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Ángel Cordovilla, decano de la Facultad de Teología de Comillas

Ángel Cordovilla, decano de Teología de Comillas: «No se puede entender la Iglesia de hoy sin los teólogos del siglo XX»

El primer no jesuita en ocupar el cargo en 120 años de historia señala como uno de los grandes retos el diálogo con otras ciencias y con la sociedad

Ángel Cordovilla es desde el pasado mes de marzo el nuevo decano de las facultades de Teología y Derecho Canónico de la Universidad Pontificia Comillas. Es el primero no jesuita en 120 años de historia, aunque comparte misión e identidad. Ha sido vicedecano, profesor, tutor, responsable de Investigación y director de departamento y, por lo tanto, conoce bien la sala de máquinas de la facultad, que ahora tiene que dirigir él.

—Es usted el primer decano no jesuita de estas facultades. ¿Qué lectura podemos hacer de esta circunstancia?
—Hay dos cuestiones. La primera es que hay menos jesuitas disponibles y, por lo tanto, poco a poco, en todas las instituciones de la Compañía de Jesús van entrando no jesuitas en cargos de responsabilidad. Pero ahora viene la segunda: compartimos al 100 % la misión de la Compañía de Jesús. Lo que de verdad importa a los jesuitas es la misión y no tanto la persona que la lleve a cabo. 

—¿Cómo han sido estos primeros meses?
—Muy intensos, porque he querido coger rápidamente el ritmo de la institución. He sido corredor de fondo, de maratones y media distancia, y no me gusta ir detrás. Por eso, en cuanto he podido, me ha gustado tomar las riendas. Estoy contento. El balance es bueno.

—¿Cuáles son los desafíos de una facultad de Teología?
—Señalaría tres. El primero: tener alumnos. Si no hay un número adecuado de alumnos, no hay facultad. Y me refiero al número de alumnos en enseñanzas regladas, más allá de la actividad formativa a través de conferencias, charlas… El segundo: un profesorado cualificado y dedicado a la teología. Para mí, este es uno de los mayores desafíos del futuro. Y el tercero: el diálogo con la sociedad y con otras ciencias. Está relacionado con los anteriores, pues sin alumnos ni un profesorado con capacidad para un pensamiento creativo propio, no puedes tener un diálogo con la sociedad. Solo eres un centro de formación, una academia. Una facultad de Teología debe tener capacidad de dialogar con las facultades de su entorno, con otras ciencias y con la sociedad. En el caso de Comillas, añadiría uno: la confluencia en un trabajo común y compartido de las tres facultades de Teología jesuitas de España.

—Usted es crítico con la investigación teológica que se hace en España. ¿Por qué?
—No encaja la cantidad de centros que tenemos ni el número de profesores con la investigación. Y no hablo del impacto de esa investigación… Por ser justo, tengo que reconocer que en la investigación en el momento primero, a nivel de tesis doctoral, hay muy buenos trabajos. Por ejemplo, cuando estuve haciendo la tesis doctoral en el Colegio Español de Roma, conocí a más de 30 sacerdotes haciendo investigaciones buenísimas. El problema es que, cuando aterrizan en un centro teológico, tienen que dedicarse a muchas cosas, además de otras responsabilidades en la diócesis y tareas pastorales. Ya es un milagro que puedan hacer buenos apuntes, y unos apuntes no son investigación. Y si no hay investigación, no hay facultad, porque no hay universidad. Cuando digo que en el futuro se tendrán que cerrar facultades de Teología no quiero decir que se supriman los centros teológicos o los centros de formación, sino que se diferencie bien el lugar que irradia saber y se hace una cierta reflexión de una facultad, donde ha de haber investigación. 

—¿Por qué es tan importante?
—Pongo un ejemplo. Uno ve la historia de la teología del siglo XX, que es la gran teología que ha alimentado la vida de la Iglesia y la pastoral en las últimas décadas, y se da cuenta de que fue posible gracias a aquellos que dedicaron su vida a investigar: Congar, Ranner, Von Balthasar, Ratzinger… No se puede entender la vida de la Iglesia de hoy, del siglo XXI, sin las grandes síntesis creativas teológicas de los grandes teólogos del siglo XX. Es cierto que la teología debe ir luego acompañada por una pujante vida cristiana, por una sensibilidad y un diálogo con la sociedad, pero no se le da el valor que realmente tiene.

—La teología marca el camino de la Iglesia…
—No hay reforma de la vida de la Iglesia que no haya estado acompañada de una renovación del pensamiento teológico. Teología y reforma van de la mano y esto se puede ver incluso desde los primeros siglos. A veces, es la vida de la Iglesia la que va por delante y la que provoca que la teología tenga que dar un paso hacia adelante. En otras es la teología la que, desde su trabajo, lógica y pensamiento, hace que la Iglesia avance.

—¿Se tiene en cuenta la teología a nivel social?
—Cuando un profesor de Teología quiere acreditarse lo tiene que hacer a través de Filosofía. Es como si los estudios religiosos no existiesen. Esto es significativo. Además, en España se tomó la decisión de sacar la teología del ámbito público de la universidad. La teología se exilió hacia adentro. Probablemente, los obispos querían defender la autonomía y la libertad de los estudios teológicos frente al poder político, pero esto pone límites, como la desaparición de la teología en el ámbito de la universidad pública o estatal. Y hay otro condicionante más, que tiene que ver con la imagen que tienen de la teología algunos científicos o filósofos: se piensan que es una especie de catecismo de los años 50. De nuestra parte, a veces, hay poca creatividad.

—¿Cómo vive una facultad de Teología la muerte de un Papa y la elección de uno nuevo?
—Como una misión, pues realizamos un gran trabajo con los medios de comunicación, que pedían expertos. Vivimos con dolor la muerte de Francisco y con gozo y alegría la elección de León XIV.

—¿Le ha sorprendido algo del nuevo Papa?
—Su tranquilidad. Es muy diferente a Francisco en la forma de gobierno y, sin embargo, hay una continuidad en el fondo. Va a continuar con las reformas. Lo que hizo Francisco fue acelerar los cambios, lo que va a hacer León XIV es profundizar y clarificar canónicamente en la vida de la Iglesia y en la comunión eclesial esos cambios. 

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