Para Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo, «diez años después, la pregunta no es qué dice Amoris laetitia, sino qué hemos aprendido intentando vivirla»
Con un diagnóstico muy poderoso sobre la acelerada secularización de la sociedad y el firme compromiso de transformar a los hogares de «destinatarios pasivos» en verdaderos protagonistas de la misión de la Iglesia, la Sala Stampa de la Santa Sede ha acogido esta mañana la presentación oficial de la cumbre sobre la familia convocada por el papa León XIV para la semana que viene. Bajo el título «A diez años de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias hoy», el Aula Pablo VI del Vaticano reunirá del próximo 7 al 14 de octubre de 2026 a cerca de 248 obispos, entre presidentes de conferencias episcopales y jefes de las Iglesias orientales, acompañados por diversos expertos y matrimonios.
La convocatoria, así las cosas, responde al deseo expreso del Pontífice de «proceder, en la escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias hoy, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales».
Durante la rueda de prensa, Gabriella Gambino, subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, ha ofrecido un análisis contundente del estado en el que llega esta convocatoria, apoyado en cifras concretas que evidencian la urgencia del momento. «En Polonia, los matrimonios religiosos celebrados en los últimos cinco años se han reducido un 45 %», ha advertido, al tiempo que señalaba que «en Australia, entre 1970 y 2024, han pasado del 88 % al 16 %». A su juicio, estos datos son «señales que, en la diversidad de contextos, reclaman la urgencia de acompañar la elección matrimonial y sostener de modo más decisivo la transmisión de la fe en familia».
Gambino ha señalado la inercia que arrastran muchas estructuras eclesiásticas a este respecto: «En muchos contextos eclesiales, la familia aún hoy corre el riesgo de ser considerada como destinataria pasiva de la acción pastoral: un mero sector de la pastoral confiado a una comisión en la parroquia o en la diócesis». Frente a este modelo, ha recordado las constantes llamadas del papa León XIV para que «la evangelización se convierta realmente en un acto eclesial, en el que pastores y familias se sientan corresponsables y participen juntos en el anuncio del Evangelio».
El matrimonio es una vocación
La subsecretaria ha subrayado asimismo que la orientación vocacional debe comenzar mucho antes del altar y, para ello, se ha hecho eco del mensaje del Santo Padre a los jóvenes en Madrid: «¡El matrimonio también es una vocación. No tengáis miedo de casaros y de formar una familia!».
Como signo visible de esta corresponsabilidad, cinco parejas ofrecerán su testimonio directo en el aula, aunque sus identidades se mantendrán en reserva «por discreción y para salvaguardar la privacidad de su testimonio personal y familiar».
Por su parte, Orietta Rachele Grazioli, docente del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, ha enmarcado los trabajos al respecto de este encuentro en las vertiginosas mutaciones de la última década: «Nuestro tiempo está marcado por rápidas transformaciones que, aún más que hace diez años, hacen necesaria una especial atención pastoral a las familias».
Grazioli ha detallado la estructura temática del encuentro, articulada en cinco grandes bloques: «La familia hoy: realidad, belleza y desafíos»; «Los jóvenes y el descubrimiento de la vocación matrimonial»; «La vida matrimonial. Los primeros años de matrimonio: un tiempo decisivo»; «En las dificultades de la vida: acompañar y sostener»; y «Las familias cristianas, sujetos de la misión de la Iglesia».
Refiriéndose al papel insustituible del laicado, Grazioli ha vuelto a recurrir a las palabras de León XIV, recordando que «hay, en efecto, lugares y circunstancias en los que la Iglesia «no puede llegar a ser sal de la tierra» sino por medio de los fieles laicos y, en particular, de las familias». Asimismo, ha insistido en que el encuentro arranca libre de esquemas rígidos, pues «no hay resultados esperados ni predecibles ahora, porque serán la escucha, las individuales resonancias, el intercambio recíproco y el discernimiento sinodal los que hagan emerger las cuestiones que en los diversos contextos se consideren más relevantes».
Metodología
El aspecto metodológico, por su parte, ha corrido a cargo de Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo, quien ha definido la naturaleza del evento de la siguiente manera: «Podemos considerar este encuentro, en cierto modo, como una suerte de asamblea de evaluación». Costa ha afirmado que el propósito, siguiendo esta máxima, no radica en teorizar de nuevo sobre el texto papal, pues «diez años después, la pregunta no es qué dice Amoris laetitia, sino qué hemos aprendido intentando vivirla».
Entre tanto, la metodología operativa adoptará la dinámica desarrollada durante el reciente proceso sinodal: «En los grupos de trabajo utilizaremos la conversación en el Espíritu, alternando palabra, escucha y silencio», ha revelado. Lejos de buscar una homogeneidad artificial, el jesuita ha aclarado que la diversidad será valorada como un activo: «No buscaremos borrar las diferencias para llegar a un consenso: incluso una divergencia comprendida mejor puede ser un fruto de la escucha».
Al abordar el alcance de las conclusiones, Costa ha aclarado rotundamente que «no se trata de un nuevo Documento final que sustituya a la exhortación apostólica, sino de una devolución de lo que la asamblea haya reconocido a través de la escucha y el discernimiento». Este documento sintético se hará público y servirá como herramienta de trabajo para las diferentes conferencias episcopales. Sin embargo, como ha concluido el consultor vaticano, el verdadero indicador del éxito no se medirá en páginas impresas: «El verdadero resultado del encuentro no será el informe que produciremos, sino los caminos que sabrá poner de nuevo en marcha en las Iglesias». El encuentro culminará el miércoles, 14 de octubre con una Misa presidida por León XIV en la Plaza de San Pedro.






