Más de 380 millones de personas se exponen a vejaciones, acusaciones injustas, torturas e incluso la muerte por seguir a Jesucristo
Decía Tertuliano, escritor y teólogo cristiano del siglo II, que «la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia». Casi 20 siglos después, Antonio Aurelio Fernández, presidente de Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT), que trabaja en favor de los cristianos perseguidos y que acaba de cumplir 25 años, afirma rotundamente que «la base de la fe de occidente es el sufrimiento de estos cristianos». Se explica: «En su caso, ser cristiano no es algo opcional, es su propia identidad». Y es una identidad marcada por la cruz. Una cruz que cargan con la cabeza alta, porque el que primero cargó con ella es el fundamento de la fe. Los cristianos que sufren persecución a lo largo y ancho del mundo —más de 380 millones, según la organización Puertas Abiertas— saben que comparten carga tan pesada con Jesús, que murió —precisamente crucificado— después de portar el madero camino del Calvario para salvarlos.
Durante los primeros siglos del cristianismo, la cruz era símbolo de tortura. Tras el propio Cristo, fueron muchos los mártires que entregaron en ella su vida. Desde entonces, identifica a los cristianos. Y nunca ha faltado esta pesada carga, aunque siempre con la esperanza en la resurrección.
Lo saben bien los familiares y amigos de las 40 personas asesinadas a machete y armas de fuego a manos de las Fuerzas Democráticas Aliadas en la República Democrática del Congo el 27 de julio mientras rezaban. Así como los 200 cristianos, desplazados internos, asesinados a mediados de junio en el estado de Benue, en Nigeria. Fueron atacados durante la noche mientras dormían y quemados vivos, acuchillados y ejecutados cuando intentaban huir. La peor atrocidad registrada en la región, según Ayuda a la Iglesia Necesitada. Uno de los supervivientes es Jonathan, el párroco de Yelewata, que en declaraciones a ACN afirmaba al día siguiente de la matanza: «Cuando oímos los disparos y vimos a los radicales, encomendamos nuestras vidas a Dios. Esta mañana, doy gracias a Dios por estar vivo».
También lo sabía Luka, sacerdote asesinado el mismo fin de semana en El Fasher, al norte de Sudán, durante un ataque de las milicias paramilitares que controlan la ciudad. O las hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento de Pemba, en Mozambique, que estuvieron a punto de morir el 7 de junio, cuando hombres armados con pistolas y machetes asaltaron la misión que dirigen. Una de ellas, la hermana Ofélia: «Pensábamos que iban a prender fuego a la capilla con nosotras dentro, pero, en lugar de eso, hicieron arrodillarse a la hermana Esperanza en el centro de la capilla y levantaron un machete para decapitarla frente a nosotras. Les supliqué que no la mataran, pues ya nos habían quitado todo». Gracias a Dios, no la mataron.
Y, por supuesto, los 30 cristianos que murieron hace menos de un mes en el ataque a una iglesia en Damasco. Un atentado, que en cierto modo, esperaban, porque como señala el franciscano Fadi Azar, en un testimonio recogido por ACN, «había amenazas, muchas amenazas. Se esperaba, pero no se sabía cuándo».
Un mapamundi de cruces
Las cruces coronan iglesias, se cuelgan del cuello, se tatúan en la piel, a veces son pequeñas y discretas para poder ser escondidas y otras grandes y de vistosos colores. Las cruces son también pequeños dolores cotidianos, o grandes desgarros a los que es difícil mirar. En algunos casos adquieren el color de la sangre de los mártires.
En Corea del Norte, el país donde los cristianos sufren mayor persecución en el mundo, según el último informe de la organización Puertas Abiertas, los creyentes practican su fe en la más absoluta clandestinidad. Si tienen cruces físicas están bien ocultas, aunque no por ello olvidadas. Los cristianos norcoreanos viven bajo la cruz de un gobierno autoritario que, según un informe de Christian Solidarity Worldwide, considera la expansión del cristianismo una amenaza particularmente grave. Y en este sentido, el gobierno de Kim Jong-un no se anda con pequeñeces: ejecuciones, torturas… Es difícil conocer las cifras exactas, pero Puertas Abiertas calcula que hay entre 300.000 y 500.000 cristianos en el país que viven en la clandestinidad.
