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‘Cor ad cor loquitur’: los obispos publican una nota para discernir, ordenar y poner en valor los sentimientos en el acto de fe

El documento de Doctrina de la Fe busca equilibrar la rica vida afectiva de los nuevos métodos de evangelización y el riesgo de superficialidad con la solidez de la verdad doctrinal

La Iglesia que peregrina en España atraviesa un momento jalonado de paradojas. Mientras el desierto de la secularización parece seguir avanzando en ciertos sectores de nuestra sociedad, los obispos destacan un «renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada generación Z». Este fenómeno, protagonizado por cada vez más nativos digitales, viene impulsado y acompañado por una multitud de iniciativas de primer anuncio que, «con gran creatividad», buscan facilitar el encuentro personal con Jesucristo. En este contexto, la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española (CEE) acaba de publicar —tras la autorización de la Comisión Permanente en su reunión celebrada los pasados días 24 y 25 de febrero— la nota doctrinal Cor ad cor loquitur, un documento esencial para discernir la importancia y el papel de las emociones en la experiencia del creyente.

Partiendo del lema cardenalicio de san John Henry Newman que da nombre a la nota, el documento subraya que la vida espiritual es un movimiento que «afecta a la persona en el conjunto de sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva». Los obispos aclaran, de este modo, que la fe no es un mero asentimiento teórico, sino la «entrega del hombre “entero” a Dios como respuesta obediente y libre a la revelación». No se trata solo de saber cosas sobre Dios, sino de permitir que el corazón del hombre, con la ayuda del Espíritu Santo, entre en «comunión íntima con él».

Riesgo de manipulación

Uno de los puntos más agudos del informe es la advertencia sobre ciertos fenómenos de la cultura posmoderna, en la que el sujeto pasa del clásico lema cartesiano «pienso, luego existo» al actual «siento, luego existo». Los obispos, así las cosas, alertan contra el «reduccionismo “emotivista” de la fe», que corre el riesgo de convertir a los fieles en «consumidores de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual». El «emotivista religioso» se vuelve frágil porque, al hacer depender su fe de la intensidad del instante, otorga la dirección de su vida al «estado de ánimo del momento» y se vuelve incapaz de un «compromiso perdurable».

Con especial gravedad, Cor ad cor loquitur advierte que el fiel «emotivista» resulta más «fácilmente manipulable». En la vida espiritual existe el peligro de pretender suscitar comportamientos mediante un «bombardeo emocional», lo cual podría considerarse una forma de «abuso espiritual». Este tipo de presión puede manifestarse cuando los individuos se ven obligados a «sentir» en comunidad lo mismo que los demás para no «automarginarse», o mediante la utilización de un «falso misticismo» que desvirtúa la visión de Dios para «ejercer dominio sobre las conciencias», algo que los obispos califican de «especial gravedad moral».

La redención de los afectos

A pesar de las justas advertencias, la nota no es ni mucho menos una condena de los sentimientos, sino su llamada al orden y puesta en valor. Así, se recuerda que Dios no es una idea abstracta, sino alguien que nos alcanza en nuestra «subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad». Los obispos recuerdan que el Verbo encarnado «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre». Por tanto, negar las emociones en la fe sería «renegar de la condición humana», que ha sido asumida por Cristo para ser sanada e iluminada.

Los sentimientos de Jesús, desde su compasión por las multitudes hasta su angustia en el Huerto de los Olivos, se convierten en «sacramento de un amor infinito y definitivo». El objetivo de esta propuesta reside en recuperar el corazón como el «centro de la persona», allí donde se realiza la «síntesis» de todas las potencias, convicciones y elecciones. En este sentido, creer con el corazón es el mejor antídoto contra las herejías modernas, como el «neo-gnosticismo», que encierra al sujeto en su propia razón y sentimientos, o el «neo-pelagianismo», que pretende alcanzar la salvación del individuo por sus «propias fuerzas».

