la mujer unidos en matrimonio son imagen de un Dios Uno y Trino, una comunidad de amor que da vida. Los matrimonios con más experiencia tienen la responsabilidad de ser ejemplo y mantener el «radar» puesto para acercarse y entablar amistad con las parejas jóvenes.
—Pese a las tensiones y dificultades actuales, ¿qué signos de esperanza percibe en las familias y en la juventud?
—En la Iglesia se agradece transmitir con certeza y conceptos claros lo que enseña el Catecismo, superando la tensión entre los que lo quieren cambiar todo y los que no quieren que se toque nada. Quienes estén preparados deben ofrecerse para dar acogida, formación o terapia. A pesar de los retos, soy muy optimista porque veo «bosques verdes» en muchísimos jóvenes comprometidos con su fe sin excusas, que respetan a todo el mundo y atraen con una alegría contagiosa. Además, debemos tomar conciencia de que la Iglesia es nuestro hogar y no una simple «expendedora de sacramentos». Si nos implicamos, arrimamos el hombro y vivimos el testimonio con alegría en nuestro entorno, vamos a cambiar el mundo, BAILANDO.






