Matemática y profesora, es una figura destacada en el ámbito educativo y político español, tras haber sido viceconsejera de Educación en Madrid. En El suicidio de Occidente analiza la decadencia de la enseñanza
—¿Qué implica este suicidio de Occidente y qué síntomas se observan ya desde el plano de la educación?
—La idea del suicidio surge, en parte, de lecturas como las de Civilización, de Niall Ferguson, quien mantiene que para conocer la solidez de un sistema, debemos poner el termómetro a sus instituciones. Y la escuela, una de estas instituciones fundamentales que han hecho grande a Occidente, padece una enfermedad mortal. El suicidio, en tanto autosabotaje, apunta directamente a nuestra renuncia a transmitir los saberes acumulados por la civilización occidental durante milenios como eje central de los sistemas educativos. Esto afecta no solo al conocimiento, sino también a los valores. El tan pregonado igualitarismo proclama a un tiempo que todas las culturas son igual de válidas, pero que la de Occidente es peor. Este odio visceral hacia nuestra civilización trae consigo un desprecio añadido por la cultura.
—¿En qué punto se encuentra esta enfermedad?
—Hay una decadencia larga y gradual. Bernanos decía que una civilización no se derrumba como un edificio; se vacía poco a poco y al final no queda nada. Estamos en ese proceso de vaciamiento, cuyo origen se remonta a la irrupción de la llamada pedagogía progresista, encarnada por Rousseau en Europa y John Dewey en Estados Unidos. Luego, Mayo del 68 actuó como un catalizador, extendiendo este virus igualitario y contrario a la autoridad del profesor a toda la educación occidental. A esto se suma el relativismo cultural y, en última instancia, el posmarxismo y el wokismo, consolidando esta tendencia a usar la educación como una herramienta para la transformación social y la imposición de una determinada hegemonía cultural.
—Anteriormente, se produce una escisión fundamental entre educación e instrucción…
—El momento crítico se da con la Revolución Francesa. En aquel contexto, Condorcet se erige en el principal defensor de la instrucción pública, en tanto transmisión de «verdades de hecho y de cálculo», del conocimiento positivo y las habilidades necesarias para que el ciudadano pueda organizar su vida sin ser manipulado. Su plan busca culturizar a los ciudadanos, dar a todos los conocimientos básicos por igual, pero también ofrecer instrucción más elevada a quienes tuvieran capacidades más elevadas. Es importante destacar que Condorcet insistía en que el Estado no debía tener la autoridad para imponer opiniones políticas y religiosas o la forma de pensar de cada ciudadano; eso era una función de la familia. Murió en circunstancias, digamos, sospechosas.
—Y, entonces, Robespierre rescata y promociona a Rousseau como alternativa.
—A Rousseau, que había publicado el Emilio en 1762, no pocos jacobinos lo consideraban el verdadero precursor de la revolución. De su tesis del buen salvaje surge la idea de que al niño no hay que imponerle conocimiento alguno, sino dejarle aprender por sí mismo aquello que despierte su interés. Esto ha llevado a desterrar el uso de la memoria, la disciplina o los exámenes, porque solo sirven, supuestamente, para traumatizar al alumno. Esta visión de la educación busca crear un hombre nuevo y es una ambición a todas luces totalitaria.
—¿Diría que bajo esta apariencia liberadora emerge un alumno más esclavo?
—Con esta dialéctica de excesiva indulgencia y abandono se está arruinando la vida a millones de niños. En definitiva, no se los prepara para afrontar la realidad, se les niegan las herramientas del conocimiento y la disciplina necesaria para un desarrollo pleno y responsable de sí mismos.
—¿Y todo por ideología?
