Carlos Martínez Oliveras es misionero claretiano y coordinador del Servicio de Publicaciones de la Conferencia Episcopal Española
El pasado 3 de octubre, el rey Carlos III eligió a Sarah Mullally, hasta entonces obispa de Londres, como nueva arzobispa de Canterbury en sustitución de Justin Welby. Esta noticia ha llenado de columnas la prensa patria hasta incluso ser fotografía de portada de una de las cabeceras más importantes de este país nuestro tan querido que es España. Las noticias han destacado su condición de mujer, casada con hijos, su pasado profesional, el reconocimiento religioso del matrimonio de personas del mismo sexo y, lógicamente, el rol eclesial que desde ahora le tocará desempeñar. El episcopado católico británico y el propio Vaticano desde el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos han reaccionado con la corrección y cortesía propias que corresponde al respeto a la organización interna de cada Iglesia y comunión eclesial con la que se relaciona. Una prueba más de ello ha sido la histórica y solemne celebración litúrgica del Papa y el rey Carlos III en la Capilla Sixtina el pasado 23 de octubre, culminada con el nombramiento del monarca como Cofrade Real de la Basílica de San Pablo Extramuros bajo una cátedra que llevaba el escudo real y la inscripción ut unum sint (para que sean uno).
Aquí quiero destacar dos aspectos que me parecen que pudieran haber pasado un poco más desapercibidos: se trata de una decisión que complica el camino ecuménico no solo con Roma, sino con las Iglesias ortodoxas y, además, agrava una situación interna dentro de la Comunión anglicana.
Ruptura de la comunión ad intra
La elección de una mujer como sucesora de san Agustín en la sede de Canterbury supone consecuencias gravísimas para la comunión interna de la propia Comunión anglicana. El presidente de la Global Anglican Future Conference (GAFCON), Laurent Mbanda, que aglutina a una significativa parte del anglicanismo del así llamado Global South, afirmó inmediatamente después de la noticia: «La mayoría de la Comunión anglicana sigue creyendo que la Biblia exige un episcopado exclusivamente masculino. Por lo tanto, su nombramiento hará imposible que el arzobispo de Canterbury sirva como foco de unidad dentro de la Comunión». Ya antes habían tenido problemas con Justin Welby y el reconocimiento del matrimonio religioso de las personas del mismo sexo, lo que había llevado a una especie de cisma de facto y al no reconocimiento de la figura y el rol del mismo arzobispo cantuariense. Está situación se venía arrastrando desde los inicios del siglo XXI con la aprobación y ordenación de obispos y obispas abiertamente homosexuales y el reconocimiento del matrimonio homosexual —incluidas bendiciones litúrgicas— en algunas provincias de la Comunión anglicana.
El papel del arzobispo de Canterbury es un papel delicado, porque él es el obispo de una diócesis (Canterbury), primado de una de las dos provincias de la Iglesia de Inglaterra, presidente de la Comunión anglicana a nivel mundial y ejerce el papel de representación de todos los anglicanos a nivel ecuménico. En esta compleja y amplia panorámica de funciones, posee varios niveles de compromiso. La Iglesia de Inglaterra tiene la responsabilidad de sostener a todas las provincias en la unidad y mantener el respeto frente a los problemas que puedan surgir.
Esta elección ha conllevado a una situación de declaración abierta de la fractura de la comunión dentro de los anglicanos, algo que siempre es mala noticia para el resto de los interlocutores ecuménicos. Dicho «cisma anglicano» se verificó el pasado 16 de octubre con una carta del presidente de GAFCON en la que animaba a las provincias a romper la comunión con la sede de Canterbury y la Iglesia de Inglaterra, dejaba de reconocer los instrumentos de comunión y anunciaba la creación de un Consejo de Primados, de los que se elegiría un nuevo primus inter pares alternativo a la arzobispa de Canterbury.
Relaciones con la Iglesia católica
Algunos pueden pensar que poco o casi nada ha cambiado en referencia a las relaciones anglicano-católicas. Ya antes había obispas en diversas provincias de la Comunión anglicana e incluso en la Iglesia de Inglaterra. No obstante, hay algo que no se puede olvidar. Para la Iglesia católica existen dos razones, una de carácter eclesiológico (episcopatus unus et indivisus) y otra de carácter histórico que afectan y afectarán al nivel de diálogo y horizonte de futuro ecuménico. Me detengo en esta última.
El mismo cardenal Kasper, por entonces presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, así lo reconocía cuando se dirigía a los obispos de Inglaterra en junio de 2006 y exponía la singularidad cualitativa que tiene la Church of England por su origen, por la posición de su primado dentro de la Comunión anglicana y por la importancia de sus decisiones en la configuración de las líneas de futuro en el diálogo ecuménico:
«La Iglesia católica ha percibido a la Iglesia de Inglaterra como aquella que ha de jugar un papel único y singular dentro de la Comunión anglicana. Es la Iglesia de la que el anglicanismo deriva su continuidad histórica y a quien las divisiones del siglo XVI le atañen especialmente. Es la Iglesia guiada por el arzobispo de Canterbury quien, en palabras del Informe Windsor, es “el instrumento crucial y el foco de la unidad” dentro de la Comunión anglicana. Otras provincias han entendido estar en comunión con él como una “piedra miliar de lo que es ser anglicano” (n. 99) […]. Para nosotros, la Iglesia de Inglaterra no es simplemente una provincia entre las otras; sus decisiones poseen una particular importancia para nuestro diálogo y confieren una fuerte indicación de la dirección hacia la cual la Comunión se dirige como un todo».
Ha sido, pues, la Iglesia madre, la Iglesia matriz de la Comunión anglicana, quien ha comprometido su vida y su futuro. Bien es cierto que la peculiar estructura de la Comunión anglicana está basada en una federación de más de 40 provincias vinculadas por importantes lazos de afecto y un sustrato común teológico, litúrgico y espiritual, pero cada una con un primado, cada una completamente autónoma en sus decisiones, disciplina y órganos de gobierno. Por esa razón, ante esta gran pluralidad de expresiones y tradiciones, en el arzobispo de Canterbury tienen una cabeza visible, un primus inter pares que, entre otras misiones, es responsable de las relaciones ecuménicas con el resto de las confesiones cristianas y, por tanto, el interlocutor principal del Papa de Roma.
La nueva situación creada debilita las relaciones ecuménicas, confirma la imposibilidad de llegar a una plena comunión eclesial visible en el futuro y abre un escenario de incertidumbre donde veremos si la Iglesia católica comienza un diálogo y relación ecuménica paralela con la «nueva comunión anglicana» de GAFCON. Time will tell. God only knows.








