Antonia no ponía la X a favor de la Iglesia en su declaración de la renta al comienzo de Un viaje Por Tantos. Tras conocer su labor social y espiritual, ha comprobado que, «si no lo haces, la cantidad de gente que se queda desamparada es enorme». Además de marcar la casilla, medita hacerse voluntaria
muchas personas están solas y la
Iglesia es quien se encarga de ellas»
Antonia García fue una de las 200 personas que se inscribieron para participar en la iniciativa Un viaje Por Tantos. Esta campaña, impulsada desde el Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal, seleccionó a quince solicitantes de distinta procedencia, edad y trabajo para mostrarles la ingente labor social y espiritual que la Iglesia católica lleva a cabo cada día gracias a la asignación tributaria de los españoles, así como al tiempo y el esfuerzo de sus voluntarios y profesionales. El único requisito establecido para participar en Un viaje Por Tantos era que, hasta la fecha del mismo, los postulantes no hubieran marcado la X a favor de la Iglesia en sus respectivas declaraciones de la renta. Según los organizadores, las motivaciones esgrimidas para no señalizar la casilla 105 del IRPF iban desde la «desconfianza» a «no fijarse», pasando por el hecho de «no ser creyente», el «desconocimiento», «no tener una buena imagen de la institución», por «asignar ya a las ONG», «falta de interés», «no saber a qué se destina el dinero», o porque «no considera que la Iglesia haga una labor fundamental en la sociedad».
En el caso de Toni, como le gusta que se refieran a ella, no asignaba el 0,7 % de sus impuestos a proyectos de la Iglesia por «no creer en las organizaciones». A sus 57 años, esta profesora de inglés ha dejado la enseñanza porque «los niños a partir de cierta edad y los adolescentes desgastan mucho» y ahora se dedica a crear contenido digital sobre decoración. Sus compañeros de viaje fueron siete hombres y siete mujeres de edades comprendidas entre los 19 y los 61 años y sin relación alguna entre ellos, con trabajos de comercial, médico, coordinadora, psicóloga, ilustrador, camarera, animadora infantil, transportista y diseñadora gráfica, tres con ocupación como estudiantes, más una persona dependiente y otra en situación de desempleo.
Un viaje Por tantos mostró a los quince participantes una labor tan esforzada como desconocida, cambiando la percepción que todos y cada uno tenían sobre la Iglesia, los sacerdotes y las religiosas. Como sucedió con Toni, la gran mayoría reconoció, tras vivir esta experiencia y comprobar de primera mano cómo se ayuda a las personas más necesitadas, que ahora está abierta a marcar la X a favor de la Iglesia en la declaración de la renta.
El itinerario que obró esta transformación comenzó en Guadalajara el pasado 19 de febrero, donde los viajeros pudieron comprobar de primera mano la importancia que tiene la Iglesia para que los mayores de la España vaciada no queden abandonados a su suerte. Con posterioridad, el autobús hizo doble parada en Alcalá de Henares —para visitar una casa de acogida a personas sin hogar— y en un Centro de Orientación Familiar de Segovia. El miércoles 21 de febrero visitaron el Hogar Don Orione de Pozuelo de Alarcón, donde se cuida y atiende a más de un centenar de personas con discapacidades severas y gran dependencia. En Getafe, fueron testigos de la ayuda que brinda la pastoral penitenciaria a las personas encarceladas para facilitar su reinserción social, finalizando el viernes, 23 de febrero, en un centro de ayuda a mujeres víctimas de violencia en Toledo. En total, 1.200 kilómetros que derribaron mitos, desterraron prejuicios y les abrieron a una donación que, sin duda, ayudará a mejorar la vida de muchas personas vulnerables.
El día en que se realizó esta entrevista —al final del viaje—, Toni celebraba su cumpleaños junto a sus compañeros.
¿Qué ha supuesto para usted este viaje?