—La renuncia a la transmisión del saber por parte de la escuela actual se debe, sin duda, a un sometimiento a la ideología. Se ha olvidado —u ocultado— que la función esencial de la escuela es, como mantenía Condorcet, la instrucción. Hay un marasmo incomprensible donde el lenguaje se vuelve confuso, las asignaturas devienen «áreas» o «módulos», y los exámenes, «evaluaciones de diagnóstico». Esta suerte de neolengua pedagógica, nacida con la LOGSE y enriquecida con cada nueva ley educativa —conceptos como «inclusividad», «resiliencia» o «sostenibilidad» se repiten constantemente, vacíos de un significado claro, incomprensibles para los profesores y con una clara intencionalidad adoctrinadora—, busca ocultar una intencionalidad política: transformar la sociedad y crear un nuevo pueblo. Los contenidos tradicionales se sustituyen por un adoctrinamiento a base de sentimentalismo, cuyo resultado es que los niños aspiran a salvar el planeta mientras no saben localizar China en un mapamundi. Y los profesores, antes centrados en la enseñanza, se convierten en agentes del cambio social.
—Una de las principales voces proféticas de esta crisis fue, como en otras, Hannah Arendt…
—En los 50, libros como ¿Por qué Johnny no puede leer?, de Rudolf Flesch, denunciaron que el método global de enseñanza estaba provocando un descenso en el interés y el gusto por la lectura. Los resultados cada vez peores en los exámenes de ingreso a la universidad encendieron todas las alarmas. En su ensayo La crisis en la educación, Arendt identifica los prejuicios pedagógicos y políticos arraigados en la sociedad norteamericana, como la idea de que es inútil enseñar al niño si no está motivado, la sustitución del esfuerzo por el juego o la renuncia de maestros y padres a su autoridad. Ya en 1958, advierte de que la idea de que todos tienen que tener derecho a la misma educación y que lo que no pueda ser para todos no sea para ninguno es un peligro. Así, se impide la detección de talentos y se condena cualquier intento de ascender a la excelencia, bajo la etiqueta de reaccionario. En España, la LOGSE de 1990 encarnó esta visión, priorizando la mal llamada «democratización» a costa del conocimiento.
—Ante semejante panorama, ¿cuál es el papel de los padres?
—La educación de los hijos es y debería seguir siendo un sagrado derecho y deber de las familias. Esto se garantiza conservando, por ejemplo, su libertad para elegir el centro educativo. Muchos padres de hoy están preocupados ante esta situación, y por eso buscan clases de refuerzo o, incluso, optan por la educación en casa cuando no ven otra solución. La tríada de rechazo a exámenes, memorización y deberes tiene consecuencias devastadoras en la capacitación de los alumnos. Si no hay exigencia, se iguala a la baja, impidiendo el desarrollo del talento individual. La memoria, una de las tres potencias del alma en san Agustín, está totalmente desprestigiada. Todo esto genera una banalización de la mediocridad y los niños, al no ser exigidos e ir todo orientado a evitar traumas, se vuelven mimados.
—¿Y el de los profesores?
—La renuncia a la autoridad del profesor es otro prejuicio clave en el suicidio. Arendt ya advertía de que no se puede hacer renunciar al maestro a la fuente legítima de su respeto: saber más y poder hacer más que sus alumnos. Hoy en día ha calado la idea de que el profesor no debe centrarse en conocer su propia asignatura en profundidad, sino en saber motivar a los niños. Esta pedagogía permanece como un dogma incuestionable. Cualquier crítica, por sensata que sea, es mal recibida, y los profesores que quieren seguir transmitiendo conocimientos son apartados bajo la etiqueta despectiva de «profesaurios». Se trata de una batalla ideológica en toda regla. Para colmo, se fuerza a los profesores a rellenar cada año papeles absurdos, convirtiendo el proceso de enseñanza-aprendizaje en algo frustrante, donde no está claro qué se debe enseñar ni qué aprender.