La formación como medio de integración

Para la Conferencia Episcopal, el encuentro con Cristo conlleva necesariamente la aceptación de la «verdad de su persona y su mensaje». Por ello, la nota es taxativa al afirmar que «no hay encuentro con Cristo sin profesión de fe»; igualmente, si el acto de fe pierde su unidad con la verdad salvadora, se transforma en un «acto vacío y ciego». La solución propuesta no pasa entonces por intelectualismo alguno, sino por apostar por una «formación integral y continua» que abarque todas las dimensiones de la persona: intelectual, afectiva, relacional y espiritual.

Este equilibrio es el que permite al creyente no quedar atrapado en emociones que solo «proporcionan bienestar», pero no permiten ahondar en la vida de fe. Los obispos invitan, por tanto, a ser «precavidos», recordando que a una fe basada exclusivamente en sentimientos positivos «le repugna la cruz». Y que, como es conocido, la vida cristiana auténtica implica «compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo».

Y aquí llega una novedad fundamental, pues la Conferencia Episcopal proclama que una formación sólida ayuda a los fieles a atravesar los periodos de «oscuridad espiritual» o «noches del espíritu», remitiendo directa y expresamente a «los grandes maestros de espiritualidad» para el discernimiento, como san Juan de la Cruz, san Ignacio de Loyola, santa teresa de Jesús, santa Teresa de Calcuta y santa Teresa de Lisieux.

Eclesialidad frente a individualismo

Otro pilar fundamental del escrito es la dimensión comunitaria, pues recuerda que «no es posible una experiencia ni un conocimiento de Dios directos ni de manera individualista». Dado que «nadie se ha hecho cristiano a sí mismo», la fe es siempre mediada por la Iglesia, de tal forma que cuando el cristiano dice «creo», simultáneamente está diciendo «creemos». Por esta razón, una auténtica vivencia de la fe «no absolutiza el carisma del propio grupo», sino que lo pone al servicio de la unidad eclesial, reconociendo que ningún método evangelizador es «válido o útil para todos».

Bajo este criterio, los obispos señalan que un signo claro de eclesialidad es que estos nuevos métodos de primer anuncio sean sometidos al «discernimiento de la autoridad de los obispos». Los frutos de estas iniciativas deben medirse, en última instancia, por su capacidad de «integrar en la vida comunitaria» y de despertar en el fiel la pregunta fundamental por su propia vocación y misión en el mundo: «¿Para quién soy yo?».

Un corazón que ve

El documento, así las cosas, insiste en que el verdadero encuentro con Cristo transforma la interioridad para impulsar al creyente hacia un «compromiso concreto con la Iglesia y el mundo». La fe no puede quedar recluida a una «experiencia meramente emocional»; debe traducirse en caridad y en la capacidad de «tocar la carne de los últimos». Y, citando al apóstol Santiago, recuerda que la fe sin obras «está muerta por dentro».

Por tanto, el compromiso en la vida pública, el trabajo, la defensa de la dignidad humana o el cuidado de los pobres no son añadidos a la fe, sino el «criterio de discernimiento» para valorar su autenticidad. El modelo propuesto es el de un «corazón cristiano» que sea un «corazón que ve» dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia para transfigurar el mundo con los valores del Reino.

Liturgia: adorar en verdad

Finalmente, el escrito aborda la dimensión celebrativa, advirtiendo contra el peligro de reducir la liturgia a un «mero “devocionalismo” que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo comunitario». Los obispos exhortan, de esta manera, a evitar celebraciones «intimistas y efectistas» y subrayan que la adoración eucarística debe estar intrínsecamente unida a la Misa. Desde esta perspectiva, la belleza de la liturgia no es un adorno formal, sino una vía «mistagógica» que utiliza palabras y gestos para conducirnos al «misterio de Dios».

Y concluye con un llamamiento de los pastores a «abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones», reconociendo el valor de la afectividad integrada en un marco adecuado. Los obispos proponen a la Virgen María como el modelo perfecto de quien cree con todo el corazón, para que cada fiel pueda vivir, más allá de la emoción pasajera, un «encuentro transformador con Cristo “de corazón a corazón”».

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