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Arena

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar una enorme roca cuesta arriba para ver, tocada la cima, cómo caía hacia abajo, obligándole a repetir la misma tarea durante la eternidad. Es mito sobre el que vuelven cada dos por tres los filósofos para ilustrar sus idas y venidas sobre la condición humana. Y uno piensa que quizá no hagan falta demasiadas filosofías para verlo: bastará con acercarse a cualquier playa y observar cómo los niños —y sus padres— construyen un castillo de arena.

El adulto cava un foso, erige las murallas, apisona las torres, traza la planta de su ciudadela, construye pequeños sistemas para contener las embestidas del mar y, si es muy pro, diseña sistemas hidráulicos para traer agua. Si los niños quieren almenas, almenas; si piden conchas, conchas; mientras él corrige los desniveles adoptando la gravedad del aparejador. Se afanan todos como si levantaran Burgos y, sin embargo, saben que eso por lo que llevan sudando la tarde no llegará a mañana; con suerte sobrevivirá a la cena. Será el mar, cualquier chiquillo corriendo o los mismos críos que lo reducirán a un montón de arena informe. Tanto trabajo para nada.

O para casi todo, pues cuesta encontrar una miniatura más exacta de la vida. Somos nosotros quienes levantamos casas que habitarán otros, escribimos libros que acabarán descatalogados, fundamos empresas que nuestros herederos dilapidarán, plantamos árboles que se talarán, acumulamos objetos antes de que se oxiden, ordenamos fotografías que no miramos pero que echaremos de menos cuando se borren, educamos hijos que se marcharán y construimos reputaciones que apenas resistirán un par de generaciones. Nos dejamos la piel como si todo estuviera llamado a permanecer, cuando lo cierto es que todo, todo, todo caduca. Al menos, me digo, nuestros hijos se divierten mientras lo hacen. Y quizá esté ahí, y no en ningún otro lugar, la clave para vivir como se debe.  

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