China o Vietnam son otros ejemplos de países con gobernantes totalitarios, en este caso, comunistas. Para ellos, la existencia de una comunidad cristiana es una amenaza, porque supone una competición con la lealtad única al régimen. Durante su mandato, como señala el último informe de Persecution.org, Xi Jinping ha cultivado el culto a la personalidad en torno a sí mismo y exige que las iglesias y otras organizaciones promuevan su figura por encima de la doctrina religiosa. El que se queda fuera del sistema es arrestado o acosado.
En Eritrea, por ejemplo, que es una nación con mayoría de cristianos, muchos son encarcelados por mantenerse firmes en su fe, a pesar de las torturas, la privación de alimentos y de estar hacinados como reclusos en medio del desierto.
Los gobiernos totalitarios también son una amenaza para los cristianos en algunos países de Latinoamérica, aunque forman la comunidad mayoritaria. En Cuba —el 60 % de su población se considera católica—, donde el Gobierno no solo vulnera de manera sistemática la libertad religiosa, sino que amenaza a los líderes religiosos o somete a los niños a abusos físicos y verbales por sus creencias, la Iglesia sigue siendo una voz de esperanza y cambio. En los últimos años, el caso de Nicaragua está siendo mucho más radical, puesto que allí se pena con cárcel toda crítica gubernamental de procedencia política o religiosa. Sacerdotes y líderes laicos sufren detenciones arbitrarias, y muchos miembros de las comunidades religiosas han tenido que abandonar el país. Desde 2023, el Gobierno de Ortega y Murillo ha cerrado universidades católicas y prohibido manifestaciones públicas de carácter religioso, incluyendo culto al aire libre y procesiones. Desde las protestas de 2018, cuando la Iglesia abanderó el papel de protectora de los derechos y la vida de los ciudadanos, ha sufrido ataques a templos, represión, mensajes de odio, hostigamiento y prohibiciones en un país con una gran tradición de piedad popular. Ante las restricciones, muchas parroquias han comenzado a reunirse en casas particulares. Cabe nombrar también Venezuela, donde funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional acosan y amenazas a los líderes religiosos, confiscan edificios y permiten ataques a católicos.
Otros cristianos sufren la cruz de gobiernos con un marcado tinte religioso. En Pakistán, por ejemplo, donde rige la ley de la blasfemia, es habitual que una acusación de este tipo desencadene una ola de violencia contra las comunidades minoritarias, entre las que se encuentran los cristianos —el 6 % de la población—. Son ciudadanos de segunda clase, por lo que se convierten en el objetivo de grupos yihadistas que secuestran y fuerzan a las menores a casarse. El extremismo político deja vía libre para terroristas y turbas poco organizadas, que aplican a nivel local, por ejemplo, la ley islámica a su manera: ataques a iglesias, a cristianos y a otros grupos, o deportaciones masivas de los afganos católicos desplazados por la vuelta del régimen talibán a su país.
Irán, Afganistán o Arabia Saudí son de los pocos países teocráticos del mundo, con una imposición de la ley islámica muy estricta. En estos lugares, los cristianos son acusados de delitos sin fundamento, con especial persecución a los conversos del islam al cristianismo. La blasfemia está penada con la muerte, así como el proselitismo. Sin embargo, según Persecution.org, la Iglesia cristiana en Irán es una de las que más rápido crece en el mundo. En Afganistán, la situación es si cabe más dramática. Desde la vuelta de los talibanes, los cristianos practican su fe escondidos por miedo a ser descubiertos, o han huido. En muchos casos, son las propias familias de los conversos quienes les denuncian o secuestran.
En la India, el BJP, el principal partido de gobierno, defiende una visión de la identidad: uno es verdaderamente indio si es hindú. La consecuencia es que los cristianos experimentan acusaciones falsas, detenciones arbitrarias, arrestos, conversiones forzadas, amenazas, desplazamientos, actos de humillación pública, destrucción de hogares e iglesias, etc. Y no solo por parte de las fuerzas del Estado, también por vecinos, que incluso graban las agresiones para retransmitirlas por redes sociales. Además, casi la mitad de los estados de la India cuentan con leyes anticonversión.
