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«Yo soy un milagro»: la historia de Moisés y los canillitas

«Yo soy un milagro»: la historia

de Moisés y los canillitas

Este 21 de septiembre Moisés ha cumplido 14 años. Lo ha hecho lejos de su familia por primera vez. Porque es la primera vez que abandona su ciudad natal, Santo Domingo, que monta en avión y cruza el charco. Tenía un buen motivo: estaba en el Palacio de la Prensa de Madrid presentando el documental Canillitas de Raúl de la Fuente, y que él protagoniza junto con sus inseparables amigos Cristóbal y Edwin. Lo promueve Misiones Salesianas. Los tres adolescentes ponen rostro a los cientos de miles de niños que trabajan en la calle para ayudar a sus familias, en muchas ocasiones a escondidas. 

Moisés viaja con Karen, su tutora en esta gira por Europa y directora del programa salesiano con Don Bosco Canillitas. Alucina con los edificios madrileños, todos del mismo color, con este «frío» de septiembre. «¿Por aquí hay aire acondicionado?» le pregunta a Karen en plena calle. Se pone tenso cada vez que su tutora saca el móvil para hacer alguna foto, en su país es impensable hacerlo sin que te lo roben. Allí impera en la práctica la ley de la calle. Moisés está acostumbrado a la violencia, a la sospecha, a la miseria. Como todos sus amigos, se ha hecho adulto a marchas forzadas. Es la realidad que se encontró el misionero salesiano Juan Linares, al llegar a la capital de la República Dominicana: «Multitud de niños que gritaban en las calles, vendían maíz, cacahuetes, limpiaban zapatos». Poco tiempo después fundó Canillitas, dentro de la misión de Don Bosco. Pidió a dos jóvenes voluntarios un estudio sociológico de los niños de Santo Domingo, a empresarios que ayudaran con anuncios en televisión. Decían así: «Ves un niño limpiando zapatos, nosotros vemos un ingeniero». Linares estaba convencido de que estos menores no son delincuentes, sino víctimas de una sociedad de maltrato.

El objetivo del proyecto es sacar a los niños de la calle, que dejen de trabajar. Es una decisión que muchos de ellos toman por decisión propia, cuando descubren una propuesta más interesante, «un mundo diferente que les encanta», en palabras de Karen. Lo que les ofrecen es un lugar en el que estar, al que pertenecer. En el centro aprenden a estudiar, van al teatro, al parque… pero también aprenden a quererse a sí mismos. Explica Karen que se dan cuenta de que «aunque no sepan leer, pueden pintar algo muy bonito». Un buen síntoma es que el centro se llena de ruido, porque significa que vuelven a ser niños. El cambio se aprecia incluso en la forma de jugar: «Los muchachos nuevos se pelean y sale otro y les dice que aquí no se pelea, están acostumbrados porque en la calle hasta el juego es violento», señala la directora del programa.

Moisés pidió entrar en Canillitas por recomendación de su amigo Cristóbal, compañero limpiabotas. Aprendió el oficio, a escondidas de su madre, para ayudar a pagar las medicinas de su abuela. Vive en La Ciénaga, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, junto a su madre y su hermana. Sus hermanos mayores se han ido de casa, su abuela acaba de fallecer, de su padre no habla. Cada noche al volver de trabajar su madre le pega, pero él lo sigue haciendo. Aunque cada vez le dedica menos tiempo, porque prefiere pasar las tardes en Canillitas. La Ciénaga, dice Moisés, «es un poco peligrosa, cuando llueve se mete el agua en la casa, hay tiroteos, peleas de bandas, no pueden salir los muchachos a jugar». 

En Canillitas le dan de comer, le ayudan con los deberes, le dejan jugar. Por eso, en cuanto se enteró de que su amigo Cristóbal participaba del programa, Edwin y él fueron detrás. Lo ha contado él mismo en ECCLESIA: «El proyecto Canillitas lo conocí yo porque Cristóbal me hablaba siempre de él, me decía que te tratan muy bien. Y yo le pedí a uno que se llama José Luis que me apunte, que me apunte. Hasta que apuntaron a mi hermano, que mi hermano es un poco más grande que yo. Y después le pedí a mi mamá que tuviese la diligencia de apuntarme a mí también». Antes de eso, hace cuatro años, su día a día era muy diferente. Iba a la escuela por la mañana, volvía a casa a bañarse y comer. Por la tarde se iba al malecón hasta bien entrada la noche en busca de clientes. 

Los tres amigos, Moisés, Cristóbal y Edwin, lo comparten todo, hasta las ganancias como limpiabotas. Han trabajado siempre juntos para protegerse porque «hay gente que te dice groserías, llaman a los policías para que te agarren hasta que lleguen tus padres», dice Moisés. Tienen la libertad de corregirse entre ellos.  «Van creciendo juntos —señala Karen, que les acompaña de cerca desde hace ya cuatro años—  es una cosa que me parece preciosa». Para ellos ha sido un regalo poder grabar juntos este documental sobre un proyecto que tanto quieren. Han rodado muchas horas, también por la noche. Han mostrado sin tapujos y con total sinceridad cómo es este trabajo de limpiabotas. Karen, que estuvo con ellos en todo momento detrás de las cámaras, recuerda una ocasión en la que Edwin se molestó durante el rodaje porque estaban grabando muy cerca de una zona en la que tiene muchos clientes, llena de gente. Quería quedarse allí más tiempo para trabajar, pero al final se fio de sus amigos, que le decían «espérate, que le estamos haciendo un trabajo a Canillitas».

Es un argumento imbatible, porque Canillitas les ha cambiado la vida. Moisés no duda: «Soy una persona que no era antes de entrar a Canillitas. Soy mejor, he aprendido muchas cosas que yo no sabía. Yo no tenía en mente que podría hacer todo eso». En esas tardes de estudio, Moisés ha descubierto su pasión por el judo y el béisbol, se le ilumina la cara al hablar de ello. Disfruta también de los paseos y la barbacoa. 

Lo que no tiene muy claro todavía es qué quiere ser de mayor, como todo adolescente, cada día dice una cosa. Ha pasado por doctor, artista y, ahora, abogado. De momento, gana esta última, porque «si un día meten a una gente presa sin deber, yo los puedo sacar; o si una gente le quieren quitar su casa donde viven, yo puedo ser la diligencia de que no se la quiten». Karen le escucha con orgullo de madre, después de tantos años ella sabe que el sueño de Moisés es posible. Porque los canillitas, una vez que han aprendido a ser niños crecen, y cuando llega la hora, entonces sí, se convierten en adultos hechos y derechos. Karen ha podido asistir a muchas graduaciones escolares de chavales que llegaron al proyecto sin saber leer ni escribir. Y lo más gratificante, se ha encontrado profesionales, casados y con familia, con buenos trabajos, que le han dicho «yo fui canillita».

Tras la presentación en Madrid, Moisés tiene todavía un largo viaje por delante: Roma, Bruselas… y otras doce ciudades españolas antes de regresar a Santo Domingo. Cada noche llama entusiasmado a casa, aunque no acaba de acostumbrarse al cambio de hora. Uno de estos días contará que ha estado con el Papa, con el que tiene una audiencia prevista.

Durante la promoción del documental, el salesiano Juan Linares no se cansa de repetir que las vidas de estos chicos están llenas de milagros. Ante la pregunta de qué milagros ha visto, Moisés no duda ni un segundo: «Yo ya soy un milagro». 

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