Muchas cosas. Para empezar, me lo he pasado de maravilla. El grupo ha sido maravilloso, tan diverso… con edades distintas y profesiones tan distintas… Me da pena irme, con eso creo que lo digo todo. He llegado a pensar: «¿Y no podemos hacer otro viaje el mes que viene?». Bromas aparte, estoy asombrada de cómo hemos podido congeniar personas tan diferentes, y la explicación puede estar en que esta ha sido una experiencia que nos ha marcado mucho a todos. Nos une algo muy chulo: hemos visto cosas muy duras y muy difíciles y eso une a la gente. Estoy convencida de que los grupitos que hemos hecho vamos a tener contacto durante mucho tiempo.
¿Por qué decidió apuntarse a Un viaje Por Tantos?
Tenía mucha curiosidad por ver lo que en realidad está pasando ahí fuera, en el mundo, en la sociedad, porque en el día a día no tenemos ninguno de estos casos cerca y no sabemos cómo se trata, cómo se ayuda y se apoya. Además, me parecía muy interesante que el viaje se compartiera entre quince personas que no nos conocíamos de nada, porque, si vas con gente que conoces, las ideas preconcebidas y los prejuicios pueden hacer que se influencien unos a otros. Pero de esta manera es imposible, es más fácil ser tú mismo.
¿Cuál de estas experiencias considera que le ha marcado más?
Lo que más me ha cambiado es la visita al hogar para personas con discapacidad Don Orione. Recuerdo que, antes de entrar, ya le dije a un compañero: «Voy a salir de aquí hecha polvo, esto sí me va a tocar la fibra muchísimo», y resulta que fue todo lo contrario. Nada más entrar, vi a Tomás, que es uno de los usuarios que tiene discapacidad visual y que, además, apenas puede moverse; estaba sentado, sonriendo, diciendo «hola», tirando besos… Y pensé: «Esto no tiene nada que ver con lo que me imaginaba». Me imaginaba que iba a ser todo muy triste —y, en cierto modo, lo es, porque hablamos de situaciones muy duras y dramáticas—, pero ellos están tan felices. No me quito a Tomás de la cabeza: le ayudamos a andar, me daba besos, me ponía la cabecita para que se la acariciara… Estuve ayudando a Eduardo a mover las poleas, me enseñó sus pulseras. Me dio mucha pena marcharme de allí. Salí con una idea completamente distinta de la que había entrado. Fue una maravilla, me encantó.
¿En algún momento se ha sentido identificada con alguna de estas personas vulnerables?
Sí, especialmente en el Centro de Orientación Familiar, de Getafe, donde se gestionan temas de salud mental. Me impactó mucho, porque yo estuve muy cerca de la situación que tenía una de las personas que fue a pedir ayuda allí; viví algo parecido y esto me hizo identificarme mucho con ella. También me sorprendió para bien que Noelia, la psicopedagoga, nos comentara que allí se aceptaba y acompañaba a personas de todo tipo, que no tenías que ser creyente o cristiano para poder utilizar ese recurso. Que te cuidan y te dan toda la dignidad como persona. Un centro que, por otra parte, casi nadie sabe que existe, cuando hay mucha gente que lo necesita.
Como se preguntó el papa Francisco en una visita a la cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?»…
Viví una experiencia similar a la de Don Orione en el centro de acogida a personas sin hogar. Era un lugar diferente a lo que yo me esperaba, que era un sitio más triste, lúgubre, con una vibra más negativa, descuidado, con suciedad, no muy ordenado… Y me llevé, otra vez, una grata sorpresa, porque estaba limpio, no, lo siguiente: los baños perfectos, las camas bien hechas, con sus edredones impecables… Y cuando estábamos visitando a los usuarios, pensé que cualquiera puede verse en esta situación. No hay una verdad más cierta: por mucho que una esté bien ahora, que tenga todo y no crea que le pueda pasar algo así, que se vaya a quedar con una discapacidad o sin dinero y en la calle, en eso no piensas hasta que no lo ves de cerca o directamente te ocurre. Por eso, opino que está muy bien verlo tan de cerca antes de que te suceda algo así. Puedes tener que emigrar a otro país, que no tengas dinero, que no conozcas a nadie allí… Necesitamos estos sitios y esta atención a las personas.
