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El cardenal José Tolentino de Mendonça apuesta por el diálogo y la imaginación frente a la nueva configuración de lo religioso

El cardenal José Tolentino de Mendonça ha inaugurado el Encuentro de Obispos y Teólogos en Madrid con una reflexión sobre la relación entre fe y cultura

Madrid acoge los días 2 y 3 de junio el XXIX Encuentro de Obispos y Teólogos, una cita organizada por la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en colaboración con la Subcomisión Episcopal para las Universidades y Cultura. Bajo el lema «Retorno de lo religioso: síntomas, interrogantes y criterios pastorales», este foro busca propiciar un intercambio entre las preocupaciones pastorales de los pastores y la investigación teológica, tendiendo puentes entre la fe y la razón ante los desafíos de la actualidad. Tras la presentación inicial a cargo de Mons. Francisco Conesa Ferrer, obispo de Solsona, la ponencia inaugural ha corrido a cargo del cardenal José Tolentino de Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación, quien ha desgranado las claves del diálogo contemporáneo entre la fe y la cultura.

El «retorno» de lo religioso

El purpurado ha comenzado recordando que la fe y la cultura no pueden entenderse de manera aislada, ya que la fe siempre vive dentro de una cultura y, a su vez, una cultura secularizada sigue manteniendo las huellas de la fe. En este contexto, el diálogo se erige como la forma natural en la que la fe busca crecer. Al abordar el lema del encuentro, el cardenal ha mostrado cierta desconfianza hacia la expresión «retorno de lo religioso», argumentando que la religión nunca se ha ido. Lo que se experimenta hoy no es una restauración del pasado, sino una nueva configuración moldeada por lo humano en nuestro tiempo.

Entre las manifestaciones de esta nueva realidad, el prefecto ha señalado fenómenos como las prácticas espirituales variables y desvinculadas de las instituciones —donde el individuo construye un camino propio sin base doctrinal—, la atracción estética y turística por la belleza religiosa que acaba conectando con lo sagrado, o el peligro de la politización de la identidad religiosa, que instrumentaliza la fe como marcador identitario en lugar de como experiencia de trascendencia. Ante este panorama, ha reclamado un ejercicio de discernimiento, recordando que «la Gracia supone la cultura, el don de Dios se encarna en la cultura que lo recibe».

El desafío de la era digital

Recordando el espíritu de sencillez con el que el papa León XIV se refería a la misión el Jueves Santo, el cardenal ha invitado a la Iglesia a actuar con la actitud de un huésped que sabe dejarse hospedar. No se trata de alterar el Evangelio, sino de dejarse interpelar por la cultura actual para descubrir en él nuevas miradas, como ha ocurrido en nuestros días con la ecología. Para el purpurado, «la búsqueda de sentido sigue latente, quizás bajo formas inéditas» y, por tanto, «el diálogo implica aceptar ser transformados por el encuentro». Una muestra de ello es el arte, un espacio donde autores no creyentes siguen planteando preguntas a veces sorprendentes sobre la trascendencia.

El prefecto no ha obviado el impacto del ambiente digital y de la Inteligencia Artificial en la vida de fe, advirtiendo que la inmediatez tecnológica choca con la lentitud que requiere la contemplación religiosa. Frente a una IA que desconoce el límite y la herida, la fe tiene una aportación única, ya que lo más humano del hombre —el amor, el perdón o la búsqueda de sentido— no puede reducirse a un algoritmo, una idea en sintonía con la encíclica «Magnifica Humanitas».

En un tiempo donde la fe ha pasado de ser una herencia familiar a una decisión personal, el cardenal ha asegurado que «ya no es previsible que seamos cristianos de nacimiento». Para afrontar este futuro, ha subrayado la importancia de la imaginación profética y, de manera muy especial, la urgencia de una «pastoral de la inteligencia» que no sea un lujo académico para élites, sino un servicio pastoral de primer orden que ayude a pensar la fe y a no temer a las dudas. Como conclusión, ha recordado que el núcleo del reto actual no es de invención, sino de comunicación, afirmando que «el cristianismo necesita traductores».

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