El popular presentador de televisión publica Lucas, el evangelista de los invisibles, un estudio riguroso y muy bien documentado sobre el cronista que acompañó a san Pablo hasta el final
El popular presentador de televisión Christian Gálvez (Móstoles, 1980) emprendió hace ya tiempo una sólida carrera como escritor y divulgador de historia. Una vía que, como su vida, le ha ido acercando cada vez más al Evangelio. Consolidado como una figura destacada en el panorama televisivo nacional, acumula ya años dedicados al estudio de grandes personajes de la humanidad, como Leonardo da Vinci o Miguel Ángel. Al igual que en su actividad profesional, su metodología como ensayista se caracteriza por combinar el rigor histórico con una narrativa accesible y envolvente. Tras publicar una novela histórica sobre el nacimiento del cristianismo, Gálvez presenta Lucas, el evangelista de los invisibles, en cuyas páginas explora con sensibilidad y profundidad la figura del cronista griego.
—San Lucas es el único evangelista que no era judío, lo que le proporciona, a él y a su texto, una visión diferente. Usted, incluso, escribe que «es un personaje fundamental en la historia del cristianismo»…
—Lo es, pero, siéndolo, lo que más me fascina de él es su humildad. Lucas es un cronista sutil que prefiere ser un actor de reparto, anotando todo lo que sucede a su alrededor. Si bien no creo que sea la figura más importante del cristianismo —más allá del propio Cristo—, sí creo que es quien le da importancia a las figuras más importantes. Lucas es diferente, porque tiene una visión y un público objetivo diferente. A diferencia de Marcos, Mateo y Juan, que se dirigían a un público judeocristiano, Lucas escribe para todos. Como comunicador visual que soy, me atrae su deseo de transmitir el mensaje a cuantos más, mejor. Además, su humildad se manifiesta en que cede el protagonismo al resto y en que nunca deja a Pablo solo —en eso recuerda a Juan, al pie de la cruz—. Es el Sancho Panza perfecto de la historia más grande jamás contada.
—¿Cómo influye en su investigación el hecho de que fuera un médico, un científico, una persona muy letrada que había sido formada en el mundo helénico?
—Lucas es un científico que cree a través de la palabra. Él no conoció ni escuchó a Jesús de Nazaret, sino que llegó a la fe a través de las palabras de Pablo. El apóstol tuvo visiones y manifestaciones, pero él no. Lucas se dirige al lugar de los hechos, según sus propias palabras, para constatar, documentarse, entrevistar y contar. En las primeras líneas de su Evangelio, afirma que, aunque muchos han escrito, él ha investigado los hechos diligentemente, y además los ha puesto en orden. Esto, a mi juicio, le da credibilidad. Su precisión se nota en la calidad de la narrativa, los detalles y la multitud de pasajes exclusivos que solo encontramos en su relato. Su estilo es diferente a los demás evangelistas; se recrea, tiene un gusto refinado, es muy ordenado y cronológico. Por eso, el mejor consejo para cualquier persona que quiera empezar a leer la Biblia es que lea su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, ya que Lucas es el único que cuenta la historia completa.
—El texto, además, se fija en los hasta entonces olvidados, especialmente en las mujeres…
—Lucas pone el foco donde otros no lo ponen: en los pobres, en los niños y, sobre todo, en las mujeres. Las eleva a un estatus de jerarquía horizontal con los apóstoles. Su documentación es clave para entender el rol de la mujer en el cristianismo primitivo. Por ejemplo, en su trabajo de investigación él tiene la obsesión de darle voz a María, quien habla con el Magníficat. Y hace justicia, pues la mujer fue esencial en el ministerio de Jesús de Nazaret y fue a ellas a quienes se presentó primero el Resucitado. Los textos de Lucas son fundamentales porque muestran cómo las mujeres sostienen las primeras comunidades cristianas.
—Su trabajo sobre Lucas se basa en la lectura profunda de su obra y la visita a los lugares donde se custodian sus reliquias. ¿Cómo ha sido este proceso de investigación, especialmente para un tema que formó parte de su novela histórica previa, Te he llamado por tu nombre?
—Ha sido similar al que usé con Leonardo da Vinci: dedicarme plenamente a leer a Lucas para forjar mi propia opinión, sin la visión subjetiva, manipulada por otros textos. He tratado de leerlos con la pureza y limpieza de los niños, preguntándome constantemente por qué y para qué se escribió cada frase. Luego, el trabajo de campo también ha sido muy importante. He visitado los tres lugares donde se guardan sus reliquias: Padua (donde está el cuerpo), Praga (donde está el cráneo) y Tebas (donde estuvo el primer nicho). He tenido la oportunidad de hablar con la gente de esos lugares, y ver cómo todos, a pesar de las diferencias entre ortodoxos, católicos, etc., convergen en el mismo respeto a su figura. También he frecuentado los textos que no apoyaban el mensaje del cristianismo naciente, como los de Flavio Josefo, y me apoyo en una amplia bibliografía en español, inglés e italiano.
—Usted regresó a la fe hace seis años. ¿Qué despertó en su interior este fuego? ¿Fue un momento concreto o un proceso más bien lento?
