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La épica de lo cotidiano

Nunca he sido esa amiga cuya vida parece una comedia romántica de Hollywood. Una vida plagada de nudos en la trama, de amores que llegan con la primera copa y desaparecen con el taxi de vuelta, de anécdotas inverosímiles en fiestas ajenas y enredos en el trabajo. Por eso, alguna vez me he encontrado en blanco ante la pregunta «Y, ¿qué tal tú?», repasando mis novedades vitales y confirmando la escasa épica posmoderna de mi historia reciente.

Las obras culturales que abundan en esta época son aquellas llenas de conflictos, de excesos, de relaciones encadenadas, de traiciones. Y una mira de reojo su existencia común, cuyas horas se mecen entre una bendita rutina y unos giros de guion basados en relaciones valiosas, pinchos de tortilla y el sumidero atascado de la cocina y, claro, puede llegar a pensar que lo que tiene entre manos en este viaje de ida no merece ni unas líneas.

Sin embargo, a mí siempre me han atraído esas vidas en las que no pasa nada. Entendiendo «nada» como el transcurso corriente de aquel que va aprendiendo a responder a las grandes preguntas a través de lo minúsculo: de la conversación con un anciano en el autobús, de la delicia de un plato de su madre, de la actitud de su amigo ante un infortunio. Me interpela más profundamente la épica de lo cotidiano —nunca exenta de emoción y desventuras—, siendo consciente de que la respuesta a la pregunta «Y ¿qué tal tú?» no quedará muy sugerente.

Escuchaba hace poco al filósofo Diego S. Garrocho hablando de la dignidad de las vidas normales, como la de sus padres: «Ahora me doy cuenta de que esa medianía no es fruto de una mediocridad sino de una decisión, de una temperancia en los deseos vitales, y de que es dificilísimo conseguirla».

Las vidas serenas también son dignas de ser contadas, aunque en ellas no pase nunca nada —o precisamente por eso—. 

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