¿Qué le ha parecido el trabajo de los voluntarios?
Impresionante. Me acuerdo, por ejemplo, de Mari Carmen, en el centro de reinserción de los presos, que lleva más de veinte años como voluntaria dedicada a las cárceles. Y piensas: «¿En ningún momento, en veinte años, esta mujer se ha cansado y ha pensado ya no lo hago más?». Está claro que esta labor proporciona un beneficio interior —sentirte bien al ver que estás ayudando—, pero volver a moverte cada semana, cada día, ir a una cárcel y a otra, poniendo su gasolina y su coche… ¿Veinte años? ¿De verdad somos capaces de valorar lo que supone eso? Fue un testimonio que me tocó muchísimo.
¿Cuál era el motivo por el que no marcaba la X a favor de la Iglesia en su declaración?
El motivo principal es que no tenía ni idea de qué iba el asunto ni a qué iba el dinero. Sabía que iba para la Iglesia, pero no pasaba de ahí. Yo pensaba que el Estado ayudaría…
¿Y qué ha descubierto al profundizar en ese desconocimiento?
Por ejemplo, el padre Emilio, que con solo 27 años acompaña a los ancianos en la España vaciada en Guadalajara, nos contó que sus sueldos se pagaban con aportaciones de la Conferencia Episcopal y con el dinero que se obtiene de marcar la X en el IRPF; he visto que las ayudas que se dispensan en la mayoría de estos sitios se financian con la casilla de la Iglesia y entonces he pensado: «Ostras, si cero personas marcan la X, ¿cómo se va a poder llevar a cabo esta ayuda? ¿Cómo se va a ayudar a Gregoria, o a Tomás, o a estas cien personas con discapacidad de Don Orione? ¿Cómo se va a pagar a sus fisioterapeutas y atender sus necesidades? Si nadie marcara la casilla de la Iglesia, ¿de dónde saldría ese dinero que necesitan estos proyectos? Porque, por lo que yo he visto, el Estado no hace mucho…
¿Queda algo de los prejuicios con que comenzaste esta andadura?
He visto de primera mano la labor que hace la Iglesia; ahora veo que un gesto minúsculo, tan pequeño como marcar una cruz, puede hacer cosas muy grandes. Pero de esto, claro, te das cuenta cuando lo ves así, cuando lo ves aquí. Hay que quitarse todos los demás prejuicios, lo que dice la gente en la calle, ya sabes, el cliché: que si el Vaticano no sé qué… Hay que olvidarse de eso, porque lo que verdaderamente cuenta es lo que hemos visto estos días. Casos de personas que están solas y que la Iglesia es la única que se está encargando de ellas. ¿Cómo Gregoria puede estar tan solita en su pueblo, con 80 años, y tenga que ser el padre Emilio quien vaya a verla, quien la lleve comida? ¿Cómo puede ser que no vaya un médico o una enfermera, alguien, que le lleve comida o que nadie más se interese por ella? Porque, si el padre Emilio no va en dos semanas, ¿qué pasa con Gregoria?
¿Se plantearía, entonces, empezar a marcar la X a favor de la Iglesia en su declaración de la renta?
Después de este viaje, no puedo mantenerme en lo mismo de antes, porque he visto que, si no marcas la X, hay mucha gente que se queda desamparada. También he descubierto que uno no pierde nada por marcarla y que, a cambio, estás dando mucho al hacerlo. Además, esa es otra confusión que tiene la gente y que yo misma tenía: pensar que cuesta dinero marcar la casilla. ¡Si encima de ayudar tanto no cuesta nada! Después de esta semana, sé que cuando marque la casilla lo haré pensando en Tomás, en Gregoria… y en todos los demás que no conozco. Piensas: «¿Por qué no voy a hacerlo?». Si, además, estoy pensando hasta en hacerme voluntaria… No puedo decir más. Es un gesto muy pequeñito que no te cuesta nada y que sirve para hacer cosas muy grandes.