—Fue un proceso lento que comenzó gracias al amor de la que ahora es mi mujer, que es natural de Santiago de Compostela. Yo venía de mucha oscuridad, pero a través del amor y de entender sin juzgar recuperé la fe que había perdido. La vida es así: estuve a punto de iniciar el camino de la apostasía y terminé siendo converso otra vez. Antes de esto, yo ya venía de un camino espiritual previo, porque practico artes marciales y me había acercado a la filosofía japonesa y al sintoísmo, por lo que el proceso fue muy orgánico: de 8 millones de dioses, descarté 7.999.999 y me quedé con uno solo. En cuanto a momentos concretos, uno clave fue cuando mi mujer me llevó a Jerusalén. Sentí una espiritualidad brutal. Allí fue donde hice las paces con Él y le perdoné. No es que yo pueda o tenga que perdonar a Dios por nada, pero estaba enfadado con Él hacía mucho tiempo. Aunque creo que Él ya me había perdonado primero…
—Ha comentado que la fe es una historia sobre la esperanza, pero que lleva aparejado inexorablemente el sacrificio. ¿Qué implica esta aceptación del sufrimiento y el sacrificio en la vida de un creyente moderno?
—Al profundizar en las Escrituras, entendemos que Jesús no dice que todo va a ir bien. Dice que, cuando las cosas vayan mal, Él estará ahí. La historia de Jesús es la historia de saber cuánto estás dispuesto a sacrificar para la consecución del propósito.
—¿Cómo fue la reacción de su entorno más cercano tras su conversión, tuvo mucho rechazo en un sector profesional tan secularizado como la televisión?
—A mí me han dado palos siempre, y no me importa la opinión de los demás. La fe es una decisión personal, yo elijo creer y esta elección conlleva beneficios y consecuencias. Si eliges creer, aunque te quedaras solo —que no fue mi caso—, no estás solo, porque la fe ya es compañía, implica la compañía de Jesús. Además, no creo que sea algo que haya que esconder. El hecho de que yo decida creer no hace daño a nadie; al revés, creo que me hace ser mucho mejor persona de lo que era hace seis años.
—Además, creer en Jesucristo puede ser algo muy racional y razonable.
—El Evangelio es lo que es, y yo decido creerlo. Yo creo en la resurrección; decido creer, me gusta creer, me hace más feliz creer. La belleza de la resurrección, de hecho, es la parte irracional que no necesito que me expliquen. Me gusta y necesito ese misterio.
—¿Por qué se percibe, entonces, tanta hostilidad hacia el hecho religioso?
—En lugar de mirar a los demás, creo que el espíritu crítico siempre puede hacernos avanzar a nosotros mismos. Me molesta, por ejemplo, que se confunda la religión con la política o los movimientos sociales; la espiritualidad es una cosa y todo lo demás es otra. Si le ponemos nuestras ideologías a la religión, generamos un problema, pero el problema somos nosotros. Luego está el tema de cómo comunicamos. Yo doy conferencias sobre márketing y, a veces, hablo de que la vida eterna es un producto tan bueno que lo siguen comprando más de 1.700 millones de personas en el mundo 2.000 años después. ¡Y además es gratis! La clave, en mi opinión, es cómo adaptamos el mensaje, cómo lo hacemos global, cómo fidelizamos a los clientes que ya tenemos y cómo captamos más audiencia, que se me entienda la metáfora. Jesús de Nazaret, por ejemplo, en vez de decir Adonai, Yahvé o Jehová dice «Abbá», papá, que, para mí, es la palabra que marca la mayor evolución de todo el Nuevo Testamento. Creo que se puede seguir actualizando el mensaje y el cómo se comunica. El mensaje es el mensaje, pero la forma de comunicarlo debe evolucionar. Ya se están dando pasos, como podemos ver con The Chosen o la película El Rey de Reyes, y este movimiento debe ser más homogéneo.
—Incluso con casos como el de Rosalía… ¿Es cierto que hay un giro católico en la actualidad?
—Lo que hay son personas que se están haciendo preguntas que antes no se hacían. Hay un interés por la espiritualidad. Yo ya llevo años en esta vía, pero me parece plausible y muy valiente lo que ha hecho Rosalía, que haya figuras públicas que acerquen la espiritualidad a la sociedad. Luego se puede discutir si es por márketing o por convicción, pero es que las dos cosas pueden coexistir y ser ciertas a a la vez. Si es por convicción, mejor que mejor, pero, si es por márketing, seguro que va a servir a muchas personas a hacerse preguntas y a acercarse a esas respuestas, va a llevar esos mensajes a los demás.
—¿Qué mensaje o beneficio le gustaría que el lector se llevara consigo después de cerrar su libro sobre Lucas?
—Me gustaría que el lector entendiera que el arte de contar bien historias nos puede hacer mejores. Que comprenda lo imprescindible que es la comunidad, el poder de compartir. Y, sobre todo, que nunca —aunque es normal y humano perder la fe en Dios en algún momento—, que nunca se pierda la fe en uno mismo. Si hay momentos de duda, que se apoyen en aquellos a los que más quieren, esto es algo que hasta Jesús dijo.