—Esto parece más acusado, si cabe, en el ámbito universitario…
—A partir de Mayo del 68 —que Raymond Aron calificó de «revolución inencontrable» por su carácter efímero y la falta de un programa constructivo—, se repudia la herencia de padres y maestros y surge un deseo de destruir la universidad, más que de reformarla. Se produce una fuerte crisis de confianza en nuestra herencia cultural y la universidad se politiza desde su raíz. Se atribuye a la sociedad la responsabilidad del fracaso escolar, argumentando que el sistema educativo favorece a la clase dominante, y se abandonan los conocimientos. La misión de los maestros ya no sería enseñar, sino destruir el capitalismo e impedir el paso al imperialismo. Las universidades se convierten entonces en centros donde la convivencia prima sobre el saber.
—¿De qué manera han heredado estos postulados corrientes contemporáneas como el multiculturalismo?
—El multiculturalismo se relaciona con el relativismo cultural. Este cambio de paradigma ha tenido un impacto devastador: si todas las culturas son equivalentes, se renuncia a la idea de una cultura común y a la necesidad de transmitir el legado de nuestros antepasados. Se ha abandonado el estudio cronológico de la historia, el arte y la literatura, ya no existe ni verdad ni mentira, ni belleza ni fealdad, ni conocimiento ni ignorancia, porque todo es cultural. En lugar de fomentar la integración, el multiculturalismo perpetúa la segregación y la injusticia social.
—Citaba antes el wokismo… ¿Es una segunda revolución cultural?
—Es una nueva religión, cuyo objetivo es destruir todo lo que Occidente ha construido amparándose en posiciones identitarias. En lugar de fomentar un pensamiento crítico genuino hacia las posiciones tradicionales, se busca adoctrinar. Hasta las matemáticas sufren los efectos del wokismo, al dar prioridad a actitudes y saberes socioafectivos por encima de los conocimientos. Todo esto es una gran estafa que solo persigue el fin político de hacer tabla rasa del pasado.
—¿Cómo cree que la irrupción de las pantallas y la inteligencia artificial afectará al proceso?
—Estos productos se han convertido en los nuevos pasatiempos de la escuela, dando continuidad al mito pedagógico de aprender jugando. Aunque los niños de hoy manejan móviles y tabletas con una soltura asombrosa, esto no significa que sepan pensar o aprender en profundidad. El filósofo Michel Serres, en su Pulgarcita, denuncia los desórdenes que produce poner todo el conocimiento al alcance de los dedos, sin necesidad de trabajar, escuchar a profesores, leer libros o escribir. Esto puede llevar, con el tiempo, al fin de la abstracción, de las ideas y los conceptos. La idea de que para enseñar ya está Google es una falacia que vacía de contenido el rol del docente y el aprendizaje.
—¿De qué manera cree que se puede revertir esta decadencia?
—Mi visión, surgida de autores como Stuart Mill, Hayek o Tocqueville —quien ya advertía sobre los peligros del despotismo democrático, donde el Estado fomenta la ignorancia para manipular a los ciudadanos—, es que la escuela debe instruir, no adoctrinar, y que la sociedad debe fomentar el mérito, el esfuerzo y la responsabilidad individual en lugar del colectivismo. Por ello, y aunque el panorama es sombrío, se puede apostar por un proceso largo y muy difícil donde cada uno de nosotros asuma su responsabilidad individual y tome conciencia de lo que está ocurriendo. Los «profesaurios» deben rebelarse, hay que resistir a la imposición de la neolengua y el pensamiento único, negarse a rellenar burocracias absurdas.
Por otra parte, hay que mirar al pasado y avanzar hacia atrás, ver lo que se ha hecho bien antes y volver a ello, aprender de ello. Establecer currículos claros y exigentes, que indiquen qué conocimientos deben aprender los alumnos y recuperen los exámenes para evaluar la adquisición de los mismos. La sed de conocimientos, inherente al corazón humano, es nuestra oportunidad. Si nos damos cuenta de que el enemigo es el sistema de ideas dominante, entonces sabremos qué batalla librar: una intelectual contra la impostura.