Terrorismo y guerra
En su primer mensaje dominical, el 11 de mayo, el papa León gritó ante los fieles de la plaza de San Pedro: «Nunca más la guerra». Y añadió: «Cuántos conflictos hay en el mundo, confío a la Reina de la Paz esta petición, que sea ella quien la presente al Señor Jesús para obtener pronto el milagro de la paz». A ella también se confían los cristianos que sufren la guerra en lugares como Sudán, Siria o Yemen.
En Sudán, el 5 % de la población es cristiana. El país sufre un enfrentamiento civil entre dos grupos musulmanes que luchan por el poder, y los cristianos reciben ataques de ambos bandos. Las iglesias han sufrido saqueos, y, en el último año, han aumentado las cifras de cristianos asesinados o agredidos sexualmente. Es el país con la mayor crisis de desplazados del mundo, según Puertas Abiertas, sobre el que el secretario de Estado de Estados Unidos ha dicho que podría estar produciéndose un genocidio. Por otra parte, el conflicto de Yemen ha provocado el desplazamiento de más de 4,5 millones de personas. Los cristianos, dentro de esa diáspora, la mayoría conversos, tienen negado el acceso a la ayuda humanitaria, y son el blanco de torturas y asesinatos, muchas veces, a manos de su propios familiares o amigos. En Siria, tras la guerra, apenas quedan cristianos —han pasado del 10 al 3 % de la población—, y los que no se han marchado siguen sufriendo los ataques del ISIS.
En el Sahel, el grupo terrorista Boko Haram campa a sus anchas por un territorio que pretende radicalizar y someter a la ley islámica. Siembran el terror a partir de los secuestros masivos de escolares, a quienes incorporan a sus filas. Este y otros grupos terroristas están reemplazando a los gobiernos fallidos de los países que conforman la región. En Burkina Faso, los extremistas atacan iglesias, sacerdotes y pueblos enteros. Los 400.000 desplazados internos de Malí han sufrido los ataques dirigidos especialmente a cristianos, discriminados por su fe. Níger, que acoge además de los propios, desplazados de países del entorno, no se libra de los atentados terroristas contra las minorías religiosas, que viven en una inseguridad constante.
El caso más sangrante es el de Nigeria. Allí, los seguidores de Jesús sufren a los grupos terroristas, pero también la violencia de los fulani, un grupo nómada. Las niñas, como sucedió en el famoso secuestro de Chibok, tienen que soportar secuestros, conversiones y matrimonios forzados casi a diario. Dos datos significativos: según el SIT, la zona norte de Nigeria es la de mayor porcentaje de cautivos de la Iglesia en la actualidad; y según Persecution.org, en los últimos 20 años más de 50.000 cristianos han sido asesinados en Nigeria.
Por último, habría que señalar el caso de Somalia, en el segundo puesto por detrás de Corea del Norte, en la lista de Puertas Abiertas. Un país anárquico, dominado por señores de la guerra musulmanes que, con toda impunidad, secuestran, torturan y venden cristianos. Allí, el grupo terrorista Al-Shabab, por ejemplo, declaró que matará a cualquier cristiano que se encuentre.
Los cristianos crecen
A pesar de esta situación, el número de cristianos no para de aumentar. En África, este número creció un 3,31 % en 2023 con respecto al año anterior. Es significativo que en Nigeria, un país con 35 millones de católicos, esta cifra siga creciendo, siendo una región tan peligrosa. Es un caso que no sorprende a Antonio Aurelio Fernández, que ha sido testigo con sus propios ojos de que «en los lugares donde hay más persecución sigue habiendo conversiones y vocaciones». Él aventura una respuesta: «Quizá están descubriendo y viviendo el verdadero sentido de la fe, que supera cualquier dificultad, cualquier imprevisto y cualquier sufrimiento».
Cuando los trinitarios se establecen por primera vez en algún lugar siempre lanzan la misma pregunta: ¿qué necesitáis? La respuesta es siempre la misma: «Que recemos». Antonio Aurelio concluye: «Parece que nosotros les estamos ayudando por ser perseguidos, pero si hablamos de la fe, son ellos los que nos están manteniendo».






