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El «colapso» de la democracia

El diálogo considerado, argumentado y razonado es la principal herramienta con la que todos contamos para resolver nuestros conflictos, mejorar nuestras condiciones de vida y garantizar el desarrollo y progreso social a las próximas generaciones

El colapso de la democracia y la oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano ha sido el título que ha presidido la Escuela de Verano que se ha celebrado en la Fundación Pablo VI, organizada junto con la Conferencia Episcopal Española y la Universidad Pontificia de Salamanca. Quizás el término «colapso», entendido como destrucción o ruina total, deja poco margen a la esperanza y a la posibilidad de regeneración, como dijo monseñor Luis Argüello en su conferencia de clausura, y hay que atender a la tercera acepción de su significado dada por la RAE, en cuanto sistema débil, pero siempre recuperable. En todo caso y en lo que todos los ponentes de un signo y otro han coincidido, con sus matices, es que la fragilidad ha favorecido el auge de los liderazgos despóticos y autoritarios. En palabras de Victoria Camps, en la conferencia inaugural, este devenir de vulnerabilidad de las democracias liberales está derivando en un mundo desmoralizado, con una revolución digital que ha marcado una nueva etapa de líderes aupados por ejércitos de burócratas profesionalizados que actúan en el plano nacional e internacional cuestionando los fundamentos y principios del propio Estado de derecho.  

En efecto, el indeseable resultado es una sensación de desorientación colectiva. De ahí que señalara la filósofa Camps que no era de extrañar que surgiese una pregunta, especialmente en las nuevas generaciones: «¿Para qué queremos ser libres?». Y es que no solo se resienten los estándares éticos de la vida pública, sino también la capacidad de una sociedad para despertar entusiasmo, suscitar esperanza y ofrecer un horizonte común hacia el que orientar los esfuerzos individuales. En esa ausencia de expectativas colectivas se diluye la posibilidad misma de construir un proyecto vital compartido, entendido como un marco de pertenencia y de sentido que haga concebible un futuro mejor fruto del compromiso de todos.

Es perentorio recuperar esa ilusión y ello va unido al concepto de responsabilidad. Tenemos la responsabilidad de ser libres porque la libertad incorpora un deber que va más allá de la satisfacción de intereses particulares, creando círculos virtuosos donde se contagie la buena voluntad y se siga construyendo una mejor sociedad para las generaciones venideras. 

Por todo esto, la Escuela de Verano ha pretendido analizar las razones del aparente ocaso democrático y su relación con los populismos; los peligros de la democracia digital; la relación entre comunicación y política en el momento actual y, sobre todo, encontrar palancas de esperanza para impulsar esa deseada renovación cultural, moral y espiritual de las democracias. Han sido especialmente ilustrativas ponencias e intervenciones como las de José María Lasalle, Paloma Durán, Óscar Sánchez, Gustavo Béliz o la del militar y ensayista Federico Aznar, cuando calificó el populismo no como una ideología, sino como una estrategia; o las intervenciones de Benigno Pendás, Beatriz Becerril o Fernando Vidal, sobre la necesidad de reforzar Europa y el patentado Estado social de derecho, a pesar de sus imperfecciones.    

En la intervención del nuncio, monseñor Piero Pioppo, se volvió a recordar el discurso del papa León XIV en las Cortes Generales en el que puso de manifiesto que la actitud que todos esperamos de cuantos asumen responsabilidades públicas de cualquier tipo no es fragmentar, ni polarizar, sino, sencillamente, la de observar un comportamiento que merezca la mayor consideración de sus ciudadanos. El diálogo considerado, argumentado y razonado es la principal herramienta con la que todos contamos para resolver nuestros conflictos, mejorar nuestras condiciones de vida y garantizar el desarrollo y progreso social a las próximas generaciones. Y es también la herramienta con la que deben contar los Estados en el nuevo orden internacional que se está configurando, tal y como expusieron el exministro García-Margallo y el profesor Alberto Priego, y de manera muy sobresaliente el ministro Albares en sus palabras de clausura.  

Esperemos que las muchas y hondas reflexiones expuestas por los ilustres ponentes que han intervenido en esta Escuela de Verano hayan sido de especial utilidad para los participantes y todos recordemos, como dijo el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Fernando García-Cadiñanos, que la democracia es algo más que un sistema político; es una mentalidad y un modo de concebir la vida del que todos somos responsables. 

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