Abogado en Bruselas y criado en una familia atea, parte al corazón de África de manera definitiva. Esta es la historia del primer misionero ‘ad gentes’ de Hakuna
Carlos Bobillo (Madrid, 1986), un joven madrileño educado en una familia y un entorno ateos y formado como abogado con ejercicio profesional en Bruselas y Madrid, jamás imaginó que su vida daría un vuelco en las colinas de Burundi. Lo que comenzó hace dos décadas como un viaje universitario de voluntariado y aventura se transformó en un progresivo camino de conversión espiritual. Tras años impulsando proyectos de desarrollo educativo y sanitario a través de la ONG Komera, Bobillo ha tomado la decisión de dejarlo todo para instalarse permanentemente como misionero ad gentes en el país más pobre del mundo, el primer misionero ad gentes de Hakuna.
—¿Cómo era su vida antes de tener caerse del caballo?
— Nací en Madrid en el seno de una familia atea, de padres divorciados, estudié en el Liceo Francés. Llevaba una vida completamente convencional, enfocada en pasarlo bien, salir de fiesta, en lo material, vivía preocupado por conseguir un buen trabajo. Posteriormente, estudié Derecho y trabajé durante varios años como abogado en Bruselas y Madrid.
—¿Qué le impulsó a viajar a Burundi por primera vez sin ninguna inquietud religiosa?
—Surgió en la universidad gracias a un amigo, Ignacio Amorós —impulsor del podcast Se buscan rebeldes—, quien nos animó a ir a Burundi tras ser invitado por un sacerdote de aquella tierra. Yo no creía en Dios ni buscaba una experiencia de misión; iba por filantropía, aventura y por conocer mundo. Llegué creyendo que era autosuficiente, que entendía los problemas de esa gente y que los iba a solucionar rápidamente, con mucho ego…
—Y entonces se encontró con la realidad.
—Mi mentalidad se desmoronó muy rápido. Burundi es el país más pobre del mundo en lo material, pero descubrí que esa pobreza se transfiguraba en una inmensa riqueza espiritual. Mi lógica se rompió al ver cómo personas que no tienen nada viven de forma tan plena y feliz. Además, me impactó profundamente el testimonio de las Misioneras de la Caridad cerca de la frontera con Ruanda; tras haber vivido el genocidio, transmitían una alegría y una paz en los ojos al darse a los demás que no provenía de ellas mismas. Tenía que haber algo más, otra cosa. Ahí comprendí que en la entrega el corazón se ensancha.
—¿Cómo gestionó esa vivencia a su regreso a España?
—Al volver a Madrid, sentimos que aquello no podía quedarse en un paréntesis estival. Fundamos la ONG Komera para poner en marcha proyectos de cooperación —comenzando por una escuela— y organizar voluntariados. Aunque seguí adelante con mi carrera de abogado, Burundi permaneció durante años como un ancla constante que me recordaba dónde había sido feliz.
—¿En qué momento se consolidó su conversión espiritual?
—Ocurrió en 2018, diez años después de aquel primer viaje. Tras una serie de acontecimientos personales, pasé dos años continuados en Burundi trabajando en proyectos de desarrollo; fue una etapa de enorme riqueza espiritual donde asenté las bases de mi conversión. Más tarde, compaginé estancias entre España y Burundi creando experiencias de misión para jóvenes e involucrándome en el movimiento Hakuna.
—¿Qué labor concreta están realizando sobre el terreno con Komera y Hakuna?
—Con Komera, desarrollamos proyectos de educación, hospitales, pozos, placas solares y emprendimiento. Con Hakuna, tras un viaje con don José Pedro Manglano, asumimos la pastoral de la capilla de la universidad. Además, estamos abriendo una Maternidad, que es un ámbito crítico en el país, dado que el parto es la segunda causa de muerte en Burundi y uno de cada diez nacimientos acaba con el fallecimiento de la madre o del bebé. Ellos ya tienen una fe fuerte y arraigada, y nuestro propósito es acercar esa fe mostrando un Dios amigo y cercano, no lejano ni castigador, como a veces lo perciben.
—¿Qué supone dar el paso definitivo de marchar como el primer misionero ad gentes de Hakuna?
—Es lanzarme a la piscina para vivir esta llamada de forma plena y no a ratitos. Me marcho en enero, solo y sin comunidad propia, pero muy agradecido por todo lo que Dios hace en mi vida y con el deseo de servir de puente para que más jóvenes vivan esta realidad.
—¿Siente que ha sido la propia misión la que le ha terminado evangelizando a usted?
—Totalmente. Yo me siento apenas un aprendiz. La propia naturaleza de Burundi, sin electricidad ni teléfonos, te conecta con la creación originaria y te abre de por sí a la trascendencia. Espiritualmente, es un aprendizaje continuo de las Bienaventuranzas encarnadas: vivir al día en abandono, pobreza de espíritu y agradecimiento. Uno no va a evangelizar a nadie con superioridad, sino a ponerse en primera fila allí, ante el Evangelio vivo.





